Lo que tú y yo sabemos

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251118 VA COLE LUIS PALACIOS


Para José Martínez Cañaveras, tras treinta y tres años dando lo mejor de sí a los niños extraordinarios del CEIP Luis Palacios


Dórmite fiu del alma

que vela tu sueñu,

palomina de blanco

que nun tien aleru.

Agora non, mio neñu,

agora non…


A veces, la luna mata el esfuerzo del candil, pero también hay albores que tiñen los ojos de los marineros cuando llega el momento del adiós. No es tu caso, porque sé que esa luna –plateada y huidiza-- ha ayudado a tu candil a iluminar las letras y que los dedos en las sombras las han ido agrupando hasta dar con la clave de sus significados.


Pronto llegarán de nuevo los inviernos y las noches traerán veladuras de pena y los días cortos no acertarán a levantar la boria (si hay boria tres días seguidos al cuarto se empapa el ejido) y esperarás escribiendo proyectos para cuando se soleen los caminos. Siempre ha sido así. Mira a los lejos, porque los lejores te andan ya contemplando. Atrás van a quedar los océanos como sementeras azules y verdes que seguirán saludando el paso de todas las brisas. Se amasarán los días para que emulsionen las semanas y así se mantendrán las historias impregnadas de nostalgias…


Nunca fue necesario arriar rencores contigo, ni siquiera cuando el alma se enturbió por los sentimientos y los ojos brillaron enganchados a las lágrimas y a los intensos olores de los tomillos y las mejoranas.


Es verdad, José, ella se detuvo y te envió su último aliento, mientras sus besos se iban apagando. No, no fue el mejor de los momentos, pero cuando el mar apareció en el fondo de sus ojos, supiste escuchar el temblor de la escalera a su paso y como los trigales de su tierra se dejaron acunar por el viento.


Y te llenaste de su vida, porque aún quedaban voces que traían nuevas risas y nuevas canciones y como, había que arar corazones y cosechar nuevas sonrisas, al alba, estabas de nuevo dispuesto.


Se oyen chascar las matas y los mimbres cuando alguien nos recuerda que el mar es de agua y hierve el aula de latidos nuevos.


Allí, entre los bolillos de los encajes, siempre has estado, para encauzar las primaveras que susurraban nuevos atardeceres ¿Has envejecido? No lo sé y no es fácil contestar a esa pregunta. Los hilos de las leyendas los sigues construyendo, los retratos de los caballeros se confunden entre lo antiguo y lo nuevo y los romances aún se rellenan de murmullos ingenuos.


Así han llegado hasta mí los siete infantes que se casaron con siete damas que tuvieron siete hijos y participaron en siete guerras y en siete paces…


Y, ante aquello, mis palabras se desmoronaban como moldes de arena y todo se llenaba de incertidumbres que para ti siempre fueron ciertas. Has vivido atado a la ternura, a los anhelos, a las esperanzas y las desesperanzas de los gestos; desplegado bondades y dichas, como si te sobraran o porque no sabías vivir con ellas


Y aquí han estado y están, ahora, todos esos caballeros y esas damiselas, cruzando estas llanuras manchegas que nos han visto nacer, sentados a la puerta de tu honestidad, con sus voces ancladas a ti, queriendo ser encinas centenarias para recordarte siempre.


¡Silencio! ¡Oíd cómo los gatos maúllan por los aleros de los tejados y se besan los gorriones en sus nidos! ¡Escuchad cómo se asustan los besos cuando la luna los despierta y poneos en pie, alzad vuestra copa de vino y brindad, hoy se marcha un gran maestro, hoy se nos va un hombre bueno!


Tomás Megía