miércoles, 8 de febrero de 2023, 11:26

Concierto 80 aniversario de la agrupación coral Maestro Ibáñez

|


5b1c8fbb c7b1 48bb b5d5 4f71a7d3bcbc



He estado tres días maldurmiendo; a veces, me puedes pero, al final… Lo sé, Inés, tenías tus celos y te hubiera gustado que fueran tus manos las que dirigieran el concierto del 80 Aniversario de “tu Coral” pero… ¿Es que acaso Él no te ha asignado ya un coro allí arriba?


Todo salió bien, Inesita. Hemos trabajado todos al unísono porque sabíamos que tú andarías preparada y ayudándonos desde ahí.


El jueves 3, Juan y yo fuimos por segunda vez a Argamasilla de Calatrava; habíamos estado unas semanas antes a encargarle a Ángel y Gracia, las placas que íbamos a dar en “los reconocimientos”. Era lo único que faltaba, ya estaban los pin’s que luciríamos en nuestras solapas, los tarjetones de recuerdo con la reproducción del cartel y las canciones que cantaríamos y, los detalles que queríamos tener con Mari José y los demás integrantes del coro.


Los ensayos de los últimos días ya eran espectaculares. Tu coro sonaba a tu coro, Carmelo ha sabido ensamblarlo.


En la mañana del sábado, a las once, tuvimos un ensayo general y estuvimos colocando todas las cosas para la tarde. Era el gran momento: el primer concierto “sin ti y contigo”.


Llegamos a las siete, calentamos la voz y Antonio nos hizo la foto oficial. Abrieron las puertas a las siete y media; Mari Carmen Rodero y yo nos fuimos al pasillo a dar las buenas tardes a la gente que “hacía cola” (hasta alguna bronca nos llevamos por la tardanza en la apertura y de la que no teníamos culpa). Recibimos a Jesús, el alcalde, a Vanesa y a Paqui, a Javier –tu Javier al que tanto has querido—y a las ocho de la tarde, todo estaba en su punto.


El escenario estaba cerrado. Fuera estaba un piano, el atril de los presentadores –Mari Carmen Maroto y Alfredo Moro—y tres caballetes vacíos con una tela recubriéndolos.


Se apagaron las luces y todo quedó en silencio. Carmelo se fue al piano y comenzó a tocar y, a la vez, un audiovisual con tus fotos iba desgranando momentos de tu vida. Cuando entré en la caja del escenario me sorprendí de no ver a ninguno de mis compañeros; sólo fue una confusión momentánea. Detrás del escenario estaban todos, se podía palpar la emoción y el respeto mientras las fotografías proyectadas se iban sucediendo. Yo, como muchos, estaba roto, deshecho. Ya sabes que hubo lágrimas allí detrás y entre el público hasta que la proyección terminó.


Después, Antonio López salió con la foto de “tu papa” y la colocó en uno de los caballetes vacíos –él era el creador de la coral en 1942--; luego, Beni Moya salió con la tuya –Juan eligió la foto que tanto le gustaba a Rafael—y terminó Ana Caparros con la primera foto de la Coral, la de 1942, era nuestra forma de rendir tributo a “todos los que se fueron y nos hicieron grandes”. Un ramo de flores, que al día siguiente llevamos a vuestra tumba, os puso Sara a modo de homenaje.


Y salieron Alfredo y Mari Carmen para presentarnos y hacer una breve semblanza de la historia de la coral y de “los locos” que la hicieron posible: tu papá y tú.


Salimos a escena sesenta y siete personas. El Área de Cultura del Ayuntamiento y los operarios del auditorio habían preparado cuatro gradas para que pudiéramos colocarnos todos.


Comenzó el primer bloque musical del recital, música popular, con Teófilo González al piano, sus manos fueron las encargadas de interpretar, en primer lugar la “Barcarola” de “Los cuentos de Hoffman” de Jacques Offenbach e introducir las voces de todos nosotros. Después, esa canción --que tanto trabajo nos dio montarla en su día—del siglo XVI, de Juan Vásquez, y que se ha perpetuado, y que se llama “De los álamos” para continuar con una canción que ganó el Festival de San Remo en 1961 y que se titula “Al di la” --“Más allá—y que cantaba Betty Curtis (quiero acordarme que te la trajo Miguel Ángel y que te enamoró desde el primer momento) y terminamos, con una clásica en nuestras voces, “A mi manera” de Claude François y Jacques Reveaux. Teo, simplemente espectacular, mientras sus manos acariciaban las teclas y el público con sus aplausos sencillamente enormes.


Ocho reconocimientos, uno por cada década transcurrido a aquellos a los que hemos llegado a tiempo de poder darles las gracias.


Y llegamos a los primeros. Todos los demás “reconocidos” lo sabían, pero ellos no.


Llamaron a Teo, nuestro pianista, y Gloria Jiménez fue la encargada de entregarle su placa de recuerdo; luego, Sara Ibáñez, nuestra otra pianista, también fue sorprendida con una nueva placa y nuestra compañera Maritina en el encargo de dársela.


El segundo bloque era de música religiosa y la encargada del piano fue Sara Ibáñez, tu Sara: “Gabriel’s oboe” de la película “La Misión” y música de Ennio Morricone; “Lacrymosa” de la “Misa de Requiem en re menor, K 626” de Wolfgang Amadeus Mozart –simplemente maravillosa--; “S’nami bog” de Pavel Tchesnokv y acabar con “La saeta” de Antonio Machado –ese poeta andaluz—y del cantautor Joan Manuel Serrat –Paco López, como siempre, cantó su parte muy bien y Ambrosio recitó con acierto y hermosa entonación las palabras del poeta sevillano: “Dijo una voz popular…”--. Muchos, muchos y más aplausos recibimos en este segundo bloque y me preguntaba: “¿Qué tiene esta saeta que tanto se ha colado en la gente y que tanto les entusiasma?”


Y llegaron el tercer y cuarto reconocimiento; el primero para el Convento de los Padres Trinitarios, siempre abiertos a prestarnos su iglesia para nuestros conciertos, y que les entregó Visi Coronado, y a la Iglesia de Nuestra Señora de la Asunción, por idéntico motivo, y que les dio María Eugenia Moya.


El tercer bloque de canciones estaba dedicado a las “habaneras”: “La paloma” de Sebastián Iradier fue la primera y se cantó “a capella”; luego, retornó al piano Teófilo para deleitarnos en “La reina del placer”, recogida por Xavier Montsalvatge y armonizada por Alain Langrée, la canción anónima “De colores” y concluir con la “Habanera de Don Gil de Alcalá” de Manuel Penella, que cantaron Patricia Rodríguez y María José Martín --las dos lo hicieron de forma admirable y maravillosa--.


Nuestro compañero, Pepe del Fresno, entrego su placa de reconocimiento a José Javier Pérez Avilés, por los servicios que nos ha prestado como Director de los Servicios Culturales del Ayuntamiento y, Gregorio Rodado, hizo lo propio con Cipriano Aramendía, arreglista y armonizador de muchas de las canciones que hemos cantado.


Y llegamos a cuarto bloque. Todos recordamos secretamente como nos engañabas en el instituto para que no saliéramos al recreo y esa media hora la dedicáramos a la música; nos llamabas, nos probabas la voz y nos prometías una magnífica actuación cantando zarzuelas en el Cine Parque. Elegimos tres de las que más te gustaban para el piano de Sara: “Coro de románticos” de “Doña Francisquita” de Amadeo Vives –tu papá fue su primer violinista en el Teatro Apolo de Madrid, cuando Madrid bullía de zarzuela--; “La canción del sembrador” de “La rosa del azafrán” de Jacinto Guerrero –cantada magistralmente por Raúl Pérez—y “La gran jota” de “La Dolores” de Tomás Bretón, con Bibiano Jiménez, Juan Hernanz y Ambrosio Hurtado haciendo sus “solos”.


Era el final del concierto, pero no nos queríamos ir. Llamamos a nuestros hermanos de la Banda de tu papá, la Agrupación Musical “Maestro Ibáñez”, y les dimos un reconocimiento y un abrazo fraterno desde las manos de Pepe Sánchez-Barba y, por último, Paco López, le hizo entrega de su placa al Excmo. Ayuntamiento de Valdepeñas en manos de su alcalde, Jesús Martín, que nos anunció lugar y día, más o menos de la ubicación de la estatua del Maestro Ibáñez.


No, nos fuimos, era el cumpleaños de Carmelo, ese “loco” que ahora nos enamora con su forma de hacer música. Todos, a coro, como no podía ser de otra forma, le cantamos el “cumpleaños feliz”.


Después, aunque no estaba anunciado, le entregamos una placa de recuerdo a nuestro director –lo hicieron los presentadores en nuestro nombre y ya está esperando ser colgada en algún trozo de pared de nuestra sede-- y una reproducción del cartel anunciador de este 80 Aniversario a su autora, María José Martín, y a Aurora Díaz, como componente más veterana de la Coral.


Los dos “bises” fueron increíbles: “Va pensiero”, el coro de esclavos de la ópera “Nabucco” de Giuseppe Verdi –de la que Carmelo ha sabido sacar una interpretación magistral y digna de comparar con la de los mejores coros del mundo—y acabamos, tú sabes que no podía ser de otra forma, con “las seguidillas de tu papá”, ese “¡Ay que te quiero niña!”


Luego, llegaron los entresijos, las felicitaciones y hasta las lágrimas –Sara llevaba haciendo “de tripas corazón” todo el concierto y, al final, las emociones y los recuerdos también la pudieron, pero nada que no lograra calmar un buen abrazo--. Al día siguiente, esas flores que acompañaron vuestras fotografías fueron depositadas en vuestra tumba como “acción de gracias” por todo lo que nos disteis.


Estuviste, estuvisteis allí, con nosotros, dando con vuestra presencia celestial vuestra conformidad con lo que escuchamos e intentamos transmitir a ese público maravilloso que siempre nos ha acompañado. Podéis presumir de trabajo bien hecho, de locura llevada a término y de saber que aquí, todos os seguimos queriendo.


Gracias por tanto.