La feria

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INAUG FERIA 3




Cuatro niños en fila sentados en un bordillo, ordenados de mayor a menor, de izquierda a derecha, por casualidad. Sus cabezas se inclinan hacia el telón oscuro que es la noche sin estrellas. Pero pronto, tras el primer y solitario petardo volador, se convertirá en un escenario ocupado por un mosaico de formas y colores brillantes. Detrás de los chicos, de pie, sus padres permanecen atentos a las manecillas del reloj. Cambiará el día, cambiará el mes y, para todos, comenzará una jornada de celebración. Pasaron los gigantes y los cabezudos alegrando a los mayores e inquietando a los pequeños. A lo lejos ya gira la noria, oscila mareante el barco, brinca vigoroso el saltamontes, derrapa frenético el látigo, retuerce sus tentáculos el pulpo, corre ligero el dragón, el tren de la bruja penetra en su enigmático túnel… Allá en lo alto comenzó el espectáculo. Unos tienen los ojos abiertos como platos, otros se protegen los oídos con las manos. Mientras palmeras, bombas, culebrinas y ruedas colorean el cielo, los chavales fantasean con los nuevos juguetes y se imaginan en las atracciones en las que, a otro día, subirán. Hoy sólo toca ver “la traca”. De repente ¡PUM! -¡toma! ¡uno gordo!- y los que se tapaban las orejas cierran los ojos de puro susto. Ahora tratarán de acertar el color del siguiente cohete: ¡rojo! ¡verde! ¡no! ¡azul! ¡pues yo digo blanco! Entretanto, un liviano viento que muda julio en agosto propaga, tenues, los sonidos de la feria: la voz tombolera que anuncia ¡otro perrito piloto!, el tronar de la bocina de los coches de choque… tirorirorirorarí, la machacona canción de los toros salvajes: en una tribu apache… Al mismo tiempo transporta el aroma del algodón de azúcar, los perritos calientes, los churros... y por supuesto, como siempre, la ilusión de los más pequeños.