El dolor de ya no ser

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El 24 de mayo de 1861 todo era jolgorio, fiesta, novedad y futuro en la estación de tren de Valdepeñas. Ese día, la compañía de Madrid a Zaragoza y Alicante (MZA) estrenó el edificio de viajeros con pompa y, supongo, circunstancia. La entrada de la locomotora inaugural fue atronadora. Por todos lados había humo, llamaradas y notas aflautadas, como dijo Don Ramón de Campoamor. Su intimidadora presencia creó en los valdepeñeros de entonces una bien fundada esperanza en el futuro que se avecinaba, un tiempo magnífico y maravilloso que traería para la localidad multitud de dádivas, a cuál más generosa. Todo el mundo tenía un pálpito, una esperanza, una apuesta por los caminos de hierro. Y aquel día se demostró que estaban más que dispuestos a acogerlos con los brazos abiertos.


Pasados los días y las semanas aquello no echaba a andar. Las risas y abrazos fueron tornándose en muecas irónicas y nerviosas; llegaba la vendimia y los raíles, entonces de hierro, seguían mudos, hoscos y fríos. Con la paciencia propia del pueblo que no entiende bien qué está pasando, se alzaron las voces contra la gestión municipal. Los ediles, por su parte, hicieron lo propio contra la compañía. Pero MZA se llamó a andana, demostrando dos cosas: un interés genuinamente escaso por animar la economía local y el recordatorio de que si había instalado una estación en Valdepeñas era por una serie de casualidades, estudios, propuestas y guiños de políticos y de ingenieros, pero no porque creyera que el vino les fuera a reportar muchos beneficios, como luego terminó ocurriendo.


No se preocupen, les cuento cómo terminó la cosa: los trajineros de vino se rasgaron las vestiduras porque el tren no estaba en marcha, los arrieros porque habían vendido sus monturas y, con el tren parado, no tenían medio para ganarse la vida, los bodegueros porque veían que otras zonas sí estaban aprovechando los vagones para impulsar su negocio y ellos estaban perdiendo el tren (nunca mejor dicho)… Pero MZA se mantuvo en sus trece hasta el 21 de abril de 1862, cuando abrió a la explotación el tramo entre Manzanares y Santa Cruz de Mudela, con lo que la estación valdepeñera, al fin, pudo asomarse al mundo de los caminos de hierro.


Han pasado, por tanto, 160 años de aquel primer hecho memorable en la ciudad del vino. 160 años que nos han traído de todo: ideas, dinero, sinsabores, epidemias, trabajo, depuraciones, conciencia de clase, educación, renovación urbanística y libertad. Y en todo ese tiempo, ¿qué le hemos aportado nosotros a la estación? Pues si nos atenemos a las últimas visiones que de ella tenemos, poca cosa y no muy buena, la verdad. En 160 años de recorrido histórico el tiempo y el olvido se han ido apoderando de las instalaciones de Valdepeñas. La visión, desde luego, no es muy halagüeña, aunque coincide con el resto de entornos ferroviarios de España (ya saben, mal de muchos…). Eso sí, tenemos todos los extras: tejados con peligro de derrumbe, basura en vías de playa y discos de girar vagones, pintadas, maleza, deterioro en las instalaciones… No parece que el trato que estamos dando al tren sea el más pertinente. O dicho en palabras del inmortal Gardel: el dolor de ya no ser.


Sumemos a esto una cuestión muy peliaguda que se puso sobre la mesa antes de la pandemia: el fin de la venta de billetes. ADIF ya propuso en su momento cerrar este servicio en muchas estaciones, entre otras, Valdepeñas. Las gestiones del Ayuntamiento y de la Diputación Provincial consiguieron que dicho cierre no se produjera y en enero de 2020 se acordó, con una vigencia de seis meses, que la estación seguiría abierta si se vendían 10 billetes de tren, como mínimo, al día. ¿Se imaginan que a alguien se le ocurriera cerrar una biblioteca porque se prestaran 9 libros al día y no 10? ¿O que un ente público o privado decidiera dar cerrojazo a una iglesia porque solamente 8 feligreses se confiesan diariamente, quedando por tanto la salvación de las almas por debajo del óptimo empresarial? Pues eso es lo que hoy día ocurre en Valdepeñas, donde los seis meses han pasado y el servicio de venta está momentáneamente cancelado, al decir de los carteles que se pueden leer en las puertas de acceso al vestíbulo (cerradas, por cierto).


Que alguien pueda pensar en clausurar el servicio de venta de billetes porque no hay mucha demanda puede ser una cuestión que muchos consideran lógica, porque estamos en el siglo XXI y hay un invento, Internet, que permite hacer de todo. De acuerdo, compro esa idea, pero también tengo que argüir que esa cuestión es condenar a la infraestructura a un letargo poco agradable que, pasado el tiempo, se convierte en un cierre total e, inevitablemente, en una condena a la desaparición. Y ahí están las numerosas pérdidas de muelles, edificios e instalaciones ferroviarias que dan fe de que el patrimonio del tren no le interesa a nadie. Lo repito: a nadie. Ninguna administración, salvo honrosas excepciones, está dispuesta a invertir dinero en conservar un muelle de ferrocarril (mira que son feos), un edificio de retretes (¿para qué?), una lampistería (ni idea de qué es eso) o un edificio de enclavamientos (¡si eso ya no tiene uso!). Pero no se inquieten, que no cargo únicamente las culpas en una administración indolente con el patrimonio de los caminos de hierro: los propios aficionados al ferrocarril somos culpables de la situación, en parte porque no hemos sabido vender el producto ante el gran público.


Que la estación esté abierta no es una entelequia propia de quien les habla, aficionado al tren y estudioso de su historia. Que la estación siga estando al alcance de los ciudadanos tiene que ver con el innegable valor de servicio público que tiene el tren. Que una estación ofrezca a sus convecinos la posibilidad de comprar un billete o de informar al viajero es un modo de reconocer la indudable relación que existe entre el tren y la sociedad. Que por las vías de una población sigan pasando trenes (con circulaciones de verdad, no con la exigua oferta que hoy en día tenemos) es una forma, una entre muchas, de trabajar en pro de la España vaciada y conseguir no se desagüe del todo.


Una estación con 160 años de historia debe seguir participando en la vida de Valdepeñas, máxime si tenemos en cuenta los numerosos efectos en positivo que nos han brindado las instalaciones locales. Para que ello se pueda lograr todo el mundo ha de remangarse y tener voluntad para llegar a acuerdos, sobre todo con vistas a que las generaciones futuras hereden la estación y su entorno en un estado de conservación digno, ya que estas instalaciones son parte fundamental del patrimonio local. Hay que ir más allá de la protección genérica del edificio y de la marquesina, hay que proponer otro tipo de soluciones más efectivas y que impliquen no solamente al Consistorio local, a la Diputación o a ADIF. Los propios ciudadanos tenemos que participar activamente, del mismo modo que lo hicieron nuestros tatarabuelos en un lejano 24 de mayo de 1861, cuando la locomotora y sus parabienes entraron en Valdepeñas con ganas de cambiarlo todo. De lo contrario, me temo que dentro de un tiempo señalaremos con el dedo hacia un espacio vacío y diremos: eso era, o ahí estaba.


Daniel Marín Arroyo. Orisos


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