La ruda carcajada de Cervantes

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A lo largo de toda la amplísima obra de Rubén Darío son constantes las referencias a Miguel de Cervantes. Y dado que este año se cumple tanto el primer centenario de la muerte del inmenso vate nicaragüense como el cuarto de la de nuestro mejor escritor, justo es comentar en estas páginas las citadas referencias, al menos las más soberbias literariamente hablando. Ya un erubescente Rubén escribía, mientras veía el balanceo de las caderas de mulatas bayaderas, lo siguiente: “Vedle aquí: ¿Quién es aquel/ pobre manco desvalido,/ de todos desconocido/ pero a su patria tan fiel?/ ¿Quién es?-digo-¿Quién es él?/ Y dicen ecos vibrantes/ de mil pechos arrogantes,/ respondiendo con agrado:/ es el libro disfrazado/ de Don Miguel de Cervantes.” Sólo los libros disfrazados, como libros corsarios transgresores, sin camándulas fariseas, crean literatura. Lo demás son páginas de espinazos encorvados. Rubén tenía veintitrés años. Otro día en que el boscaje aullaba y lanzaban alaridos las riberas, escribió de antuvión el poeta: “Lo juro por Durandarte”. Pero es en el largo poema dedicado al gran escritor ecuatoriano Juan Montalvo, autor de exquisitos libros entre los que destaca Capítulos que se le olvidaron a Cervantes, en el que Rubén desarrolla más la humanista figura de Cervantes: “El Genio Manco, admiración del mundo,/ risueño Atlante con el pecho herido,/ carga sobre sus hombros mole inmensa/ que por mucho que es grande no le agobia”. El poema coloca en el Cielo a Cervantes junto a otros “escogidos inmortales”. Es aquí donde casi crípticamente se dice: “Vuelve a sonar y conmover el mundo/ la ruda carcajada de Cervantes”. ¿Porqué ruda carcajada? Porque no podemos olvidar que Don Miguel es también el autor que creó al aparente majagranzas de Sancho Panza: “porque tú sabes bien que ese bellaco/ se ahoga en una brutal sabiduría”. Cervantes no sólo es para Rubén el mejor escritor europeo, sino el mejor pensador – o filósofo – europeo en filosofía moral de la Edad Moderna. En realidad, un filósofo de acción que le acerca a un político-filósofo. De ahí el entusiasmo que le producía al fascista Ramiro Ledesma Ramos Don Quijote como hombre de acción, y que tan bellamente expresa en su libro sobre El Quijote, Don Quijote en nuestro tiempo, y que tanto gustó a María Zambrano.


En su magnífico y “romano” poema “El Porvenir”, Darío pone a Cervantes entre Voltaire, Shakespeare y Dante, como mensajeros del Más Allá, mensajeros de un Dios amable que tanto recuerda al de Leibniz.


Con motivo de la muerte del genial francés Víctor Hugo, Rubén Darío escribe un extenso y dúlcido poema en alejandrinos, titulado “Víctor Hugo y la Tumba”, en que describe la tristeza y orfandad de un mundo, sobre todo de los más débiles del mundo, sin Hugo. Y entre los nobles habitantes del Cielo, Cervantes le invita a sentarse con él, Ésquilo, Homero, Dante, Juvenal y Rabelais. “Llena con tu alma inmensa el abismo profundo./ No te duela ese llanto; no te cures del mundo:/ quien ha de sucederte será enviado por Dios.”


En el poema “Alí”, pequeño cuento bizantino de sangre y pasión, totalmente cervantino, dedicado al Doctor Jerónimo Ramírez, Rubén reconoce que, lo mismo que Théophile Gautier, trabaja bajos los efectos inspiradores del haschisch, cuando el viejo Cervantes del Persiles trabajaba bajo los efectos mágicos y más cristianos del vino.


Como Cervantes alumbró la prosa castellana, Rubén Darío hace posible la mejor poesía española del siglo XX. Hasta lo mejor de Antonio Machado es un desarrollo genial de los Abrojos de Rubén. Su españolismo universal, “paradójicamente”, lleva a Rubén a comparar el valor patriótico y capacidad de sufrimiento del capitán Prat en la naumaquia de Iquique con el de nuestro Cervantes en Lepanto. “Aduna a sangre y nervios españoles/ la médula de león del araucano”.


Cervantes eleva siempre la humanidad del hombre - ¡Oh, sed de ideal! -, por eso Rubén, ya en las formidables Prosas Profanas, al hablar de la belleza de una mendiga gitana, nos dirá: “Era bello su rostro, era un rostro tan bello/ como el de las gitanas de Don Miguel de Cervantes”. El Soneto a Cervantes en Cantos de Vida y Esperanza escenifica con sinceridad absoluta la cercanía continuada, casi hipostática, entre Miguel de Cervantes y Rubén Darío: “Pero Cervantes/ es buen amigo. Endulza mis instantes/ ásperos, y reposa mi cabeza.” “Las Letanías de Don Quijote”, en el mismo libro, representa el himno de las innatas ansias de bien del hombre original, invencibles e indesmayables eternamente. Y otro dato importante, el inmenso vate nicaragüense quiere a sacar a Cervantes “de horribles blasfemias de las Academias”. 

Esas mismas instituciones que protagonizarán el Cuarto Centenario de la muerte de nuestro mejor escritor y de nuestro más grande español. 

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