Gentleman y caballero

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Aunque se suele traducir el honroso vocablo inglés “gentleman” por “caballero”, esta traducción no acierta en relación a todo el campo semántico e historia etimológica que encierra esta linda palabra inglesa. El eje diacrónico o histórico de los significados en muy pocas ocasiones podemos reflejar en la traducción, desde luego. Así, nuestro “caballero” no puede soslayar la antipática referencia histórica a clase social, con toda su remembranza romana, el “ordo equitum”. Por el contrario, un gentleman no apunta a una clase social sino a una forma moral de estar en la vida, a una pose ética y mental, devenida y explicada sin duda de la historia nacional inglesa.


El gentleman mantiene siempre la coherencia de su propia moralidad. El gentleman es ante todo un ejemplo para sí mismo de ser siempre él mismo en las nobles aspiraciones de su ser. El gentleman es la expresión de una dignidad singular, de un amor propio y, quizás también, nacional. Obediente al mandamiento de Píndaro en sus Píticas, II, 131, “Apréndete y sé como eres”, sabe muy bien que todo es pesar para el que abandona el propio natural, y hace lo que no le cuadra.


Vivo ejemplo del gentleman inglés es, por ejemplo, el coronel preso con sus hombres en un campo de concentración de trabajo, en la magnífica película del “Puente sobre el Río Kwai”, de David Lean, que no cede jamás en su dignidad y en su coherencia moral. Con razón la reina de Inglaterra concedió el título de “sir” a Alec Guinness, ya que su interpretación del coronel Nicholson en esta película es el perfecto paradigma del gentleman inglés. Y es curioso que en el gentleman la dirección moral de la acción no tiene que ver con su coherencia moral y su dignidad roqueña, que esto último es lo relevante y definidor. Así, en El Paraíso Perdido, John Milton nos presenta a Satanás – a diferencia de los otros miserables y mezquinos Ángeles Caídos – como un perfecto gentleman, vencido para toda la eternidad, pero de espíritu indesmayable, paralelo incluso a Jesús, el gentleman más acabado, claro. Sísifo uno del eterno derrotado que no se rinde, Sísifo otro del perdón infinito, de la misericordia incondicional.


Es así que el concepto de gentleman nos lleva a una antropología de lo inglés, que se sustenta y explica en la vieja libertad de que goza el pueblo británico desde Alfredo el Grande, el pueblo de la Tierra que ha sido libre y digno durante más tiempo.


El gentleman, que nunca es fanático por sus ideas políticas, sí lo puede ser por sus buenos modales y decoro íntimo. De hecho, la única ideología fanática que nació en Inglaterra fue la de los “niveladores”, y ésta duró muy poco. Distinto a la ideología son los principios, que en el gentleman se sustancian en ideales de tipo moral que, en general, se acercan mucho a una mezcla se senequismo y cristianismo. Es el secular espíritu liberal de Inglaterra lo que trajo al gentleman, y siguen siendo los gentlemen la base de toda la libertad política. En donde no hay “gentlemen” no hay Democracia. Esto es una ley tan cierta como la de la Gravitación Universal.


Es así que toda Democracia se asienta sobre naciones integradas mayoritariamente por gentlemen y ladies. Donde no hay un rigor y un orgullo por la buena educación y por los modales amables y dignos no hay Democracia. Don Quijote de La Mancha sería nuestro gentleman español por antonomasia, y el hecho de que sirviese de ludibrio a lo largo de la gran obra maestra de Cervantes a otros españoles en bastantes ocasiones y aventuras nos está indicando que la educación liberal está lejos de nuestros lares, y que nuestra muy escasa experiencia histórica de libertad hace todavía muy difícil este gentlemanismo en ciernes. Y si no hemos ganado mucho en gentlemanismo en estos últimos cuarenta años, siguiendo ciegos el lendel marcado por la partidocracia, y dado el respeto tabernario con el que se tratan nuestros máximos dirigentes políticos, ello es un frustrante indicativo de que “nuestra democracia” debe mejorar mucho todavía, civilizando más a sus más activos protagonistas.


El gentleman vive sus principios y sus creencias en su propio comportamiento diario. Decía Lessing ( un alemán amigo de Inglaterra ) que quien no es capaz de decidirse de golpe y porrazo a vivir para sí mismo, una vez hechos carne en él los principios en los que cree, ése vivirá por siempre como esclavo de otros. Por eso el gentleman es el supremo dechado del hombre libre y, por tanto, un miembro de aquellos que como él sostienen la libertad. La libertad les diría a los gentlemen como a aquellos a quienes dice el evangelio de San Lucas: “Regnum meum intra vos est”.

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