En recuerdo de Miguel Ángel Blanco

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Remembranza de una infamia asesina y totalitaria. Aquellos que se sienten poseedores de la verdad absoluta, que conocen como nadie la mecánica interna de la Historia, que sonríen con desprecio desde el Cielo de la Verdades supremas, pueden usar a los seres humanos, a la vida de los seres humanos como moneda de cambio, como simple instrumento de chantaje, como carnaza sin valor de terror, para alcanzar la gloria de una patria libre inexistente y falsa. 


¿De qué sirve la vida de un subhumano como Miguel Ángel Blanco, que se atreve a no creer las verdades reveladas del nacionalismo vasco radical? De nada, absolutamente de nada, salvo para chantajear al Gobierno de España y amedrentar al pueblo español. ETA eligió a este joven porque su captura no suponía ningún riesgo para sus secuestradores (¡hele, los redaños de los nacionalistas asesinos!), sin escolta, como un ciudadano más. Pudo haber sido cualquier otro afiliado del PP, pudo haber sido cualquier militante socialista, pudo haber sido cualquier español decente, normal, de los que no hacen de la política una religión de vida y muerte. Miguel Ángel Blanco estaba a mano, y su mirada limpia, azul ( nos la recuerdan los ojos de su hermana ), y sus gestos sencillos de trabajador virtuoso y optimista, le hacían ser un cordero perfecto para el sacrificio en los altos altares de la estridente infamia marxista-leninista-nacionalista. Han pasado veinte años. Y es bueno que los demócratas, aquellos que pensamos que la vida humana no tiene precio, que nadie puede quitar la vida a otro semejante, que toda política debe resistir el debate de la razones plurales, para probarse si es de oro o de hojalata, recordemos aquella fecha que como un alfiler nos sitúa en un fragmento de nuestra vida – en la playa, en la montaña, trabajando, en la iglesia, jugando con los hijos, y con el corazón en un puño, rezando por un inocente -, y ese recuerdo nos siga manteniendo unidos bajo los principios nobles de la libertad, del amor a la vida y a la inocencia. Aquel día todos los españoles estuvimos bajo la misma bandera, la bandera de los sentimientos nobles, como el de la pertenencia a un gran país habitado por gente buena, que sólo quiere vivir en paz y en libertad.