sábado, 13 de agosto de 2022, 08:00

Cecilio García-Cervigón, la historia de un solanero recién repatriado de Chile

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Al abrigo de Los Andes se extiende Chile, un largo trazo de lápiz en el mapa que comienza a sufrir el azote del Covid-19. Tras las revueltas por la llamada ‘Revolución de los 30 pesos’, el virus global está dando el golpe de gracia a un país que hasta no hace mucho presumía de ser un pequeño oasis en la llamada América Latina. Un solanero acaba de regresar de allí en un vuelo fletado por el consulado español en Santiago, la capital andina. Se llama Cecilio García-Cervigón y es uno de los mejores ajedrecistas de España, a pesar de ser ciego.

No estaba allí disputando ningún torneo, qué va. Vivía los tres meses de estancia máxima como turista junto a su actual pareja, Oriana, en un ir y venir constante entre Chile y España en los últimos años. Había llegado el 18 de diciembre y tenía que regresar el 11 de marzo, pero pidió prórroga para volver el uno de abril y así poder traerse a su pareja, también deficiente visual, y a su madre. Objetivo vano. El propio consulado español se puso en contacto con él para confirmarle que volaría a España, pero solo. Cecilio García-Cervigón, que agradece el trato recibido por el consulado, suplicó a la propia cónsul en persona viajar con ellas, sin éxito. “Me dijo que era imposible, incluso aunque diera su autorización, ya que no le dejarían entrar en España”. El problema es que no están casados y su relación, aunque consolidada y larga ya en el tiempo, carece de soporte legal.

Cecilio lo veía venir. Cuando llegó, en diciembre, ya había un lío muy serio. “Se veían barricadas en las calles, saqueos en los supermercados o incendios de farmacias”. “Santiago era un desastre”. Atrás había quedado el Chile próspero donde todo el mundo tenía trabajo y había paz social. Pero era una prosperidad cogida con pinzas ya que los sueldos no superaban los 300 euros de media, con bolsas de pobreza y, eso sí, una minoría empresarial pudiente que vivía a todo tren.

La irrupción del coronavirus metió a la gente de nuevo en sus casas para “juntar un problema con otro, y no sé cuál será peor”, señala. Se refiere a la sanidad, que en Chile no es universal ni gratuita. “Allí todo funciona a base de pagar”. “Yo mismo fui a una farmacia a hacerme la prueba del azúcar –es diabético- y me costó 2.100 pesos -2,30-euros-“. Esa precariedad sanitaria fue, precisamente, lo que instó a su pareja a suplicarle que volviera a España. “Un día se arrodilló literalmente para pedirme que me viniera”, declara con emoción contenida.

“A mediados de marzo empezó a ponerse peor la cosa y el gobierno tomó medidas, entre ellas el toque de queda”. Los militares patrullan con los fusiles entre las 10 de la noche y las 5 de la mañana”. Pero a las 5 y un minuto, la gran contradicción. “De repente se llenan los metros, los autobuses circulan a rebosar de gente y se ven grandes colas en cualquier sitio”. “Te preguntas para qué sirve el toque de queda”. Entre tanto, estaba al tanto de lo que sucedía en España mediante la radio. “Escuchaba todas las emisoras, incluida Radio Horizonte, aunque fueran las 6 de la mañana”.

Los datos oficiales, tanto de contagiados como de muertos, sitúan a Chile en una situación todavía óptima si la comparamos con los países más castigados, caso de España. Hasta este domingo se habían declarado algo más de 4.000 casos y apenas 30 fallecidos. Sin embargo, la realidad podría ser muy diferente. Camino del aeropuerto, Cecilio García-Cervigón comentó con el taxista que los números en Chile no eran comparables con los de España. “No se lo crea usted, tengo un amigo en una funeraria y no dan abasto a enterrar a gente”, respondió.

Ahora, desde la tranquilidad relativa de su casa en La Solana, cuenta las horas para volver a ver a Oriana. Ella y su madre siguen allí, en el corazón de Santiago de Chile, viviendo la partida de ajedrez más difícil de sus vidas. Es una historia más a cuenta del coronavirus. Una historia que ojalá acabe bien, pero que refleja la realidad de un mundo que ya nunca será igual.