El Café Gijón: 129 años de historia

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Corría el año 1888 cuando el asturiano Gumersindo García, que había regresado a Madrid, después de enriquecerse en Cuba, abría “El Café de Gijón”(Paseo de Recoletos, 21), que es el último café literario de los muchos que había en la Villa y Corte, como: “El Suizo”-tenía un recinto para hombres y otra para mujeres-, “El Iberia”, “Negresco”, “Roma”, “Gato Negro”, “Castilla”, “Granja del Henar”, “Nacional”, “Varela”, “Riego”, “Lepanto”, “Lion”, “Europa”, entre otros, destacando de todos ellos el legendario “Café Pombo”, en el que Gómez de la Serna tenía su tertulia, que fue inmortalizada por los pinceles del genial Gutiérrez Solana.


En 1916, el conocido popularmente como “Gran Café de Gijón”, lo compró por 60.000 pesetas de la época, Benigno López, que era un peluquero de la vecina calle del Almirante, cuya familia fue propietaria hasta el año 1998, que lo adquirió el empresario Escamilla, actual dueño del citado local histórico y centenario, en el que han tenido tertulias componentes de cuatro generaciones literarias: 98-27-36 y 50. Entre sus primeros clientes, se pueden citar a José Canalejas, Santiago Ramón y Cajal, Benito Pérez Galdós, Julio Romero de Torres y Ramón María del Valle-Inclán, que iba más por el condumio, que por la tertulia, ya que por 4 pesetas, que valía el menú, se ponía hasta los botines de filetes, huevos y patatas, comida que era conocida como sota, caballo y rey.


Posteriormente, en esta catacumba de la cultura, en sus viejos y desvencijados divanes, han sentado sus posaderas: García Lorca, Ignacio Sánchez Mejías, Gerardo Diego, Dionisio Ridruejo, Gregorio Marañón, Severo Ochoa, Celia Gámez, Emilia Pardo Bazán, Eugenio D´ors, entre otros muchos grandes hombres y mujeres del mundo de la cultura, la medicina, el espectáculo…


Durante la Guerra Incivil española “El Gijón”, se convirtió en restaurante para jefes y oficiales del ejército republicano, pero los milicianos mataron en el Túnel de Atocha a 8 empleados del café y a Nicolás García, marido de la hija de la dueña, que era la viuda de Benigno López, lo que motivó, entre otras razones, que el café cerrara sus puertas. Tras ganar Franco el conflicto bélico, el citado local sirvió comidas a las huestes franquistas, pero el ambiente del café, en los primeros años de la posguerra era irrespirable, ya que en España solamente había miseria, pobreza y hambre. Además, la mayoría de sus clientes: escritores, pintores, poetas, músicos, periodistas, escultores, actores e intelectuales asiduos del emblemático café, habían sido fusilados, encarcelados o se habían exiliado a otros países, lo que convirtió al local en un lugar lúgubre, casi vacío, que era la sombra de su pasado esplendoroso.


Algunos años más tarde, resurgió de sus cenizas, cual ave fénix, gracias a los componentes del movimiento literario “Juventud Creadora”, editores de la revista “Gracilaso”, publicación que vio la luz entre 1943 y 1945, siendo sus fundadores: Jesús Juan Garcés, Jesús Revuelta, Pedro de Lorenzo, Miguel Pérez Ferrero, entre otros, como Camilo José Cela y José García Nieto, que comenzaron nuevamente con las tertulias literarias, mientras el pueblo llano hacía interminables colas con las famosas “Cartillas de Racionamiento” muy cerca de este coto de las letras, de esta universidad popular, que cobijó y sirvió café y bebidas espirituosas a las tres Españas, como las denominó el ilustre médico y escritor Gregorio Marañón.


Asimismo, tiempo después, regresaron al café antiguos y nuevos clientes : González Ruano, Gómez de la Serna, Luis García Berlanga, Enrique Aldecoa, Agustín de Foxá, García Pavón, Eladio Cabañero, Fernando Fernán Gómez, Paco Rabal, Manuel Aleixandre, Álvaro de Luna, Leopoldo de Luis, Luis López Anglada, Gabriel Celaya, Vitín Cortezo, José Hierro, Gloría Fuertes, Raúl del Pozo, Francisco Umbral, Antonio Gala, Buero Vallejo…, que cuando pasaba al café, el poeta maldito Carlos Oroza, decía: “Ahí entra don Antonio Buero Vallejo, que en paz descanse”. Otro de los fijos del local era Jardiel Poncela, escritor y dramaturgo, que tras pasar varias horas en el café, recogía sus bártulos y le decía al camarero: “Dime la cuenta, que me voy a la Gran Vía a ver culos”, pero quizás, el personaje que más llamaba la atención, en aquellos años, era José Zamora, más conocido como Pepíto Zamora, pintor, escritor y escenógrafo personalísimo, que iba todos los días al café, acompañado de su Jose, un efebo griego, nacido en Extremadura, que hacía suspirar de envidia a su íntimo amigo el Marqués de Hoyos y Vinet. P. Zamora, era un homosexual muy fino, exquisito, refinado y un poco afeminado, lo que ocasionó, en aquella España machista y homófona, que los clientes del café le pusieron de apodo: “El florero del Gijón”, ya que vestía ropas muy atrevidas para la época, algo que sorprendía mucho a aquella España en blanco y negro. También es muy buena la anécdota de Gómez de la Serna, que una noche, en la que estaba en el café, le espetó a un rico contertuliano al que le chuleaba las consumiciones: “El escritor es ese ser llamado a gastar todo el dinero que no ganará nunca”.


“El Gijón”, ya era muy conocido a principios del siglo XX, pero se fue haciendo famoso y prestigiando como café literario, poco a poco, año tras año, generación tras generación, y su nombradía llegó hasta el extranjero, lo que hizo, que fueran parroquianos personajes de la talla de Truman Capote, Orson Welles y su inseparable amigo Joseph Cotten, Greta Garbo, Ava Gardner…


Yo conocí “El Gijón, en los primeros años 70 del pasado siglo, cuando todavía tenía la puerta giratoria de entrada y existía la tertulia de los poetas, que presidía Gerardo Diego, que, curiosamente, no les dirigía la palabra al resto de los vates, que sí hablaban mucho entre ellos, la mayoría de las veces, despellejando vivos a otros poetas, como es muy normal en el gremio de la pluma. También funcionaba la tertulia de los actores, donde eran habituales Manuel Alexandre y Álvaro de Luna, entre otros menos conocidos, que eran clientes diarios. Allí, en ese ateneo cultural, conocí e intimé con el gran poeta tomellosero y mejor persona, Eladio Cabañero, junto al excelente novelista Francisco García Pavón, socarrón e irónico, como buen manchego, escritores con los que posteriormente tuve mucha correspondencia, especialmente con García Pavón, ya que Cabañero era poco dado a escribir cartas, dado que siempre tuvo problemas de visión y llevaba unas gafas, que, en La Mancha, se denominan de “Culo de Vaso”.


Una amplia selección de las misivas que Paco García Pavón me escribió, vieron la luz en el libro-catálogo de la exposición “Joaquín Brotóns: 25 años de vida-obra, 1977-2002”, que con motivo de mis bodas de plata con la literatura organizó y montó la concejalía de Cultura de Valdepeñas, mi ciudad natal; muestra, en la que de forma cronológica el público pudo contemplar: poemas míos inéditos y manuscritos, fotografías, primeras ediciones de mis libros, correspondencia con importantes escritores, ilustraciones de mis poemarios y antologías, libros dedicados por reputados autores, como: Hierro, García Baena, Nieva, Arrabal, García Montero, entre otros, junto a textos y críticas sobre mi obra poética escritos por José Hierro (Premio Cervantes), Pablo García Baena (Premio Príncipe de Asturias) y Luis Antonio de Villena (Premio de la Crítica), y una cronología y bibliografía realizada por Matías Barchino, uno de los mejores estudiosos de mi obra, catedrático y profesor en la Universidad de Castilla-La Mancha, en Ciudad Real, entre otros documentos que se exhibieron en el Centro Cultural “Cecilio Muñoz Fillól”, y cuyos comisarios de la exposición y edición del catálogo, fueron mis queridos y entrañables amigos el pintor Miguel Carmona Astillero y el arqueólogo y director de los servicios culturales de la Ciudad del Vino, José Javier Pérez Avilés. La portada de dicho libro-catálogo y algunos de sus textos, incluidos poemas míos inéditos o no incluidos en libros, los pueden ver y leer en mi página de Internet: www.joaquinbrotons.com.


Actualmente, el célebre “Gijón”, además de café, se ha convertido en restaurante, pero ya no es ni sombra de lo que fue, dado que viven del prestigio del pasado, ya que las tertulias han desaparecido y sus clientes suelen ser ejecutivos, empresarios y “guiris”, que llegan en autobuses completos a conocer esta reliquia de 129 años, que ha sufrido varias reformas, pero que sigue manteniendo su estética de viejo café ilustrado, conservando sus mesas de mármol negro, los divanes y sillas forradas de terciopelo rojo granate, y cuyas viejas paredes están cubiertas de obras: óleos, acuarelas, dibujos… de importantes pintores, que fueron clientes del emblemático local, donde los artistas bohemios, que vivían en buhardillas sin baño, iban por la mañana temprano con su toalla a asearse a los lavabos de dicho café, algo que pude ver muchas veces en los años 70, en los que Alfonso, “El Cerillero”, que estaba situado a la derecha, nada más entrar al café, vendía: cerillas, lotería, periódicos y tabaco, incluso prestaba dinero a algunos parroquianos: escritores, actores, pintores, poetas, que estaban sin un duro, ya que a el señor Alfonso le daban la lotería fiada y la pagaba cuando la vendía, lo que le permitía hacer esos pequeños prestamos. En el año 2004, tras su jubilación, le rindieron un entrañable homenaje sus amigos del “Gijón”, en el que le entregaron una placa, cuyo texto redactó su amigo el novelista y académico Arturo Pérez.Reverte, en la que dice: “Aquí vendió tabaco y vio pasar la vida Alfonso, cerillero y anarquista. Sus amigos del Gijón”; placa que, tras su muerte, se instaló en el lugar del Café donde tenía su pequeño negocio. Tampoco aparece ya por el Gijón, el bohemio auténtico y raro personaje: Ibarra, que siempre que algún conocido lo invitaba, decía: “La vida no tendría sentido si todo fuera hartazgo”.


En fin, estimados lectores, que si les apetece, vayan a conocer esta catedral de la cultura que bien merece la pena, pero sepan, que la mayoría de los camareros son antipáticos y los precios caros, ya que hay que pagar la leyenda de este local centenario y lleno de historia, en el que compartieron tertulia la crema y nata de la intelectualidad.


Por si les interesa, les indico algunos de los precios actuales: café solo, 4 euros; caña de cerveza, 6 euros; carajillo, 10 euros; copa de vino, 4,60 euros. Si van a almorzar, tienen un menú del día, que no está mal de precio y otro que denominan “Menú ejecutivo”, que cuesta 22 euros, pero el precio medio del menú a la carta, ronda los 40 euros, según elijan el menú y los vinos. La carta de vinos es generosa, pero los precios hinchados, como la mayoría de estas joyas centenarias, que se han convertido en museos, como El Café Gijón: 129 años de Historia.


www.joaquinbrotons.com