El discurso, la risa y Quintiliano

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En general, el discurso político debe ser sencillo y digno, y adornarse más de pensamientos que de palabras. Como las palabras se armonizan con las cosas, reciben ya su brillantez del propio resplandor de la materia (“ipso materiae nitore”). En general, el político deberá preferir el honor a la utilidad y, en general, defender la utilidad a través del honor, haciéndola honorable. Hoy, nuestra Administración de Justicia, no precisa los discursos de los abogados ante una representación aleatoria del pueblo convertida en jurado, que prácticamente no existe, ni nuestro régimen político exige que nuestros líderes políticos sean duchos en las artes oratorias, porque se viene con el discurso aprendido de casa y los adversarios son sordos a él. Tampoco la educación ha ayudado mucho al desarrollo del arte que nace con la Democracia. Desde Villar Palasí no se ha enseñado en España ni a los niños ni a los muchachos cómo se elabora un discurso, y con la potente tecnología de los medios digitales, que garantizan que todo humano o humaoide, pueda llegar a pronunciar una conferencia, la gran arma de la libertad, que es el discurso, no tiene un futuro prometedor en España. Si bien, fuera de nuestras fronteras, Obama, Cameron, la propia Theresa May, o el mismísimo Trump ( vid. su discurso último en Polonia ) nos alientan a seguir estudiando a Quintiliano tras oírlos.


Todo buen discurso político, sobre todo si es un poco extenso, debe estar nimbado, asperjado, de vez en cuando, de ciertas graciosas agudezas que lo dulcifiquen. De eso que los romanos llamaban “urbanitas”. La “urbanitas” es aquello mediante lo cual encontramos la gracia que siempre se puede sacar a lo humano. Esa gracia, que a veces nos abre la puerta a la risa, puede tener un poder avasallador. El orador dotado de humor tiene un gran poder. Sobre todo cuando el político replica al adversario de forma divertida, y quitar la seriedad a un dardo del adversario es ganar la batalla. Quien sabe sazonar el discurso político con una punta de sal, con una especie de sencillo condimento retórico, hace amable su victoria. Los grandes oradores políticos han poseído la “dicacitas”, que en sentido propio significa un modo de decir que ataca a otros sirviéndose de la risa. Ningún gran discurso político ha estado exento de un humor amable, incluso el inmortal “Discurso Fúnebre”, de Pericles, piedra angular de la democracia. Ahora bien, el humor en la oratoria política tiene sus límites: las bromas contra los desgraciados siempre son inhumanas, y la risa tiene un precio demasiado alto si se consigue a costa de la sensibilidad y de la honradez del político. El juego de palabras que supone doble sentido ( anfibología ) es una fuente frecuente del chiste en los discursos políticos. El propio Cicerón lo usó contra un candidato que era hijo de un cocinero: “Yo también ( ambigüedad entre quoque – en latín “también” – y el vocativo coque – de coquus, “cocinero”) te votaré.” También se puede jugar con los nombres propios, siempre que la metalepsis sea elegante y chistosa, y no de una ordinariez de baja estofa; pues entonces no se consigue la gracia sino el mal gusto. Un juego que ha sido siempre frecuente en la política es vincular el nombre del adversario con el nombre de algún personaje conocido por alguna razón ridícula. Figuras como hipérboles ridículas y absurdas, así como la ironía, son, asimismo, buenos vehículos para traer el humor y la risa. Cuando el mismo Cicerón oyó que Fabia decía a Dolabela que ella tenía treinta años, replicó. “¡Es verdad, pues ya hace veinte que la oigo decir esto!”, o cuando a un caballero romano Augusto le reprochaba haber consumido la herencia paterna, éste le dijo al emperador: “¡Pensé que era mía!”. A menudo también conseguimos el humor cuando neutralizamos una clara mentira con otra mentira mucho más gorda. Otras veces no negamos lo que se nos reprocha, aun cuando claramente parezca ser falso, y de ahí obtenemos material para una respuesta “con coña marinera”, como la de Catulo a Filipo, cuando éste le dijo: “¿Por qué ladras?”, y repuso Catulo: “Estoy viendo a un ladrón”. O cuando un senador expresaba su desaire por no haberle saludado un caballero, éste le dijo: “¡Agradecido me debes estar por no haberte visto!” Parodiar al adversario es otro recurso de humor, pero se debe saber hacer muy bien; de lo contrario, el resultado es desastroso, por zafio e inelegante, para el que lo intenta. El humor, en fin, en el discurso político es imprescindible para Quintiliano. Ese humor está, ya lo hemos dicho, directamente relacionado con la “urbanitas”, que es el modo afable con el que los pueblos civilizados producen el humor. Y estos tiempos duros en que vivimos o se sufren con el espíritu de Catón, o con el estómago de Cicerón.



Respecto al ilustre calagurritano Quinto Fabio Quintiliano fue alto cargo de la Administración imperial ya desde su primera juventud, tras haber sido el mejor alumno del mejor abogado de Roma, Domicio Afro, que fue para él lo que Iseo fue para Demóstenes. Escribió su Institutio Oratoria para su amigo Marcelo Vittorio, a fin de que el hijo de éste y su malogrado hijo propio, Quintiliano, aprendiesen bien el arte oratoria. La muerte de su joven esposa y de sus hijos de cinco y diez años respectivamente cayó sobre Quintiliano como una maldición divina (“mei dis repugnantibus”). En su hijo mayor, Quintiliano, veía todas las aptitudes de un genial orador con el que Roma recuperase la época gloriosa de la oratoria republicana, y estaba ya destinado a los diez años a ser marido de la hija de un tío suyo pretor (“te avunculo praetori generum destinatum”). Con su muerte Quintiliano tuvo que buscar una razón para seguir viviendo (“sed vivimos et aliqua vivendi ratio quaerenda est”), y la encontró prosiguiendo sus nobles estudios de oratoria, arte de la que la Democracia no podrá prescindir jamás, porque la libertad sólo es invenible en el vuelo de las palabras libres, sólo se nos aparece en ellas. El emperador Domiciano le encomendó la educación de los nietos de su hermana. Él mismo habló en una causa en defensa de la propia reina judía Berenice, el amor maduro y perturbador del emperador Tito, y ello fue para Quintiliano algo de tal importancia que pone el propio pronombre de 1ª persona, que sólo tiene un valor retórico en la lengua latina, cuando nos lo cuenta orgulloso: “ego pro Regina Berenice apud ipsam eam dixi.” Fue el maestro de los grandes cargos administrativos del imperio que trabajarán bajo Trajano, como los dos Plinios. Sus magníficos estudios de retórica se fundan en su propia práctica en el foro, no siendo nunca un mero teórico como Aristóteles, ausente por completo de la lucha forense. De hecho, combate toda teoría oratoria sin práctica. “Haec praecipiunt qui ipsi non dicunt in foro, ut artes a securis otiosisque conpositae ipsa pugnae necessitate turbentur.” Esto es: “Proponen estas enseñanzas quienes no intervienen personalmente en el Foro, donde las reglas del arte retórica, redactadas en la tranquilidad y sosiego de tales autores, caen en confusa quiebra por la violencia misma de la lucha forense.” Triunfador en la esfera social como sumo artista en el arte oratoria, sin embargo, la vida le derrotó con la muerte de su mujer y dos de sus hijos. Sea esta humilde conferencia homenaje a aquel niño de la familia de los Fabios, cuyo nomen ya resuena en la monarquía romana, que corroteó por aquellos campos de berones, várdulos, vascones y pelendones, y que sin duda aprendió aquí esos garabatos fenicios a los que los griegos por primera vez dieron valor fonético, añadieron las vocales con garabatos sobrantes y que a través de la versión calcídica llegaron al Latium, en donde produjeron el alfabeto de la inmoribunda civilización romana, con el que Quintiliano nos entregó, parafraseando a Tucídides un “ktêma eis aeì”, esto es, “una adquisición para la posteridad”.