​Raúl Carbonell: “Valdepeñas no ha pasado por mi vida alegremente; he estado implicado con la ciudad desde el primer día que llegué en 1973”

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Valenciano de nacimiento pero valdepeñero de corazón. Es como se siente el escritor Raúl Carbonell Sala, que recibirá la Medalla de las Letras ‘Juan Alcaide’ durante el acto institucional de las Fiestas del Vino. Un reconocimiento que viene a aplaudir una extensa trayectoria dedicada a la escritura a la que aún sigue dedicado en cuerpo y alma. Además, el 1 de septiembre presentará su último libro de poemas, ‘Himno a la Inmortalidad’ durante el acto de homenaje que le rendirán desde el Grupo A7 en el Museo del Vino. De todo ello hablamos con él en esta entrevista.


¿Qué significa para usted recibir este reconocimiento?


Significa recibir una de las cosas más importantes de mi vida. Porque Valdepeñas no ha pasado por mi vida alegremente, ni de paso, ni como una página de mi vida, sino todo lo contrario. Yo he estado implicado con Valdepeñas desde el primer día que llegué y lo hice en el invierno-primavera de 1973. De modo que para mí significa que mi pueblo me reconoce un esfuerzo grande porque escribir es muy ingrato, como ya sabemos todos, y no voy a repetirlo porque creo que los autores cansamos mucho al público diciendo lo difícil que es salir adelante con esto de los libros y los poemas. Pero significa la vida entera. Muy agradecido a la ciudad de Valdepeñas por todo lo que me ha ofrecido y me ha dado de una manera vivencial cuando he estado ahí, sino que además se ve que el tiempo ha hecho que también me tocaba esto así que estoy agradecido de la vida.


¿Es algo que se esperaba?


Pues no porque esto de haber nacido en un lugar con los autores impone mucho. Cerca de veinte años de mi vida literaria siempre me decían ‘el poeta manchego Raúl Carbonell, o manchego-valenciano o valenciano manchego Raúl Carbonell’. Yo estaba acostumbrado a que mi patria fuera doble y mi reconocimiento como persona y enclavado en un movimiento y en un contexto de tiempo estuviera cruzado de los dos lugares porque al fin y al cabo solamente nos separa una línea en Almansa, o sea, que tampoco estamos tan lejos. Pero eso de ser poeta valenciano-manchego o manchego-valenciano es algo a lo que yo estaba acostumbrado. Pero yo cuando he visto que otros recibían este reconocimiento no había pensado que me lo podían dar a mí. No es una falsa humildad, lo cierto es que no se me había ocurrido que a mí me podía pasar esto.


¿A quién se lo dedicará?


Evidentemente, tengo una reciente desaparición de mi hijo mayor y le tendré muy presente en la memoria.


Esta medalla es el reconocimiento a su trayectoria como autor. Si echara la vista atrás, ¿cómo valoraría esa trayectoria?


Cuando uno empieza a escribir, uno no piensa en trayectorias. Esto es muy alucinante y muy absorbente. Y uno se va metiendo en los mundos de los personajes, en la observación de la vida, de la naturaleza, de la gran miseria humana y de la gran fortaleza humana, y cuando uno está en todo eso, quizás en lo que menos piensa es en una trayectoria. Sí he tenido siempre claro que la honestidad humana debería estar presente en mi vida siempre. Creo que eso lo he cumplido y si es así, desde luego, me puedo dar por satisfecho. Siempre he tenido muy claro que la honestidad y la humildad ciertas, aquella que te induce a pedir perdón cuando lo has hecho mal y a no tener miedo a pedir perdón es la que te va llevando a toda tu creación. Es verdad que he sido un autor raro, es decir, que cuando he contado una historia en una novela no me he detenido en el faroleo, o en la parte exterior del asunto que estaba tratando. He entrado hasta el fondo y he buscado las grandes ocultaciones de los personajes que no quieren ser pillados haciendo cosas extrañas. Entonces, a mí me ha divertido mucho escribir siempre. Sigo a mis 68 años sin saber hacer otra cosa. Pero no me he planteado nunca mi trayectoria. Sí tengo claro que un hombre honesto, sea autor o conductor de camiones, es un hombre honesto y admirable siempre. No sé si soy admirable pero sí he querido ser honesto.


Y de todos los poemas y obras que ha escrito, ¿con cuál se quedaría?


Son muy significativas. Ahora se va a presentar el día 1 de septiembre cuando me hagan el homenaje de las Bodegas A7 en el Museo del Vino vamos a presentar un libro que se llama ‘Himno a la inmortalidad’. Es que yo siempre he tenido claro que iba a morir en Valdepeñas. Estaba tan a gusto, me sentía tan de la tierra, que tenía claro que me quedaba ahí. Así que me quedaría con aquellas obras que se refieren a mi amor por Valdepeñas. Tengo libros que me han ido muy bien como ‘Viaje al océano’, donde lo escribo la mitad en Valdepeñas y la mitad en la playa de Tabernes de Vallvigna, donde mi hermano, también desaparecido, era uno de los sacerdotes de la parroquia de San Pedro. Es que Valdepeñas siempre la tengo presente en todos los actos de mi vida. Entonces, esos versos hay muchísimos poemas que tienen a Valdepeñas como fondo, como melancolía, como deseo de retornar, porque luego me casé, tuve dos hijos y no era fácil volver, si no algún fin de semana. Pero he tenido un contacto con Valdepeñas muy grande, ya que tengo amigos allí con los que he salido a comer, de tapas, en tabernas,… En fin, todos los poemas que están en torno a lo que hay en Valdepeñas para mí son fundamentales.


Con ese ‘Himno a la Inmortalidad’ que se presenta el 1 de septiembre, ¿qué has querido transmitir?


En este libro me planteé la gran trascendencia. Hay una trascendencia del hombre ante la vida. Parece que la vida es algo ligero, que pasa como una pluma, pero la vida no es eso. También es eso, pero no es eso fundamentalmente. La vida son los dolores, el sacrificio, la verdad del mundo, aquello que Dios te plantea como un reto, y hoy en día, en este siglo nuevo en el que estamos, hablar de Dios parece que es una cosa extraña. Pero no es tan extraño. Todo eso forma parte de la trascendencia del hombre en el mundo y fundamentalmente siempre entendí que si Dios me había dado un don que es el literario o la habilidad para escribir, yo tenía el deber de desarrollar ese don y de dedicarlo a su grandeza. Así que la trascendencia del autor la considero relacionada con dos personajes fundamentales, o bien con el diablo, o bien con Dios. Hay autores que se relacionaron directamente con el diablo. Hay uno francés concretamente que no tiene nada que ver conmigo. Pero luego hay muchísimos autores en todos los países que tienen a Dios como fin en todos sus actos, como fin de la entrega y del don que han recibido. Y yo estoy con la devolución a Dios de ese don y eso es lo que destaco en el Himno a la Inmortalidad. La inmortalidad no es otra que atravesar la frontera entre este mundo y el próximo y encontrar que aquello con lo que hemos sido distinguidos en este mundo cuando vamos allí lo hemos evolucionado, lo hemos desarrollado, lo hemos hecho infinitamente imprescindible para los demás y además nos hemos hecho a nosotros mejores.


¿Cómo definiría su poesía?


Yo soy un neorromántico. Decía don Juan Ramón Jiménez que el romanticismo nunca desaparecería de la poesía española. Él consiguió que desapareciera. Pasó de ser un autor del 98 a ser un autor de otro tipo al llegar aquí otros autores como Rubén Darío. Y luego cambió el estilo que le había impresionado tanto en Rubén Darío por el estilo de Rabindranath Tagore. Ha recorrido tres o cuatro autores que son fundamentales en la literatura internacional. El romanticismo se colgó en nuestras almas y creo que no hemos sido capaces de quitárnoslo en castellano nadie o casi nadie. Hay autores como César Vallejo que probablemente rompe con ello. Pero los autores españoles nunca nos hemos desprendido de esta emoción intensa, esta tentación furtiva en la que provoca la palabra, los sentimientos, y a su vez los proyecta en los demás y los demás se quedan en muchos casos boquiabiertos o prendidos en esa emoción. Por lo tanto, tenemos romanticismo todavía para tiempo porque no hay que olvidar que el romanticismo entra en España cuando ya no se estilaba en Europa, luego aquí entró para quedarse y sigue aquí.



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