'Pasión y vida', de Joaquín Brotóns

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Creo que valorar la poesía de Joaquín Brotons en su justa (y alta) medida empieza por reconocer su singularidad respecto a sus modelos más fatalmente previsibles. Sí, aquí están Kavafis, Cernuda, García Baena, Luis Antonio de Villena, Vicente Núñez (este, por ejemplo, no sólo un referente poético sino de posicionamiento ético ante la literatura como hecho social que hace propio y que sigue con coherencia hasta el día de hoy) o los epigramáticos griegos de “La lira de los muchachos”. Joaquín no solo no niega su influjo sino que lo hace explícito porque el sustrato ético que apuntala toda su obra le hace ser consciente de que la gratitud está por encima de un posible miedo al encasillamiento. Y aun así, es innegable que la originalidad como poeta de Joaquín radica en su vulnerabilidad. En su manera de expresarla de una manera honesta, cruda, espontánea y desprejuiciada que tiene un punto más de atrevimiento respecto a sus hipotéticos modelos. El dolor es la clave de su personalidad creativa y también de la “provocación” que pueda desprenderse de sus versos (quien perciba otra es que fatalmente está contaminado de esa rancia hipocresía moral con la que ha luchado a brazo partido a la vez desde su obra y su vida), por esa aceptación visible y pública de sus grietas más íntimas frente al precepto de la sensatez que exigiría ocultarlas.

Es evidente que la reflexión sobre el amor y el deseo constituye el túetano, la raíz fundamental de una escritura que admite escasa distancia respecto a la vida que la enciende y la impone con la urgencia de una necesidad. Parece suscribir el precepto cernudiano del amor como equivalente definitorio de toda la existencia, reducida a mera apariencia sin su fulgor de placer e intenso dolor, de ahí el “vida sin amor no es digna de ser vivida” de la conmovedora autoapelación que es “A Joaquín Brotons”, texto iluminado de esa honestidad, suicida de puro honda, que luego encontraremos en “Ajuste de cuentas”. La pasión da auténtico espesor de realidad a lo que podría sentirse como algo evanescente (“Los besos”). Se convierte en la pulsión rectora de lo vivo y hace del pasado del hombre un panteón de muescas asoladas por el tiempo que fueron otras tantas tentativas desesperadas por ser otro (“La voz interior”). Como en Juan Bernier, la invitación al amor adquiere a la vez tono de admonición moral y de anhelo expresado con la sensación de impotencia de quien reza (“Amaos”).

El amor como un rayo de luna becqueriano, símil pertinente por la frecuente presencia de este elemento simbólico en los poemas de Joaquín, enciende el afán de rastrear su imposibilidad entre nuestro ser efímero, contingente. Y su frustración a menudo no es la de chocar contra su condición de ideal sino la de no encontrar en quién proyectar ese afán inocente de búsqueda (“Momento de soledad”). El deseo no deja de ser un “fatum” (“El placer mercenario”…aunque puntualmente pueda soñarse como su antípoda, como una potencia irracional que marca como una señal de elegido a los nacidos para consumar el deseo, tal y como nos lo cuenta en “Ganímedes”) que obliga a merodear en los exteriores de lo aceptado por la moral hipócrita y convencional pese a la lucidez que le hace ser consciente de no encontrar allí la faceta más espiritual y trascendente que guía su ansiedad.

Como buen epicúreo, Joaquín sabe que el deseo es la máxima expresión de la audacia, que poseerlo requiere una decidida (y valiente) transgresión de los límites que desustancian la vida (“La fiesta de los dioses”). A menudo, su esencia se revela en algún detalle en apariencia menor de la cotidianidad erótica (“Cuerpo de luna y fuego”) o su intensa sensualidad se explaya en escenas con el potencial sugestivo de un poema rococó dieciochesco (“Personaje incógnito”) aunque a veces mediatizadas por la angustia (“Piel morena de coco”) logrando esa síntesis de gozo y tormento tan suya y también de poetas de la entidad de Sandro Penna, aunque siempre con una excitación sensorial que hace del cuerpo del amante un recorrido de insinuantes e imaginativas sinestesias (los poemas de “Reecuentro en el sur”). Un deseo del que se aceptan voluntariamente y con plena conciencia de lucidez sus riesgos, el previsible fin prematuro de la vida consumida en su ansiedad por alcanzar su realización máxima, cual si le guiara el mítico lema de Neil Young: “es mejor quemarse que apagarse lentamente”, que firmó como eptiafio para Kurt Cobain.

Casi tan central como su reflexión sobre el erotismo es el sustrato ético que parece ejercer de hilván estructurador de toda su obra y que se dispara hacia actitudes en apariencia antitéticas pero que son coherentes con el mismo posicionamiento moral. De un lado, el exilio interior como legítima autodefensa, que no es una decisión puntual sino un proceso que nos atrapa de manera inconsciente como parte de la espontaneidad con que nos hiere el desgaste del tiempo y el contacto con el otro convertido en el “infierno” sartreano (“La vida nos va arrastrando”). En este sentido, la imagen de la Valdepeñas-isla es particularmente acertada por remitir a la vez a una idea de aislamiento y al imaginario cultural griego ensoñado como el archipiélago mítico de los poemas de Holderlin, y hasta por los matices de sensualidad imbricada en lo marginal que se adscriben tópicamente a los ambientes marineros. De otro, la alineación vital con los débiles y la participación en la solidaridad frente al solipsismo que parece exigir el oficio poético (“Himno a la melancolía”). Parece suscribir Joaquín el credo juanramoniano de intentar apresar la belleza y ser su portavoz ante aquellos a los que el dolor se la ha cegado y un texto como “La cresta de una ola de amor” parece remitirnos al hernandiano “besándonos tú y yo se besan nuestros muertos”, emoción que hace que un hombre concreto ame en su boca en nombre de todos y haga retornar a los ya desaparecidos entregándose a la perpetuidad de ese pulsión más allá de nuestros límites particulares. El aspecto más conmovedor de este hondo sustrato moral radica en que, al mismo tiempo que se apuesta por la insurrección y la valentía, se acepta con ternura a quien se muestra incapaz de entablar y vencer en ese antagonismo y así la piedad ocupa el espacio de un rencor que no se considera legítimo (“Los restos del naufragio”) porque el poeta es consciente de que las expectativas son un peso cuya responsabilidad debe asumir el soñador y no lo soñado.

Aunque con menos peso cuantitativo, pueden encontrarse en sus páginas ecos sociales machadianos en el retrato de una tierra castellana mísera, poblada por hombres que intentan aún vivir entre los rescoldos de una felicidad extinguida en un perpetuo ejercicio de nostalgia, donde se imponen la huida o la tentativa de evasión (en el vino, en el sueño…unas veces tan fatalmente efímera y en el fondo inauténtica como se retrata en “La evasión de la realidad” pero otras lograda, casi como una enajenación en una dimensión alternativa que hace sólido su coraje, como en “Los amantes adolescentes”) como únicas salidas vitales (“La Mancha y sus hombres”). El nudo afectivo con la tierra y los antepasados crea un conflicto interior entre el afán de libertad y el rechazo del conservadurismo y el instinto de fidelidad a la propia genealogía, a los muertos que parecen resultar vencedores de esta tensión dejando como rastro la sensación de aislamiento o de vida no consumada (“Indecisión”).

En lo estilístico, el don de Joaquín para la expresividad en sus imágenes se aprecia en infinidad de detalles como el “siniestro bestiario” que señala Pedro Antonio González Moreno en su prólogo (“ratas, sucios cerdos, cuervos, gusanos, murciélagos locos”) ,que compone un retablo de densa irracionalidad a la vez colindante con la pesadilla y la deformación grotesca. Siempre encontramos en sus poemas un registro de lenguaje coloquial, accesible, que ha eliminado lo retórico o la elipsis barroquista y que niega ese esteticismo que pretende convertir el poema en una realidad lingüística autónoma al margen de la vida que determina su existencia. Es notable la combinación de lo más explícito con una distancia objetiva que afronta la caracterización de sus interioridades más sangrantes con el punto de impersonalidad (que parece quedar fulminada en una síntesis máscara-ser humano cuyos contornos precisos resulta casi imposible delimitar en “Joaquín Brotons en su ciudad natal”) que aporta la creación de un personaje quizá no propiamente “alter ego” pero sí en buena parte identificable con él mismo (“El marginado” nos trae ecos de ese Gil de Biedma imaginando su muerte, ese fantaseo con el propio drama inevitable en todo ser humano sensible a los efectos destructores del tiempo y “El lecho de los sueños” también comparte esa perspectiva de enunciación poética desde más allá de los márgenes de la existencia).

Resalta un estimulante hibridismo de géneros en el planteamiento de poemas-narrativos, a veces en un modelo de estampa descriptiva (“Sixto”) sin propiamente una acción que se desarrolle en partes o secuencias aproximándose a un cuento de formato clásico (más perceptible en “Said”) y otras con el aire de epístola confesional a lo “De profundis” de Wilde que caracteriza el descarnado “Joven ilicitano”, cuya elegía afirma ese don de aceptación de la derrota con honestidad y sin el veneno del resentimiento que revela a quien conoció el amor y a través de su misma intensidad, la gratitud. Son relevantes motivos clásicos como “el sur” como metáfora del paraíso, dimensión fabulosa de sensualidad en cuyos escombros aún se revuelve una vez que la vida ha impuesto la conformidad con el recuerdo como sucedáneo del placer, hasta que se impone la renuncia como tributo a la dignidad de todo aquello que una vez le permitió arder en su verdad (“¿Regresar al sur”?). Respecto a la, mencionada al comienzo, variación sobre sus poetas-faro como clave de su singularidad, podemos comentar algunos poemas suyos que podrían ser “variantes sobre Baudelaire”: en su reflexión sobre la escritura, la íntima conciencia de culpa por el extrañamiento respecto al mundo que supone esa vocación poética sentida como la “camisa férrea de mil puntas” de Darío frente al placer subversivo de haber violentado las expectativas de su entorno (“Poema sangriento”) o un “Amado lucifer” en que la empatía con el demonio ya no solo se cimenta en la complicidad con lo marginal o el desafío vitalista al orden sino en el hecho de que tan mítica criatura llegue también a sufrir el declive físico que confabulan el hedonismo sumado al propio efecto erosivo del tiempo.

En definitiva, una poesía intensa, emotiva y que desprende como pocas una sensación de genuina autenticidad vital, que camina perpetuamente y con éxito entre esa dualidad frágil entre el éxtasis epicúreo y el sufrimiento… pero esto que lo explique mejor el poeta y crítico Pedro Antonio González Moreno y que sus palabras sean el colofón que merecen los poemas de Joaquín:

“Hay dos pulsiones antagónicas que chocan continuamente en la poesía brotonsiana. Frente al espíritu dionisíaco y paganizante, pesa sobre él un lastre de raíz judeocristiana que se refleja en la gazmoñería moral y en la hipocresía social del entorno donde se encuentra inmerso. Y de semejante choque surge el dramatismo de su obra, su tensión y su heterodoxia, su conciencia crítica, su vocación de marginalidad, su voluntad de exiliado en un mundo que él no acepta, que tampoco le acepta a él y del que sin embargo forma parte”. 


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Foto: Pepe J. Galanes