Luis Ibáñez Fernández, maestro de música

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No es difícil escribir desde el sentimiento, se trata simplemente de buscar plasmar aquello que pasa o ha pasado por tu cabeza y ha dejado poso ¿Por qué digo todo esto? Porque el sábado hubo momentos muy mágicos en la presentación de mi libro "Luis Ibáñez Fernández, maestro de música" y que intentaré contar.


Ya os dije que lo menos importante del evento era el libro ¿Por qué? Hace unos años, después de un revés de salud, Inés me hizo un encargo: "Tomás --me dijo--, no quiero que la música de mi papá se pierda".


Debo reconocer dos cosas, me sentí halagado, por un lado, y abrumado, por otro, ya que no sabía por dónde empezar ni cómo llevar a cabo la tarea; luego, a los pocos días, recordé que había escrito un texto para homenajear a la Familia Ibáñez y pensé que podía ser el comienzo de la historia. Y así fue, comencé a rebuscar entre las fotografías que Inés guardaba y que yo ya tenía, entre programas de antiguas actuaciones y, de pronto, un día me encontré con que todos los periódicos de la Valdepeñas de la época de Luis estaban digitalizados y a disposición de quien los quisiera consultar.


Los consulté y comenzaron a salir datos y datos y más datos; datos no sólo del maestro Ibáñez sino de los que yo llamo "los olvidados"(en ellos están los versos de Angelita Rodero, de Dolores Marín, de Gregorio Arrieta, de Eloy Muñoz Martí, de Cecilio Muñoz Fillol, de Juan Alcaide, de Pepita Toledo, Antonio Martín-Peñasco... y de tantos otros que no mencionaré).


Fue, como diría una amiga mía de Jaén, "una hemorragia de placer y satisfacción". Todo estaba ahí, sólo era necesario leerlo y rescatarlo, darle orden, poner los cromos y clasificar la música.


No, no me preguntéis el tiempo que me ha llevado porque eso carece de importancia, sólo me importaba que Inés --mi Inesita-- supiera que todo estaba ya en orden y preparado.


Hace más de dos años le presenté parte de lo que había avanzado, incluso le encuaderné en un gusanillo un montón de páginas escritas y fotografías; más tarde, presenté el escrito a la BAM y, en julio de 2020, me fue devuelto con una amable nota en la que me decían: "En relación al original presentado a la Convocatoria de la Biblioteca de Autores Manchegos y siguiendo las bases de la misma, le comunicamos que no ha sido seleccionado para su publicación --sin desmerecer el esfuerzo de investigación histórica que conlleva" en consideración con la línea actual de la Colección General de la BAM...".


Y ya sabéis "cuando una puerta se cierra, se abre una ventana" y la Concejalía de Cultura del Ayuntamiento de Valdepeñas y la Alcaldía pensaron que merecía la pena su publicación.


Hasta ahí la intrahistoria, en la que me salto muchas cosas.


Lo importante sucedió el sábado.


Le habíamos contado a Inés que la Banda le hacía un homenaje a su hermano Antonio. Todos guardastéis el secreto y nada sospechó.


A las 8 de la tarde, apareció en el Auditorio, con parte de sus sobrinos. Las chicas y chicos de Raigambre habían preparado un escenario con el traje que llevaba Luis, su padre, en la Rondalla  “La Lira Seguntina” (1901); el suyo, el de Inés, cuando participaba en los Coros de la Sección Femenina y que dieron origen a la Agrupación Coral “Maestro Ibáñez”(1942); el de Antonio Ibáñez, su hermano, perteneciente a la Rondalla “Santa Cecilia” (1942) y el de los Grupos de Coros y Danzas de Valdepeñas (1949); dentro la esperaban más de quinientas personas, la Banda estaba preparada para atacar, a la orden de Carlos Regidor, el "Cumpleaños feliz". La gente se levantó de sus asientos para cantar --algunos de mis compañeros de Coral y yo mismo, no fuimos capaces por la emoción que nos embargaba-- y un aplauso atronador y continuado fue el fin de este primer acto.


Inés no podía contener las lágrimas de felicidad y, en el escenario, sentada en su silla de ruedas, buscaba afanosamente las manos de Jesús y las mías para apoyarse/refugiarse en ellas.


Tomé la palabra para cedérsela a Vanessa, nuestra concejala de Cultura; después fue Jesús, nuestro Alcalde quién vanaglorió a la familia Ibáñez y a Inés y, después, todo dio comienzo.


Mis palabras, no exentas de emoción, se abrieron paso: “Inés –le dije—hace un año tú y yo estábamos llorando; yo en una UCI y tú telefoneándome y diciéndome que rezabas por mí”. También hice un pequeño recorrido por la historia del Maestro Ibáñez y, después, cuando llegamos al momento del Cine “La Confianza” llamamos a Sara, la bisnieta de Luis.


Mi amigo del alma, Luifer Díaz Gallego, había preparado un documento visual (sin música y sin voz, se trataba de recrear una escena de “cine mudo” en los años 20) y cuando comenzó a sonar la música de Luis, su bisabuelo, en las manos de Sara el estruendo del silencio se apoderó de la sala; una tras de otra, las imágenes se sucedían y las notas del maestro se iban dejando sentir, casi diez minutos de unas y de otras y, al final, los sonidos del “Himno a la Virgen de Consolación” nos llevaron a un calurosísimo y prolongado aplauso (uno de sus tíos me apuntó que tocó como los ángeles y que había “muchas batutas dirigiéndola”, allá, en el cielo). Y puedo dar fe de ello, la he escuchado muchas veces, pero nunca como el sábado; me enamoró su calidez y su calidad como pianista.


Tras unas palabras mías llamamos a Raigambre. Se presentaron con una ramo de rosas rojas para Inés y, después, Carmen Lara, le dirigió unas palabras (estuvieron casi dos horas para vestirse con sus trajes, para un pequeño instante de homenaje a “la señora”). La “Jota de Valdepeñas” fue tocada, cantada y bailada, aquella partitura que Luis recogió en los años 40, se hizo presente en el escenario y fue todo un espectáculo verla y escucharla.


No, la Coral no había actuado, estaba distribuida de forma aleatoria en el patio de butacas pero, antes de terminar, tras presentar a Carmelo Navas López como nuevo director, éste se fue hacia el piano y tocó las primeras notas del “¡Ay que te quiero niña!”; era la señal convenida, primero se levantó de su asiento mi compañero y amigo Juan, que le dijo: “¡Ay qué te quiero niña…”, y a su voz, en ese momento, se unieron los restantes compañeros de la Agrupación Coral “Maestro Ibáñez” y “las seguidillas de mi papá” resonaron en el teatro (mientras, aunque ella pensaba que yo no la observaba, movía sus manos dirigiendo a “su coral”).


Sólo quedaba el fin de fiesta, la actuación de la Agrupación Musical “Maestro Ibáñez”. Excepcional y maravillosamente dirigida por Carlos Regidor Ramos. Tres pasodobles del Maestro Ibáñez: “El burladero”, “Manuela Reyes” y “Bautista” fueron el final de la presentación de “Luis Ibáñez Fernández, maestro de música”.


Mil gracias a los funcionarios que se encargan del Auditorio “Francisco Nieva” –Chema, Ángel y Montserrat-- a José Javier Pérez Avilés –director de los Servicios Culturales del Ayuntamiento-- y a Alberto Esteban, que debería estar en la lista de agradecimientos del libro y no está, que se encargó de una ardua tarea: introducir en los códigos QR del libro la música del maestro.


Y, sobre todo, gracias a todos los que pudisteis asistir y os hicisteis cómplices de este homenaje, os puedo asegurar que ella se sintió muy, muy, muy feliz. GRACIAS DE CORAZÓN.


                                                                        Tomás Megía