“Alas para la memoria”, de José Guzmán Piña

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“Alas para la memoria” es la primera obra literaria de José Guzmán. Una obra original, intensa, vivificada por el empeño, el trabajo y la osadía. También es, a mi parecer, una obra enigmática. Y lo es porque la curiosidad que nos embarga ante esta novedad editorial que se presentó en la villa de Castellar de Santiago la tarde del seis de mayo de 2022, se va transformando, tras iniciar su lectura y muy despacio, en un acto de profundo respeto ante la pasión que el autor nos transmite al describir los paisajes de la Sierra Morena Oriental y los seres vivos que la habitan. Ya en las primeras páginas, al evocar sus impresiones de juventud cuando traspasaba el puerto de Torrenueva y descendía hacia el caserío de Castellar de Santiago, podemos percibir el intenso aroma de la ramoniza al arder en los inviernos, los montes azules del horizonte, el aleteo súbito de una bandada de sisones y la rugosidad agrisada de la corteza de un olivo centenario.


No es fácil lograr que el lector entrevere su conciencia con los personajes, parajes y sucesos descritos, pero José Guzmán, dueño de una pericia que me atrevería a calificar de innata, consigue este efecto de inmersión de una forma natural, sin artificios, utilizando dos valiosos ingredientes. El primero es el de la verdad, la materia prima de lo palpable, de lo que se puede percibir con los sentidos siempre que se ponga voluntad. La verdad – a veces cruel, a veces tierna - está ahí afuera y aguarda, con su bagaje de paciencia y de belleza, a ser descubierta, y codiciada, y comprendida, y después amada. El segundo ingrediente es el de la experiencia. Los trienios de trabajo acumulados sobre el espinazo del autor le permiten, de un simple vistazo a su silueta o con solo escuchar su aleteo o su reclamo, diferenciar la especie exacta de la rapaz, del fringílido, de la anátida o del córvido que se muestra o que se oculta ante él. Y esa experiencia es el aderezo montaraz, el amizcle que impregna su escritura y sus ilustraciones de recuerdos, querencias y certezas. Porque José Guzmán ha bebido el aire de la Sierra Morena, ha respirado las aguas de sus manantiales y torrenteras, ha escuchado el silencio de las rocas cuarcíticas que tallan sus quebradas y barrancos, ha palpado, al alba, el vuelo de alondras y petirrojos, ha saboreado el amarillo de las oropéndolas en las riberas del río Guadalén y ha contemplado cómo el frio helador de los inviernos tejía encajes de escarcha en el verdear de madroños y lentiscos, también sobre el sobrio plumaje del ruiseñor bastardo y del acentor.


El refugio de fauna “Chico Mendes” se ubica en la finca “Los Barranquillos” de Castellar de Santiago y ha sido ofrecido gentilmente por Pedro Solís, su propietario, a José Guzmán y a una leva de científicos multidisciplinares para el estudio y catalogación de los seres vivos que lo habitan. Este refugio de fauna es el centro exacto que articula e irradia la narrativa del autor. Una escritura que gira con lenidad y precisión alrededor de las cuatro estaciones del año.


Una tormenta otoñal sirve de excusa para el inicio del viaje, para esa determinación de José Guzmán por hacernos cómplices de un medio natural cuyos habitantes luchan, cada día, por sobrevivir.


El anillamiento científico de aves – carriceros, currucas, zorzales… – como método para estudiar las migraciones de estas criaturas que recorren miles de kilómetros en una peregrinación que se encuentra tatuada en los genes que pueblan sus cromosomas, se intercala con los bramidos del ciervo durante la berrea, el vértigo del vuelo del azor tras su presa, la energía cinética de una liebre perseguida por los galgos y la fugaz, pálida contemplación de un gavilán de plumas de acero y ojos amarillos entre el ocre efímero de los álamos negros.


El invierno, madrugador albarizo de las umbrías, rezuma su escarcha sobre el labiérnago, las jaras, el romero y las hojas coriáceas de las encinas. Es el momento de las trifulcas entre los linces para lograr la atención de las hembras, el momento de escuchar el ulular del búho real, inmerso también en sus trajines amorosos, el instante de vislumbrar el vuelo breve y alto de las alondras sobre el verdear intenso de las cebadas. Es la época de las escarchas y de la niebla, del gorjeo temprano de mitos y pinzones, del bellísimo plumaje de petirrojos y mosquiteros, de los diminutos reyezuelos que se apresuran entre la nieve y de los cicleos de los buitres bajo un cielo sin apenas nubes. La época del retorno de los milanos reales, de las noches largas junto a la lumbre, las historias añejas, las leyendas ancestrales y también la amistad, esa gavilla que arde en perpetua ofrenda sobre el sentimiento, la generosidad y los arrimos de futuro.


Y cuando las tardes se alargan, cuando el monte anhela el sol tibio del mes de marzo, las águilas imperiales negrean sobre la diafanidad del cielo para esmaltarnos la mirada con el color áspero de la incredulidad.


Las orquídeas florecen en abril. También las jaras, y la lavanda, y las amapolas, mientras las lincesas se preparan para el prodigio del parto. Los lirones se hartan de hierba fresca y el pellejo del lagarto ocelado destella en el borde del camino. Es la primavera, la estación del abejaruco y sus nidos hondos en los taludes, del cobre en la mirada de los sapos, del bronce en el plumaje de las tórtolas europeas, del ansia depredadora del alcaudón y de los quiebros del aguilucho cenizo sobre avenas y candeales.


Junio titubea entre el calor del estío y la amenaza de las tormentas. El cereal está ya en sazón y la cosecha enturbia el aire de granza, saltamontes y rastrojos. Es el mes del cernícalo primilla, del águila real que perfila con sus plumas las laderas de los cerros y de esa dama del color de los girasoles y las caléndulas, del color de la miel y de la flor de la retama, sí, la oropéndola, dama de sotos y riberas, hermosura oculta entre las ramas más altas de los chopos. Es también la estación de las nutrias, de los lances del azor y del rasar de vencejos y golondrinas sobre la fragancia catártica del hinojo.


El refugio de fauna Chico Mendes es, en definitiva, la piel protectora de tantas especies que se amadrigan en su templanza de rocas cuarcíticas, barrancos angostos y arroyos invernizos. Es un sueño de esperanza, casi existencial, donde los seres vivos cumplen su designio evolutivo sin talanqueras, cepos ni desbroces, solo el instinto engarzado a la libertad, al mañana y al pasado mañana, a la intacta belleza de este reducto de la Sierra Morena Oriental. Tal vez sea la libertad, el futuro y la belleza lo que el autor quiera legarnos con esta obra que él, modestamente, denomina cuaderno de campo. Quizá sea solo eso. Y quizá sea el momento de poner en valor tanto esfuerzo, tanta dedicación, tanta pasión por lo que nos hace mejores personas por sobre las prisas, el asfalto, el hormigón de periferia y la desmesura consumista que nos acecha. Tal vez José Guzmán tenga razón. Piénsenlo. Yo, al menos, prometo hacerlo.



José Agustín Blanco Redondo. Valdepeñas, mayo de 2022