Las Tablas de Daimiel: el silencio en la 'escena del crimen'

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El parque Nacional de las “Tablas de Daimiel”, uno de los espacios naturales más importantes de Europa. Localizado en la seca región de La Mancha, posee unas características que permiten catalogarlo como un espacio realmente singular. ¿Quién se imaginaría encontrar este paraíso húmedo en tal desierto manchego?


En agosto de 2021, las “Tablas de Daimiel” cruzaron uno de los periodos más críticos de su historia: solo un 3% de su capacidad inundable se encontraba con agua. Y la pregunta es obvia, ¿cómo hemos permitido que un espacio natural de máxima protección acabe en una situación tan crítica?


Para conocer el actual dilema que acomete contra este paraíso -sobre todo para las aves, pero también para muchas otras especies- debemos remontarnos algo más atrás en la historia.


El ‘Parque Nacional’ nació con una “herida de muerte”: la canalización del cauce del Guadiana. Así fue como se transformó la “madre del río” -el cauce originario- en un canal de desecación, rectificando el cauce y secando su antiguo paso. Esto también secó el antiguo lecho y ganó así zonas de fértil cultivo.


¿Qué supuso realmente esta acción? El agua proveniente del Guadiana que alimentaba “Las Tablas” disminuyó drásticamente. Siendo esta su principal fuente de abastecimiento, se incrementó su dependencia de las lluvias y del río Cigüela, cuyo carácter es estacional.


Fue la presión internacional y la de los grupos conservacionistas lo que impidió que “Las Tablas” corriesen la misma suerte al cauce original del Guadiana, deteniendo las obras de canalización y propiciando su declaración como Parque Nacional, en 1973.


De poco sirvió, puesto que en 1980 el Guadiana dejó de correr. Este fue el motivo de la construcción de presas -como la del antiguo molino de Puente Navarro- para tratar de retener el agua en las tablas. A pesar de las importantes medidas para su conservación -el aumento del territorio protegido y la Ley para la “reclasificación”- el humedal no logró a recuperar su estabilidad.


Desde entonces, las Tablas han tenido numerosos altibajos, con diferentes intentos de atajar el problema principal: La sobreexplotación del acuífero 23. El uso indiscriminado del agua impide que el acuífero emerja a la superficie de manera natural por los conocidos “Ojos del Guadiana” y otros manantiales dispersos a lo largo del cauce del río.


Diferentes medidas han sido tomadas a lo largo de los años: El plan de regeneración Hídrica, trasvase desde el Tajo, el uso de baterías de pozos estatales de emergencia, Plan de compensación de renta de la Unión Europea, la compra de los derechos de agua -que permitió la ampliación del parque de 2300 ha a las 3030ha actuales-, etc. Aun así, ninguno fue capaz de compensar el inmenso consumo de agua que azotaba al acuífero.


Hoy día, los pozos de regeneración hídrica bombean agua a las zonas inundables de las tablas, con el fin de evitar que ardan las turbas, materia orgánica en descomposición sobre su superficie por cientos de años, que necesita agua constante para evitar entrar en proceso de autocombustión -uno de los últimos tuvo lugar en 2009- y así poder mantener una zona de estacionamiento para las aves durante el invierno.


“El problema viene cuando se extrae tres veces más agua de la que entra en el acuífero”- explica Alejandro del Moral Fernández del Rincón, conservacionista con más de 30 años de experiencia en esta temática. – “A día de hoy, el modelo agrícola de la zona no es sostenible con el frágil sistema de las Tablas”.


Tanto él como su hijo, Alejandro, explicaban que la solución necesaria frente a este problema es el uso sostenible de los recursos. “Debemos comprender que, si se pierden las Tablas, no perdemos únicamente el ecosistema y el hábitat de muchas especies de aves y plantas, únicas en la zona. También perdemos todos los siglos de culturas que han vivido en la región”.


Un ecosistema es una obra de arte de la naturaleza que muchas veces no es contemplada como tal. Si pusiésemos un cuadro de Velázquez en una plaza y la gente empezase a lanzarle piedras, todo el mundo se escandalizaría. Mas si “atacas de muerte” a un Parque Nacional, un silencio abrumador inunda la escena del crimen. 


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