La calle (sensaciones)

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180521 va paraguas



Ahora que se cumple un mes del final del estado de alarma hemos vuelto a ese espacio público, tan nuestro, del que nos quedamos huérfanos durante mucho tiempo. Es hora de recuperar las sensaciones que ofrece, de reactivar nuestros cinco sentidos para así volver a percibir otra vez la suave caricia del viento sobre las copas de los árboles, el afinado canto de los pinzones al amanecer, el bronco de los camiones de la basura al anochecer, el desordenado deambular de la gente de allá para acá, el agradable contacto de la brisa mañanera sobre el rostro, la risa alegre de los niños, sus desconsolados lloros, el rumor de los carritos de la compra. El sosegado paseo en cochecito a un bebé que dormita (el desasosiego cuando escapa de los brazos de Morfeo), el peligroso silencio de los patinetes, el disonante timbre del portal de abajo, el cadencioso de las bicicletas, la armónica sinfonía desencadenada por la puerta de un pequeño comercio de barrio, la alarmante sirena de una ambulancia, su prisa, la de los repartidores. La inevitable atracción de las terrazas, la afabilidad de los camareros (su impertinencia en otros casos), el inconfundible sonido del vidrio al chocar sobre la mesa de chapa, el del plato de aceitunas, su sabor, el olor a fritanga, el indescriptible aroma de los churros, las palomitas o el café recién hecho… El rugir de los motores silenciados durante meses, su esputo de contaminación; el pertinaz e insoportable martillo hidráulico percutiendo en el asfalto para sanar una tubería, soterrar la fibra óptica o adecentar el pavimento; el pitido estentóreo de un vehículo marcha atrás. El grito sofocado del abuelo detrás de sus nietos, el abucheo burlón de la abuela clamando por la libertad de aquéllos (libertad: nunca una palabra tan bella fue tan tristemente manoseada); el alborozo de él, el regocijo de ella; el correteo vivaracho de un perro alrededor (¡tranquilos, que no hace nada!). Las campanas celestiales de la iglesia, el claxon apremiante del pan nuestro de cada día, la música ambiental de la zapatería, la de la tienda de moda y complementos o la de la barbería hípster. La melodía relajante de un concierto al aire libre, la simpática tragicomedia del mimo de la esquina, los joviales “buenos días” de los vendedores de suerte; la muda y gastada visión histórica de los viejos y esforzados soportales de piedra. La rugosidad de la corteza de los árboles, su energía; la firmeza de las cadenas del columpio, su rítmico e hipnótico balanceo, la minimalista descarga de adrenalina (y electroestática) del tobogán, la apacible caída en el suelo de goma. La cómoda incomodidad de un banco de forja al atardecer, el relajante gorgotear del agua de la fuente, la cálida luz de una farola a medianoche, la inquietante silueta de un gato, la solitaria huella despistada (o revoltosa) sobre el cemento tierno. El mensaje implícito en un grafiti, la desfachatez de un grosero pintarrajo en una fachada recién pintada. El escalofrío de una inoportuna gota que resbala por el cuello una tarde lluviosa de noviembre, la indefinible fragancia a tierra mojada. El desagradable tufo a pis canino, el incivismo de su dueño, la infinita paciencia de la barrendera; el perfume natural de la primavera, del verano, del otoño y del invierno. Lo bonito y lo feo (según se mire), la alegría, la tristeza o la indiferencia del bulevar, del parque, de la plaza y de la calle.


Por favor, comportémonos de forma sensata para que nunca más tengamos que vernos privados de todas estas emociones.


A mi lado izquierdo.

Fernando Galán