Retrospectiva de Daniel de Campos

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FOTO: http://danieldecampos.com/


El próximo 27 de octubre el gran pintor manchego, Daniel de Campos, nos va a ofrecer en Valdepeñas – su verdadera ciudad natal – una amplísima retrospectiva de su variegada obra, que recoge cuadros fechados desde 1970 hasta los que acaba de realizar, como ese enorme y magnífico lienzo de género histórico, que representa la inolvidable hazaña del 6 de Junio de 1808 por parte del heroico pueblo de Valdepeñas, un cuadro que será ya referente obligado de la pintura histórica nacional, en el que laten profundos conocimientos de geometría cinemática con el que conseguir la épica de la grandiosa obra, verdadera apología de las virtudes patrióticas.

Además de su fértil capacidad creadora, Daniel de Campos ha tenido siempre una muy acusada vertiente de investigador de las posibilidades infinitas que tiene la pintura. Y las artes plásticas en general. Es así que en él se armoniza perfectamente la creación desbordante, su estro luminoso y fecundo, con una infinita curiosidad intelectual y técnica, que le ha llevado a recorrer todas las formas y modelos de la pintura. Exquisito maestro del grabado – las lesiones de sus manos lo acreditan -, quizás el mejor grabador en la actualidad, ha organizado congresos internacionales del grabado en distintas ciudades del mundo, sobre todo en Hispanoamérica, en donde ha vivido una buena parte de su vida. Allí, en esa América de países hermanos, en la que todos están al tanto de lo que les pasa a todos, Daniel de Campos ha conseguido fama y gloria como el genial pintor que es. Pintor academicista, clásico pero abierto a todas las formas de expresión plástica, en donde los ideales de eternidad reposan en el lienzo, toman cuerpo, así como el verismo moral.

Desnudos tranquilos, de paz, el honor del trabajo, la dignidad de todo ser vivo, el paisaje manchego en todas sus estaciones, el urbanismo moral de los pequeños pueblos o villorrios, los mendigos, la ancianidad, la santidad de los animales que acompañan y ayudan al hombre en su trabajo, la gracia y la desdicha de la familia, almendros, manchas de humanidad, desvanes deshabitados poblados por palomas, las labores del campo, caminos misteriosos y de delirantes direcciones, corrales, comadres, titiriteros, el mercado, la madre, bodegones de manchas eurítmicas ubicados en decenas de espacios distintos, mesas de comer, la vendimia, la ciudad y sus coches piafantes, la feria, fantasías cromáticas, procesiones españolísimas en Hispanoamérica, el cuadro histórico, paisajes americanos, Gabriel García Márquez, el Caribe alegre, indigenismo, danzas, bicentenario de Colombia, diversidad, en fin, de tipos psicológicos. Una dignidad universal se refleja en todas estas gentes, en todos estos edificios, en toda esta naturaleza.

Entre otros muchos cuadros faltará en esta espléndida perspectiva el magnífico cuadro de la Coronación de la Virgen, expuesto en el Santuario de Santa María de la Cabeza. El artista ha impregnado de carácter individual a los personajes ideales de esta gran composición religiosa, que nos recuerda tanto a la Coronación de Velázquez, aunque con una Virgen más delgada, quizás más gótica, más espiritual. Coronación no hecha para ver en las predelas sino en los altos de las bóvedas. Lección de teología.

La belleza en sí, utilizando la expresión de Platón, no pertenece a ninguna clase, a ninguna época, a ninguna raza, a ningún país. Y ésta es la belleza que persigue la pintura de mi buen amigo Daniel de Campos.

La fuente de la novedad original no se encuentra en las ocurrencias del ingenio, ni en la arbitrariedad de la fantasía, sino en las concurrencias de las intuiciones personales del genio. Hay que haber sentido en el alma profundas alegrías vitales y hondos sentimientos morales para crear belleza en el arte. La inspiración brota en los genios delicados de la tristeza, como es el caso de Daniel.

Esta gramática del arte plástico se articula con signos y símbolos de la naturaleza que la humanidad reconoce sin necesidad de traducciones culturales, porque los lleva en sus entrañas, y siente como propias tanto las revelaciones de la verdad natural, como las manifestaciones de la belleza original.

En una época de pintamonas impotentes, en que falta por completo el dominio de las reglas técnicas de la perspectiva espacial y la descomposición de la luz, o la fusión de los colores, la obra de Daniel de Campos nos reconcilia con las artes plásticas y nos llegan al alma las emociones que transmiten estos cuadros, y enaltecen, sin duda, los espacios públicos en donde se instalan. A veces, muy pocas, los espacios públicos exponen arte. Ésta es una de esas ocasiones que no podemos perder.