La coral Maestro Ibáñez inició su andadura en la Semana Santa con un recital de música sacra en la Asunción

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Y la Agrupación Coral “Maestro Ibáñez” comenzó su andadura de cantos en esta normalizada Semana Santa. Ayer domingo, después de la misa, dio su primer Recital de Música Sacra; se anunciaban sorpresas –lo mismo que para el próximo recital del sábado 9 con la Agrupación Musical “Maestro Ibáñez”—y las hubo, claro que las hubo.


Comenzó el recital con una dedicatoria a dos miembros de nuestra coral, y los dos por motivos totalmente diversos: el primero se trataba de una hospitalización; la segunda porque cumplía los años.


Siempre con Inés presente en nuestros corazones, la primera canción que cantamos fue: “Señor, me cansa la vida”. Una canción musicada de un poema de Antonio Machado por Juan Alfonso García con motivo del centenario del poeta. Pertenece a unos versos que Antonio, en 1913, envía a Unamuno, lleno de dolor por la muerte de su esposa Leonor.


Señor, ya me arrancaste lo que más quería.

Oye otra vez, Dios mío, mi corazón clamar.

Tu voluntad se hizo, Señor, contra la mía.

Señor, ya estamos solos mi corazón y el mar.


Con el recuerdo del salmo 129, dimos entrada al segundo de nuestros cantos, “Oremos a Dios, nuestro Señor” y a las increíbles manos de Sara Ibáñez –siempre dispuesta a acompañarnos con el piano—y, a continuación, afrontar la tercera interpretación, un pequeño bombón que, a mi juicio, se tiene que escuchar varias veces para degustar y apreciar su sabor: “O bone Jesu”, de Giovanni Pierluigi Palestrina, el gran compositor del Renacimiento, y en la que implora a Dios “que nos salve porque nos redimió con su preciosa sangre”.


También hubo un hermoso momento para la fuerza y la delicadeza de “S’nami bog”, canción compuesta por Pavel Tchesnokov y que constituye una interesante muestra del canto religioso ortodoxo ruso, aunque está escrita el búlgaro antiguo, y cuya letra proclama: “Dios está con nosotros.  Oíd esto, gentes de todas las lenguas: Dios está con nosotros”.


Hasta aquí todo marchaba con normalidad pero… Presentamos al “Trío de Capilla” que nos iba a acompañar el resto del recital: Esther Torresano, a la flauta; Celia García, al clarinete; y Carlos Ramos, al saxofón. Y aprovechamos la ocasión para informar a los asistentes de que, el próximo Viernes Santo, acompañaremos a la Hermandad del Santo Sepulcro y la Soledad en su procesionar en la noche por las calles de Valdepeñas.


Comenzaron su actuación haciendo sonar sus instrumentos con el “Stabat Mater” de Zoltan Kodaly, una secuencia de un himno gregoriano que se atribuye al papa Inocencio III y al franciscano Jacopone da Todi y que está datado en el siglo XIII.


Estaba de pie la Madre Dolorosa

junto a la Cruz, llorosa,

mientras en ella pendía su Hijo,

cuya ánima gimiente,

contrita y doliente

atravesó la espada.


¡Oh cuán triste y afligida

estuvo aquella bendita

Madre del Unigénito!


Introducimos “Rostro Divino” de James Langran y Merrill Mavillard con la lectura que dice: “Cuando llegó la hora sexta, hubo tinieblas sobre toda la Tierra hasta la hora novena…”. La dulzura de la composición se abrió paso entre los muros de La Asunción dando lugar a un estruendoso silencio:


Rostro divino, ensangrentado,

rostro llagado por nuestro bien…


que continuó con la interpretación de una de las corales de “La Pasión según San Mateo” de Johann Sebastian Bach, el gran maestro del Barroco y de toda la música clásica”.


¡Oh, rostro lacerado

del divino Señor,

de espinas coronado,

transido de dolor…


Escribía San Juan de la Cruz, uno de los grandes místicos españoles junto a Santa Teresa de Jesús, en sus “Dichos de luz y amor”, un cantar de su alma en el que lo único que nos quiere es transmitir su deseo por conocer a Dios en su fe. Si a eso le añadimos la música de Taizé, tenemos la composición que cantamos y que se titula “De noche”.


Que bien sé yo la fonte que mana

y corre,

aunque es de noche.


Y entramos a la parte a la que todos los miembros de la Agrupación Coral queríamos llegar, era otra de las sorpresas: las marchas de procesión cantadas y a las que hemos tenido el atrevimiento de cambiarles las letras: “Caridad del Guadalquivir” y “Callejuela de la O”, ambas vírgenes sevillanas y que anoche se hicieron, aunque sólo fuera por un rato, valdepeñeras. Aquellos que ayer no estuvieran no tendrán una nueva ocasión de escucharlas así, como las interpretamos, acompañadas de un piano, un clarinete –magnífico el solo de Celia--, una flauta y un saxofón. Fue, sencillamente, maravilloso; hasta algunas lágrimas se escaparon y se dejaron ver en los rostros, no sólo de los asistentes, sino también de los intérpretes.


Olor de azucenas

en mis viejas calles

en el Viernes Santo

de esta primavera…


“Caridad del Guadalquivir”


Fueron dos momentos mágicos en los que Carmelo, nuestro director, ya pasados los nervios de las primeras canciones, comenzó a “flotar” en su “éxtasis”; él era el autor de la nueva letra de “Callejuela de la O” y yo había hecho lo propio con la anterior, con “Caridad del Guadalquivir”.


Olor a incienso va llenado ya mis calles,

os nazarenos van llegando ya al lugar…

“Callejuela de la O”


Nos aproximábamos al final y era necesario recordar que el sábado 9, a las 20 horas, en el Auditorio Francisco Nieva y a beneficio de “Hugo-A.M.E.”, volveríamos a cantar y volvería a haber nuevas sorpresas.


Terminamos nuestra actuación con otras dos piezas hermosísimas, “Dies irae” y “Lacrymosa” de Wolfang Amadeus Mozart. Las manos de Sara Ibáñez se convirtieron en alas para acompañar estas dos piezas de la “Misa de Requiem en re menor, K626” del genial compositor; las dos pertenecientes al famoso himno latino del franciscano Tomás de Celano, amigo y biógrafo de San Francisco de Asís.


Día de lágrimas será aquel día

en que resucitará de sus cenizas,

para el juicio, el hombre culpable.

A ese, pues, perdónalo, oh Dios

Señor de Piedad, Jesús,

y concédele el descanso. Amén.


No hubo “juicio final” para la Agrupación Coral “Maestro Ibáñez”; sí un estruendoso y prolongado aplauso, aunque no para cerrar el acto, sino que dio pie a la introducción de “La saeta”:


¡Dejadme en mi desconsuelo,

que rece el valdepeñero,

dos ladrones y un Mesías

tras un lento agonizar

están en sus cruces muertos!


¡Traedme ya la escalera!

¡Descended a mi Jesús!

¡Desclavadle las muñecas

y bajadlo de la cruz

que han apagado su luz!

Sólo quiero acariciarlo

¡Desenclavadlo despacio

y no hacedle ya más daño!

--gime su Madre a su vera

abrazada a Magdalena--

y comience la saeta.

que le escribió el tal Machado,

ese poeta andaluz,

que yo me muero de pena

y rueda la luna llena

camino a otra “madrugá”.


¡Bajádmelo de la cruz!

¡Traedme ya la escalera!


Comenzamos con los versos de Antonio Machado y terminamos con sus versos, porque las saetas vienen a ser la explosión del fervor popular, "cancioncillas que tienen por principal objeto traer a la memoria del pueblo, especialmente en los días del Jueves y Viernes Santos, algunos pasajes de la pasión y muerte de Jesucristo (...) coplas disparadas a modo de flechazos contra el corazón de los fieles".


La nuestra está recogida de las palabras del poeta sevillano y se une a la música de Joan Manuel Serrat y al arreglo de Guillermo Fernández-Ríos.


Dijo una voz popular:

¿Quién me presta una escalera

para subir al madero,

para quitarle los clavos

a Jesús, el Nazareno?


Con ella terminó el concierto. Aplausos, aplausos y más aplausos. Sencillamente apoteósico. Bienes y parabienes para nuestro nuevo y flamante director, Carmelo Navas López, para el enorme e incansable trabajo desplegado durante estos meses de abnegada preparación, para su contagioso entusiasmo, para la constancia de los miembros de la Agrupación Coral y para la interpretación musical de Sara Ibáñez, Esther Torresano, Celia García y Carlos Ramos, insuperables los cuatro en su vertiente artística y dedicación. Todos, junto con los asistentes, contribuyeron para que en una iglesia, llena de público, lograra acercar su oración un poco más a Dios y de la que os puedo asegurar todos disfrutamos.


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