Yihadismo versus Buenismo

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En estos días sombríos, en los que el horror se ha presentado una vez más de golpe en nuestras puertas, tras el espanto inicial y el universal sentido de la solidaridad que nos ha llevado a todos a sentirnos parisinos por momentos, cabe reflexionar sobre qué pasa ahora; qué respuesta merece tan atroz agresión.


Se ha firmado un rimbombante pacto anti-yihadista, que se han apresurado a firmar muchos partidos. En realidad se trata de la vieja idea de fortificarnos y responder ojo por ojo, corregida y aumentada. Incluso algunos utilizan alegremente palabras tales como exterminio, o se aferran al viejo axioma de 'terrorismo bueno el terrorista muerto'.


Entendemos ese tipo de respuesta emocional. Entendemos que la sangre de inocentes corriendo por las calles exige que sus autores paguen por tal monstruosidad.


Creemos también que la venganza que no es lo más efectivo ni lo mejor. Y de eso se trata ahora, de ser lo más efectivos en la confrontación con el yihadismo. Para eso Podemos estableció una propuesta de siete puntos, que pronto fue calificada por algunos de "buenismo", por otros de ocurrencias utópicas de simpleza extraordinaria, mientrasque otros directamente se atrevían a decir que "daban pena". Esas mismas personas, desde posiciones ideológicas conservadoras de toda la vida, tratan de identificar estas siete propuestas con inacción irresponsable y cómplice; una suerte de contemplación poética de un grave problema. No se puede confundir a la ciudadanía identificando no hacer con proponer no hacer lo de siempre.


Cualquiera que se acerque a esas propuestas y las desmenuce un poco comprenderá rápidamente que exigen de una profundidad y una complejidad de medidas de ardua y difícil ejecución. Una ejecución mucho más complicada que el simple y falsamente aséptico bombardeo de los bastiones del ISIS, que expertos como Javier Lesaca, citado en un estupendo artículo de Mikel Ayestarán en ABC, definen como sólo una pequeña parte de la compleja solución a tomar. Una de las cosas a hacer para debilitar a ISIS. Y no; no se trata de pedir diálogo o preguntarnos por qué no podemos llevarnos todos bien, como se preguntaba John Carlin en El País, en la misma línea de ataque a Podemos. Lo que ocurre es que no son cosas tan sencillas como manejar un mando a distancia desde un frío despacho. Son cosas como cortar su financiación o impedir su rearme, que conllevan consecuencias colaterales que Occidente quizá no este dispuesto a asumir. Y al hilo de esto, señalar que una de las muchas responsabilidades de nuestras sociedades en el desastroso resultado final en Oriente Medio no es culpabilizarlas: es simplemente reconocer errores que deben ser corregidos, conscientes de que son sólo parte del caldo de cultivo donde crece el fanatismo asesino, pero ni mucho menos el único ingrediente. Nada ocurre por una sola razón, si no por una conjunción de muchas de ellas. Tratar de ir restando muchas de ellas es sin duda el camino, tanto al otro lado del Mediterráneo como a éste, olvidando actitudes que se deslizan por el tobogán fácil de la generalización y la islamofobia. Necesitamos no sólo que los musulmanes asentados en Europa nos transmitan su repulsa hacia la monstruosidad que es ISIS, sino también transmitirles a ellos que estamos de su parte en este conflicto, apoyándoles aquí y sobre todo allí, defendiendo las posiciones moderadas y democráticas que asomaron en la Primavera Árabe.


En definitiva, otra solución es posible, del mismo modo que otra economía es posible y otra manera de hacer política es posible. Sólo es cuestión de perseverar en precisamente aquello que nos quieren arrebatar los fanáticos fundamentalistas del ISIS: el transcurrir cotidiano de la vida en París -como ya nos han enseñado sus ciudadanos-, alejar el miedo de nuestras decisiones importantes, gritarles firmes y en pié que no nos van a infundir ese terror que desean; esa respuesta ignominiosa que justificaría sus propias ignominias, que Europa es firme y serena, y que toma sus decisiones de tal modo. 

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