Perennidad de la Barcino Romana

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La organización ciudadana de Barcelona empieza precisamente con la Barcino romana, dechado de la organización política de Aragón en el Bajo Medievo y, por ende, de España. Muy pocos testimonios tenemos antes de la fase romana, apenas dos topónimos prelatinos: uno, para la ciudad, Bar-ke-no, y otro, preferentemente para los habitantes de ella y su comarca, l-a-i-e-s-ke-n, términos que los historiadores romanos latinizaron como Barcini y Laietani, respectivamente. Ya el poeta Avieno, en su Ora marítima, relaciona Barcelona con la “punica Barcino”, y de esta expresión se sacó una conclusión excesivamente extendida: su origen cartaginés e incluso su fundación por el propio jefe de la dinastía militarista de los Bárcidas, el gran Amílcar. Sin embargo, tropieza esta hipótesis con un hecho histórico incuestionable: las monedas con epígrafe “barkeno” se datan en el siglo IV, uno antes de que Amílcar pudiera fundar y dar su nombre a la ciudad que las acuñaba. Esta feliz hipótesis se desmoronaría, aunque la “leyenda” de ciudad púnica emprendedora y rica late sin duda en los citados versos de Avieno: “Barcilonum…ditium” ( de las ricas Barcelonas ).

La Barcelona romana no fue un “municipium” – como lo fueron, por ejemplo, Granada o Mahón -, sino una “colonia”. No hace falta ponderar aquí que, desde el punto de vista administrativo, las “coloniae” eran más importantes, por más romanas en sí mismas, que los “municipia”. Así, mientras una colonia supone un asentamiento de ciudadanos romanos, un municipio es siempre más dependiente respecto a la metrópoli que ha tenido a bien promover un antiguo asentamiento pre-romano a municipium. Es patente el estigma de inferioridad que tenían los municipios respecto a las colonias, como la de Barcelona. Las colonias son réplicas o clones de la urbs romana por antonomasia, Roma. Pequeñas Romas que imitan a Roma hasta en el número de colinas. Además, de entre las algo más de 400 personas mencionadas en las inscripciones barcinonenses, el número de las que llevan onomástica hispánica prerromana es francamente reducido: no llega al 10%.

Según indican los títulos de la colonia – bien los cuatro, bien con exclusión de Faventia, bien sólo los de Iulia y Augusta-, su establecimiento como tal es obra de Augusto, sea o no confirmando una primera concesión de su padre adoptivo Julio César. En efecto, entre los nombres barcinonenses, el predominio de Iulius es absoluto (40 ciudadanos), incluso por encima del de Pedanius, tan característico, que mereció ser llamado “llinatge barceloní” por don Agustín Durán y Sampere (27), y casi el doble del más abundante en general en la antroponimia latina, Valerius (21), y del que lo resulta ser en conjunto en Hispania, Cornelius (21).

Las colonias romanas representaban un paralelismo del gobierno de Roma; con una asamblea – senatus u ordo -, una diarquía (duoviri) que calca la de los cónsules – frente al poder ejecutivo supremo en los municipio, que no era dual, sino tetrárquico (quattuorviri)-: e incluso una correspondencia de los censores en los duoviri quinquennales.

El ordo decurionum de colonias y municipios tuvo una condición parecida a la de ordo senatorius, es decir, una combinación de hereditarismo y plutocracia, por la que, una vez clarificados, los romanos en las ordines senatorial y ecuestre, respectivamente, según los respectivos topes mínimos de 1.000.000 y 400.000 sestercios del censo, se transmitían hereditariamente esta pertenencia a tales clases.

Cabe apuntar que el cursus honorum o carrera política de los ciudadanos romanos de Barcino era bastante sencillo: no se mencionan sino dos casos, a saber: el de duunviro, y el de edil. Relacionados con estos cargos políticos están los religiosos del culto imperial a nivel local. Son los decuriones los que pueden conceder los honores de flamen o sacerdote de este culto. Y es lógico: se trata de una religión que, en su dimensión de imperio, es típicamente estatal; por tanto, en su dimensión de colonia, en virtud del fundamental paralelismo constitucional, puede funcionar en dependencia de la política local. Nada tan típico de la religión imperial como los “collegia” de séviros augustales, constituidos generalmente por libertos enriquecidos y de grandísima influencia. 21 séviros están documentados epigráficamente en Barcino.

Pues bien, entre aquella colonia y el actual municipio barcelonés ha habido una solución de continuidad. Se puede suponer tranquilamente que los apellidos actuales Nadal o Sadurní continúan en línea directa de los Natalis y Saturninus que leemos en diferentes epígrafes barceloneses. El pre-renacentista Jaime I el Conquistador estableció un consell de 100 miembros, reviviscencia sin duda del número de decuriones de la colonia romana. Explicarían esta realidad la evidente romanidad del juridicismo catalán. La ausencia de modelos políticos de organización autóctona con un prestigio histórico hizo que Barcino fuese la base de la organización política del primer renacimiento. El Salón de los Ciento en el Ayuntamiento de Barcelona, levantado en la mitad del siglo XIV por el gran maestro Pere Llobet, nos indica cómo todavía la inmarcesible herencia política de Roma late en esta soberbia estancia. Lástima, sin embrago, que el número de corporativos que configuran el Ayuntamiento de Barcelona no tenga esta cantidad. La Ley Orgánica de Régimen Electoral General lo hace imposible, porque está más lejos de Roma que la realidad viva de España. Barcelona romana colaboró como pocas en la construcción de un Estado inicial de Hispania. “De todas las tierras existentes desde el Occidente hasta la India, tú eres, España, piadosa y madre siempre feliz de príncipes y de pueblos, la más hermosa. Con razón tú eres ahora la reina de todas las provincias, de ti no sólo el ocaso sino también el Oriente reciben tu fulgor” (San Isidoro de Sevilla).

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