Y tú ¿la viste?

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191219 va eloy




De espaldas al gran árbol de plástico que se elevaba sobre una de las esquinas de la plaza, preguntó si la había visto a la primera persona con la que se cruzó. 


Le dijo que sí, un tanto extrañado, que entraba y salía continuamente de la cercana Administración de Loterías. 


Avanzó unos metros y volvió a preguntar a una señora que caminaba rápido, tapándose la boca con un echarpe estampado para proteger su cara del intenso frío. 


Le contestó apenas sin detenerse. La acababa de ver deambulando junto al recuerdo del poeta. 


Mientras cruzaba en aquella dirección tropezó con la pelota de unos críos. Jugaban al fútbol donde había visto patinar a decenas de niños otros años. 


También a ellos les preguntó. Uno, el que parecía más resuelto, le indicó hacia el mismo lugar mientras se secaba un reguero de sudor que le recorría la sien. 


Se acercó hasta allí y lo observó como siempre, concentrado en su lectura, sentado sin prisa junto a su maleta. Helado por fuera, pero seguro que caliente por dentro gracias a la fuerza de sus versos arraigados. 


El bullicio de la calle comercial atrajo sus pasos. La gente circulaba en ambos sentidos. Entraba y salía de las tiendas de ropa, de las zapaterías, de las ópticas, del bar, de la frutería... Al llegar al primer cruce se detuvo y volvió a preguntar, pero nadie parecía escuchar. Ya no había Café ni Letras. 


Dudó, pero decidió seguir el camino que le marcaban los coquetos maceteros de colores, dejando atrás otras ópticas, perfumerías, lencerías, las farmacias, diferentes tiendas de ropa… 


Desembocó en la calle más ancha y heroica del pueblo, escenario de desfiles y cabalgatas. Allí preguntó a un vendedor de suerte, que lógicamente solía verla a menudo. Le dijo que seguramente no tardaría mucho en aparecer por allí, bajo una lluvia de caramelos. 


Y continuó hacia el sur. 


Giró a la izquierda y subió la cuesta siguiendo el sonido de las campanas y de la música, ¡ay, la música! En la plazoleta, un nutrido coro de niños desafiaba a la gélida tarde con las notas de sus villancicos. Y ganaban. 


Por allí también la vieron.


Siguió sin perder de vista la omnipresente torre de la iglesia, y al llegar a la enorme explanada, se abandonó a la luz de las guirnaldas, quiso acariciar el pelaje luminoso de los animales, las plumas de los ángeles… Acabó rindiéndose ante el Misterio. 


Le señalaron el lugar desde el que había partido y fue en su busca. 


Atravesó la Plaza deprisa, bordeó la Cruz Verde adosada al muro y entró por el extremo opuesto. Por fin, la encontró.


Revoloteaba por el aire como una mariposa, subía y bajaba juguetona, sin aparente destino. De pronto dibujó una pirueta imposible y ascendió imparable hasta coronar el árbol, iluminado por los mejores deseos de la gente. Y brilló. 


A mi lado izquierdo.