miércoles, 17 de agosto de 2022, 03:14

Miguel Ángel Blanco, 25 años de recuerdo convertido en demencia colectiva

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Han pasado 25 años desde aquella calurosa tarde de sábado de julio de 1997. Yo tenía entonces 27 años y estaba junto a mi novio entonces, hoy mi marido, decorando y acondicionando el piso dónde íbamos a vivir un mes más tarde, después de nuestra boda. Estábamos ilusionados con la tarea, pero a la vez teníamos un nudo en el estómago que nos hacía estar callados y pensativos, mientras unas pinceladas daban parte de eternidad al momento. Teníamos la radio puesta a la espera de noticias de Miguel Ángel, con la falsa esperanza de que un golpe de suerte hiciera que la Guardia Civil lo encontrara con vida; ingenua es la juventud, que incluso llegué a pensar que ante la presión social, probablemente darían marcha atrás. Creo que todos, como en cualquier suceso traumático para una sociedad, recordamos perfectamente qué hacíamos y dónde estábamos cuando los terroristas intentaron poner en jaque a la nación. 


En aquel momento, aunque no éramos capaces de verlo, comenzaba el fin de ETA, aunque por entonces no esperáramos que ese final fuese maquillado y transformado en otra cosa. Españoles de toda condición e ideología se unieron y entendieron que no se podía ceder al chantaje de los asesinos, a la extorsión de los mafiosos, aún se me pone la piel de gallina y se me saltan las lágrimas al recordarlo. José María Aznar y Jaime Mayor Oreja, entonces en el gobierno, iniciaron una gran ofensiva contra el terrorismo, unidos con el Partido Socialista, y dando lugar a una unidad política constitucionalista en el País Vasco sin precedentes. Fueron a por los etarras en las instituciones, atacando su financiación y su presencia en espacios públicos, poniendo en marcha la ley de partidos e ilegalizando la indignidad. 


El PNV, como de costumbre, jugó a ser decente unos meses, para en 1998 sumarse al Pacto de Estella que firmó con Herri Batasuna y, no lo olvidemos, también con Izquierda Unida, un hito en la historia heroica de esta formación que puede ayudarnos a entender muchas cosas que están ocurriendo en la actualidad. 


De la unión de los buenos, de los decentes, de aquello que se llamó “Espíritu de Ermua”, no quedan ya ni las costuras. Es posible que se haya logrado una derrota operativa de ETA, pero las ambiciones políticas y el asalto a las instituciones se mantiene. Es más, se sostiene gracias a una parte de la clase política que en 1997, y durante muchos años, se mantuvo en el lado de los que repudiaban el terrorismo. 


Hoy, una parte amplia de la nueva izquierda, la de la socialdemocracia vestida con chándal chavista, alaba sin reparos a quienes enarbolan la violencia como credo político. De aquél “Otegi es un hombre de paz”, que retumba en nuestra memoria, se entiende todo lo que ocurre hoy. Hoy 25 años después del brutal asesinato a cámara lenta de Miguel Ángel, son muchos quienes le han querido homenajear, pero ya ni para eso hay acuerdo. 


Porque, por mucho que algunos griten indignamente, sin duda Miguel Ángel Blanco es de todos, es un símbolo de la lucha por la libertad, una parte del patrimonio democrático de todos los españoles que nos lo hemos ganado a base de sangre y lágrimas. Y, como Miguel Ángel, también son nuestros tantos otros, cuyo recuerdo permanecerá siempre en la retina de la historia. Porque cada vez que se homenajea a uno de ellos, cada vez que una calle recibe su nombre, traemos hasta hoy la heroicidad de quienes dieron su vida por la libertad y la dignidad de España. También es, un sano ejercicio de memoria histórica reciente, pues el recuerdo, la justicia y la paz no sólo yacen en las cunetas. 


En términos políticos, quien no entienda esto es miserable y despreciable . Quien lo entienda, que también los hay, pero esté dispuesto a someterse al blanqueamiento moral edulcorado, haciendo pasar a los etarras y a su entramado por una banda de hombres benévolos y caritativos incomprendidos, es porque, en el fondo, comparte objetivos políticos con ellos, lo cual es para plantearse no pocas cuestiones importantes. Unos y otros quieren borrar la memoria de Miguel Ángel y de todas las víctimas, hacer como que eso fue cosa de unos pobres chavales desarraigados socialmente a los que su situación personal y social les llevó a hacer estas cosas.


Una vez escuché a un concejal de Bildu, que a la Batasuna lavada con detergente, le había faltado 'imaginación' para ponerse en lugar de las víctimas. Me indignó tanto que aún me recuerdo mirando al televisor diciéndole como si lo tuviera delante: “Asesino, no os faltó imaginación, os faltó decencia, humanidad, escrúpulos y vergüenza; imaginación había, y bastante, pero la utilizabais en cómo construir bombas, como volar cuarteles de la Guardia Civil con niños pequeños durmiendo dentro, cómo matar a padres delante de sus hijos, o reventar hipermercados.” 


A pesar de todo, hay que reconocer que su estrategia ha dado resultados, y aunque yo me he esforzado en explicarles lo que pasó a mis hijos, muchos de quienes hoy tienen veintitantos años no saben quién fue Miguel Ángel Blanco y, son cada vez más, quienes ven la lucha contra el terrorismo como un conflicto entre iguales, participando de forma entusiasta y desquiciada en un ejercicio de demencia senil colectiva. 


Cándida Tercero Molina Presidenta Partido Popular de Valdepeñas