La epidemia de gripe de 1918 en Valdepeñas. Estudio estadístico

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A mediados de 1918 Valdepeñas continuó ejerciendo el liderazgo provincial sobresaliendo, entre otras variables, en el apreciable volumen de población residente, que superaba los 25.000 individuos, manteniéndose como la localidad más habitada de la provincia de Ciudad Real, seguida a distancia por Tomelloso y Puertollano.


Desde el último cuarto del siglo XIX, la ciudad del vino mantuvo similar comportamiento demográfico caracterizado, por un lado, por el elevado crecimiento vegetativo resultado de la alta natalidad, con tasas por encima del 30 ‰; como por el saldo migratorio positivo con la llegada de contingente de inmigrantes.


El progreso económico, centrado en exceso en el monocultivo del viñedo y en sus industrias afines, no fue extensivo a todas las capas de la sociedad, con acentuadas deficiencias en materia de alimentación, higiene, sanidad, etc. En el campo de la educación triunfaban la incultura y el analfabetismo, elementos esenciales para enfrentarse con mínimas posibilidades de éxito a amenazas como la presentada en el año 1918. Por otro lado, la salubridad distaba de ser la esperada; la limpieza de las calles y plazas fue denunciada en múltiples ocasiones, en calles estrechas circulaban todo tipo de vehículos y animales, se amontonaban basuras, se embalsaba aguas e impurezas múltiples procedentes de la actividad industrial…, yendo todo a desembocar al arroyo de La Veguilla.


A finales de abril se sucedieron graves casos de gripe en algunos puntos de la provincia aun cuando las condiciones meteorológicas no favorecían la proliferación del virus gripal asociado con temperaturas bajas y grupos de riesgo etarios (ancianos y niños). De un mes a otro se duplicaron las cifras de mortalidad provincial sin que resultasen, como en otras ocasiones, más afectadas las metrópolis y ciudades densamente pobladas que, como Valdepeñas, albergaban elevados contingentes susceptibles de contraer patologías asociadas a la condición social del enfermo. No obstante, apenas se registraron óbitos que superasen las estadísticas esperadas. La sociedad atendía a otro tipo de aprietos como la subida del pan en un contexto de inflación galopante, elevación de precios y escasez de alimentos.


La coyuntura sanitaria local distaba de estar a la altura de la pujanza agro-industrial que mantenía el esquema benéfico-asistencial con máxima dependencia de la caridad y de las instituciones de carácter religioso. El único centro sanitario era el Hospital municipal, sin un mínimo de condiciones higiénicas, sanitarias ni personales para alcanzar tal denominación. En 1918 se estableció una partida presupuestaria para gastos extraordinarios, sobresaliendo por encima de la atención hospitalaria que apenas registró variación en sus asignaciones, las partidas destinadas a atender los gastos farmacéuticos, al acondicionamiento del cementerio municipal, o al servicio de conducción de cadáveres fuera de la población (en caso necesario).


La ciudadanía estaba acostumbrada a sufrir indefensión frente a las oleadas de enfermedades endémicas como el cólera, la viruela o el sarampión, que generaban puntuales picos de mortalidad, provocada generalmente por dolencias ordinarias como meningitis, o afecciones cardiovasculares. En este sentido, en el verano de 1918 se sucedieron las defunciones por patologías estivales de carácter digestivo que elevaron la mortalidad esperada en porcentajes superiores al 20 %.


En el conjunto sociedad se percibía el nerviosismo latente por las imprevisibles contingencias a las que se exponía la agricultura como era la plaga de langosta o la amenaza de la filoxera, apareciendo en el horizonte el fantasma del hambre. El abastecimiento de pan ante la falta de trigo dada la mala cosecha y la retención del cereal en las localidades que solían abastecer a valdepeñas era otro problema.


En septiembre la Corporación municipal recibió varias circulares del Gobernador Civil al objeto de preparar personal para la atención de instalaciones de desinfección, de aislamiento y asistencia a los enfermos; y de la inspección provincial de sanidad dando instrucciones que confirmaban la existencia de una epidemia de gripe, adoptando medidas extraordinarias como la prohibición de la asistencia al cementerio el Día de Todos los Santos.


El alcalde de Valdepeñas envió un telegrama a los medios de comunicación donde afirmaba que “aquí no pasa nada”. La realidad, pese a la ocultación oficial, era otra y en Valdepeñas la epidemia hacía estragos: los médicos trabajaban sin descanso sin controlar el número de defunciones que, de las 52 registradas en septiembre, se multiplican por cuatro en el lluvioso mes de octubre (198) y por dos en noviembre (95). No era de extrañar que en pueblos vecinos cercanos como en Infantes se estrechase la vigilancia sobre los forasteros principalmente los procedentes de Valdepeñas, aunque sin llegar tan lejos como Torrenueva donde que prohibieron el acceso a todos los valdepeñeros, encontrando la unánime protesta de la Corporación.


Los diagnósticos de fallecimiento por gripe crecieron puntualmente desde el día 8 de octubre. En tres días fallecieron una media de tres individuos a consecuencia de neumonía y bronconeumonía gripal, pero a partir del día 26 de octubre y hasta el día 2 de noviembre –en solo una semana–, se registran 58 fallecimientos a los que habrá que sumar la mortalidad ordinaria, con lo que podemos hacernos una idea del tremendo desastre humanitario vivido en esos momentos. Durante el mes de octubre murieron en Valdepeñas 74 personas por patologías respiratorias y 19 directamente por gripe, a las que añadir otros 5 óbitos provocados indirectamente (meningitis, miocarditis e incluso un aborto). En noviembre fueron 40 y 12 respectivamente, más 2 casos provocados por miocarditis gripal. En estos dos meses la mortalidad general también aumentó registrándose el 35,9 % del total de decesos de ese año, es decir, uno de cada tres valdepeñeros murió en esas fechas. Porcentualmente supuso la pérdida del 1,2% de la población, cuando la tasa bruta de mortalidad ascendió al 32,8 ‰, alejada de los resultados calculados para España (33,2 ‰) y la provincia de Ciudad Real (34,4 ‰).


La epidemia de gripe española registró una sobremortalidad superior a los 300 individuos, pasando de los 495 fallecidos en 1917 a los 816 en 1918, es decir, cuatro de cada diez valdepeñeros fallecidos murió por gripe o complicaciones respiratorias asociadas con la invasión viral.


A mediados de marzo de 1919 se reconocía oficialmente que la epidemia de gripe se ha reproducido en la provincia. En Valdepeñas pasará totalmente desapercibida volviendo al camino marcado por la menor mortalidad relativa más cercana al comportamiento nacional que al provincial. De hecho, el número de decesos retrocedió hasta los 587, que supuso una tasa del 23,3 ‰, recuperando la senda del descenso que se afianzará en la siguiente década con porcentajes del orden del 20 ‰. En cualquier caso, el advenimiento de la epidemia de gripe española no se tradujo en una significativa alteración del comportamiento demográfico local pues el crecimiento vegetativo continuó siendo positivo, es decir, seguían naciendo más efectivos que los registrados por mortalidad, exactamente 859 frente a los 816 mencionados, resultando un incremento de población de 43 individuos.


La jornada de máxima mortalidad se registró en Valdepeñas el día 29 de octubre cuando se inscribieron los fallecimientos de 12 personas que saturaron la nave central de la iglesia de Ntra. Sra. de la Asunción. (Elaboración propia a partir de Libro de Defunciones de Valdepeñas, 1918).



Uno de los aspectos que subrayan la singularidad de la epidemia gripal correspondió al perfil de los afectados, correspondiendo a jóvenes de ambos sexos sin patologías anteriores susceptibles de enfermar por patologías respiratorias. (Elaboración propia a partir de Libro de Defunciones de Valdepeñas, 1918).



La trayectoria de la mortalidad en la localidad de Valdepeñas señala menor incidencia porcentual que la registrada en el conjunto provincial de Ciudad Real, a pesar de persistir ciertas patologías endémicas que primaban en los registros de defunciones. No obstante, mantenía un comportamiento errático con moderados oscilaciones si las comparamos con los comportamientos provinciales con tasas generalmente más altas. (Elaboración propia a partir de Registro Civil de Valdepeñas y Anuarios Estadísticos (INE), varios años).