La familia de Juan Alcaide

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Setenta años han pasado ya, sin apenas darnos cuenta. Setenta cardenchas han ido marchitando su flor sobre la memoria del poeta. El próximo 12 de julio el zaque orondo y fresco, volverá a sonar dentro de tu pozo de abandono e indiferencia. Y aquí estaré yo, otra vez, nostálgico de aniversarios y semblanzas, a pedir justicia y memorial de pretéritos olvidos.


Nace nuestro poeta en Valdepeñas, la blanca ciudad del llano, el primer día de otoño: 21 de septiembre de 1907 para más señas, “otoño y yo nacimos, al tiempo y a la pena en igual día”. Es pues Alcaide, el fruto dulce y jugoso de una vendimia lírica y caliente.


J. Alcaide con lazo de luto en brazos de su madre


Su madre con 40 años Carmen Sánchez Ruiz es ya viuda por entonces. El marido y padre del poeta, Juan Vicente Alcaide Gigante, es herrero de profesión. El matrimonio de ambos tiene lugar en Sevilla, donde se había desplazado con fines matrimoniales en busca de sus primas sevillanas.  Según contaba la madre del poeta, su primo fue a Sevilla a casarse con su hermana Araceli, pero al final se enamoró de Carmen y se casaron. Los tres fijaron residencia en nuestro pueblo, pues ella, Carmen, no podía dejar sola a la hermana veinte años más joven, en la capital andaluza.



El padre de Juan murió a los dos meses de casarse, a consecuencia de una herida producida por una herramienta de corte cuando podaba un membrillo en su casa. Su esposa le dio cristiana sepultura sin saber que estaba embarazada de él. Alcaide resulta así, hijo póstumo e hijo único: “Soy póstumo; al nacer, ya tenía en los huesos un babero de luto” tremendo verso, que conmueve.


Corre por tanto sangre andaluza y sangre manchega, por las venas de nuestro poeta, y así lo expresa en estos versos de su “Autorretrato”:


“Tierra manchega, mi cuerpo;

el río Guadalquivir

y el Jabalón van por dentro.


La honda solera andaluza la adquiere de los abuelos maternos, de Villanueva del Rio, él, y de la misma Sevilla, ella.  Su madre y su tía que en Valdepeñas se les llamaba “las sevillanas”, modistas de profesión, trasladan a La Mancha una finura y una elegancia bética, igual para la confección de trajes y vestidos, que, para la educación y formación del futuro poeta, al que miman y adoran. 


El padre, valdepeñero sin posibilidad de poder educarlo por contacto vital, le infundió la savia fuerte, áspera y ascética, de la tierra nuestra. Según testimonios de quienes le conocieron, el padre de Juan Alcaide era un hombre excepcionalmente bueno, dotado de sencillez y de gracia castiza. Se le conoció con el apodo de “Juan el herrero”. Desde el primer momento el matrimonio vive en Valdepeñas, en el número 69 de la calle Seis de Junio.


Es pues la infancia del poeta, la de un niño huérfano. Esta falta la completan dos santas mujeres, como el las llama, que lo adoran, y que viven tan solo para él: su madre y su madrina. Ellas habrán de ser las hadas bienhechoras que vayan desbrozando su camino, cincelando su alma y también enjugándole las lágrimas cuando el dolor le agobie. La vida de Alcaide está llena de unción hacia estas dos mujeres, a las que reverencia con amor sublime.


Y no puedo olvidar a la niña Maria del Mar, como miembro de esa familia. Ella fue para Juan Alcaide la hija que nunca tuvo. Esta niña que convivió con él, con su madre y con su tía durante cinco años, desde 1944 hasta 1949, llenó de luz y alegría la casa familiar y la existencia del poeta. Hija de Carlos Muñoz, uno de sus grandes amigos, es apadrinada en casa de los Alcaide todos estos años con el consentimiento de sus padres lógicamente, que en esa época ya estaban en Barcelona.


La vida de la niña transcurre feliz en Valdepeñas, M.ª del Mar se siente una más de la familia, recibe afecto, educación y enseñanzas del propio maestro, hasta que llega la noticia diciendo que la niña tiene que regresar. Esto supone un duro golpe para la precaria salud del poeta, que con dramática aseveración exclamó: ¡si se marcha la niña, me dejo morir!


No es suficiente la evocación asidua de nuestro poeta en esta fecha del doce de julio, aniversario de la fatal perdida. Encomiable la tarea de El Trascacho, con su “Limoná de Versos Alcaidianos” o el premio internacional de poesía que lleva su nombre, pero como digo no es bastante.  Quizás nos falte a los valdepeñeros un aniversario redondo, una excusa para colmar de actos un año entero, en el que se rememore abundantemente el valdepeñerismo y la calidad literaria de nuestro “Poeta de la Mancha”. Me sumo con humildad a esa tarea, lo mío es solo una dócil contribución bienhechora de conservación de su memoria. Ahí queda.                   

                                             

Tomás López Fdez-Sacristán