Pasión y muerte de la Encina de las Mil Ovejas

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Cuando ponemos nombre a un árbol, cuando lo bautizamos deja de ser un trozo de palo, un lote de madera. Con este acto le prestamos el aliento de la individualidad, lo hacemos propio, iniciamos una amistad para con ellos que durara siglos posiblemente. A partir de ese momento podemos hablarle como lo haríamos con el amigo, quedamos a disposición de él, a intimar en sus visitas, con su estado de salud, con su proceso de crecimiento casi siempre lento. Cada brotadura engendrada es una alegría en nuestro estado de ánimo. La Encina de las Mil Ovejas “ya estaba bautizada como lo están otros árboles monumentales diseminados por nuestro territorio nacional, la encina Terrona, de Zarza de Montanchez; el roble El Abuelo, de Fuencaliente o la carrasca Ruli de Mota del Cuervo. Son todos nombres propios que el acervo popular ha ido poniendo a los diferentes árboles que por su singularidad nos han estado acompañando siglos y siglos.


Pero al igual que bautizamos los árboles con nombres singulares y les hablamos como a nuestras personas más queridas también a los arboles hay que cuidarlos, preocuparnos por su salud, atenderlos y si es necesario intervenirlos como si de un gran tumor o enfermedad se tratara. Ejemplos existen de una intervención salvadora por la mano del hombre en la encina Terrona, donde fue necesario apuntalar algunas ramas para que no se desgajasen, o en la morera de Palacios del Arzobispo donde podas meditadas a conciencia por técnicos botánicos, médicos de los árboles, logran que sobreviva e incluso que retoñen nuevas zonas que aún no se han desecado por avatares diversos. Y esto es lo que no se ha hecho con nuestra encina de las Mil Ovejas. Que si tú, que si yo; que si lo público, que si lo privado, fue la causa de su desplome. O por lo menos yo así lo veo.


Otros dicen que ha muerto de soledad y quizá lleven razón porque ya no pasan los hombres, es verdad, todos se fueron hace tiempo a la ciudad. Y es que ya no pasa nadie por esa Cañada Real, solas quedaron hace tiempo todas sus carrascas, el deambular de la gente se desplazó con el tiempo y nuevas vías abandonaron a estos árboles que ya no tenían con quien conversar. Los cabreros, compañeros de Grisostomo, muerto de amor por el desdén de Marcela ya lo enterraron allí cerca y también desaparecieron.


Tal ha sido la desgracia de nuestro árbol en los últimos tiempos, que hasta su nombre vio descontextualizado. Atenta a su función de ver sestear a las ovejas, notó como ya no eran ellas las acompañantes, sino toros y terneras las que descansaban al amparo de su sombra protectora. Aunque después de todo orgullosa se podía sentir de ello, pues ni ganado queda ya, para guardar nuestras encinas del Valle de Alcudia.