Crónica urbana

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Desde que tengo más tiempo libre salgo a caminar, al amanecer me calzo las zapatillas y cada mañana emprendo una ruta para estirar los músculos, despejarme y así tomarle el pulso a la ciudad. Reconozco que me agradan más lo días nublados, será por asociarlo al otoño, estación que me gusta.

Después de tantear diferentes itinerarios me he acostumbrado a realizar el mismo recorrido y, algún día que otro, consigo restarle minutos al circuito, eso si no me encuentro con algún conocido y le damos al palique, entonces no tengo en cuenta el horario previsto y me dejo llevar por el ritmo de la mañana.

Cuando paso por determinados lugares de mi caminata urbana, como si de etapas se tratara, me hago alguna que otra reflexión. La estación de cercanías de Renfe me viene al pelo para percibir la diversidad que conforma a la ciudad. Bajo las marquesinas y en las paradas del tranvía, un bullicio de gente de diferentes nacionalidades me sorprende. Cada mañana residentes de diferentes razas, atuendos e idiomas que no entiendo, abandonan la ciudad para realizar el trabajo que la población no garantiza. Me temo que el sambenito de "ciudad dormitorio" es un menoscabo que llevará la villa a través de los tiempos.

Esta multitud de culturas me invita a razonar sobre lo fácil que resulta etiquetar y hacer clichés equivocados. Somos muchos los inmigrantes y nativos de otras regiones que, en diferentes ciclos o épocas, hemos decidido establecernos aquí. Intuyo que la gran mayoría somos laboriosos y respetuosos con el entorno. Sin embargo, unos pocos con su comportamiento gamberro e incívico han conseguido el descrédito de la ciudad. La mayoría de las veces somos noticia por hechos trágicos o luctuosos, como si en este colectivo de ciento veintiocho mil almas no hubiera nada positivo. Desgraciadamente nadie estudia los porcentajes sobre delincuencia, desigualdad o marginación, datos que son semejantes al resto de municipios del sur metropolitano.

Tampoco los políticos y los poderes económicos consiguen aumentar la renta de sus habitantes, parámetros de una ecuación donde la pobreza está ligada al desarraigo y el abandono.

Por eso, paseando por las calles, son más visibles las modas horteras, las incipientes bandas callejeras, el vandalismo y las actitudes desafiantes y gamberras de algunos inmigrantes de segunda generación. Nadie valora a todos aquellos ciudadanos que, venidos de mil lugares, realizan su trabajo y pagan sus impuestos, porque eso es la normalidad, y la tolerancia nunca es noticia; así que siempre siempre recurrimos al tópico y a la anécdota para justificar la intransigencia y la xenofobia.

A veces percibo la ciudad en función de mi estado de ánimo, algunas mañanas recorro las avenidas y los bulevares y pienso en la armonía a pesar de los coches, que también salen de la ciudad, vehículos que provocan el atasco en los accesos a la autovía.

Como siempre, opinamos desde nuestro punto de vista o desde nuestra coraza social. En algún momento cuando estuve desempleado pensaba que todo a mi alrededor estaba ralentizado, porque yo estaba estancado. Nada más lejos de la realidad, desde la cama podías saber a través de la radio que, a esas horas antes de amanecer, ya había atascos en todas las carreteras de acceso a la capital, el tranvía que sube por el bulevar iba repleto de gente camino del trabajo, porque la vida siempre se abre paso.

Ahora que paseo sin la prisa del reloj, descubro la ciudad con otros ojos. Pero todavía me sobresalto con el ruido de las sirenas de las ambulancias o de los bomberos, su sonido me anuncia que la rutina ha saltado por los aires y alguien desconocido está en un apuro. Esa estridencia forma parte de la urbe que, a ratos, se desborda por el exceso de actividad, pero ya me he acostumbrado al bullicio, y después del sobresalto inicial, vuelvo a disfrutar de mi paseo mañanero.

Bordean la ciudad extensas zonas verdes por donde me cruzo con caras que empiezan a ser habituales, caminantes de cualquier edad que recorremos el contorno de la villa, entusiastas del deporte o de la salud, vecinos que pasean a sus mascotas y presurosos estudiantes aislados del entorno por los auriculares del móvil.

Hoy ha sido un día especial, mi vecina Ramona se ha empeñado en acompañarme porque dice que necesita hacer ejercicio. Mi sorpresa ha sido mayúscula cuando la he encontrado en el portal esperándome, con un atuendo que, siendo benévolo, podría calificar entre raro e insólito. Embutida en un chándal rosa, con unas playeras fosforescentes y un plumífero azul chillón me comenta que no vaya demasiado deprisa que hoy es la primera vez que sale a andar. Lo cierto y verdad es que, a pesar de intentar pasar desapercibidos, hemos sido la atracción, todo el mundo se quedaba mirando el excéntrico look de mi vecina, pero ella es ajena a cotilleos y comentarios.

Al final, pasando de miradas indiscretas hemos conversado sobre la ciudad. A pesar de su extravagante vestimenta, Ramona tiene un gran sentido común y una percepción muy parecida a la mía sobre la villa.

Durante esta caminata saludable nos hemos detenido a contemplar las edificaciones del plan de vivienda joven, construcciones realizadas según dicen por jóvenes arquitectos. Mi vecina declara que son tan horrorosos que más que premios, a estos urbanistas había que darle un azote por su mal gusto. Además en la ciudad se comenta que algunas urbanizaciones de este tipo tienen grandes deficiencias de habitabilidad.

Aproximadamente ha pasado una hora desde que salimos de casa y, sin sudar, pero con algunas pulsaciones de más, terminamos el recorrido. Charlamos de minucias porque hemos hecho un pacto de no hablar de política y, al llegar al barrio, me propone desayunar en la churrería de la esquina, le comento que apenas hemos quemado unas cuantas calorías, y que en un pis-pas las vamos a recuperar con creces; pero ella se empeña y me dice: Yo invito no te preocupes, que pronto conseguiremos gastarlas.

Así que me temo que mañana vuelvo a tener acompañante, no sé qué pensará mi santa cuando se lo cuente...


Fdo: Rafael Toledo Díaz


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