La virgen y la cruz, juntas en el cementerio para honrar a los que se fueron

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Dos cofradías para un mismo fin: honrar sus símbolos en el lugar donde a casi todos espera su última morada. La cofradía de la Virgen de Peñarroya mantuvo su costumbre de los últimos años, haciendo que la imagen peregrine por La Solana en la semana de exaltación. Esta vez eligió el cementerio municipal, y no por capricho. Atiende al mandato del Papa, que ha pedido rorar por los difuntos en el Año de la Misericordia. Y como era el Día de la Cruz, la hermandad de la Santa Vera Cruz y Virgen de la Esperanza acompañó a la Patrona con el emblema por excelencia de la Cristiandad, extraído del paso de Jesús y el Cirineo, que desfila cada Jueves Santo.

La Patrona y la Cruz salieron en procesión camino del camposanto, acompañadas por las juntas directivas de ambas hermandades, el capitán de la virgen y numerosos fieles, que se fueron incorporando a medida que avanzaba el desfile en una tarde ventosa, pero soleada y de agradable temperatura. En el trayecto se pudieron ver varios altares que habían sido instalados por la vecindad.

El cochecillo de la virgen se detuvo a las puertas del cementerio, delante de la reja de entrada. Al lado se colocó la cruz y en medio el altar para el oficio religioso. Enfrente se colocaron sillas, que poco a poco se fueron llenando de feligreses. Mientras se preparaba todo, mucha gente aprovechó para tocar el manto blanco de la Virgen de Peñarroya o hacerse selfies con sus teléfonos móviles.

La primera sorpresa llegó cuando se anunció que en el rosario previo a la eucaristía iban a participar las monjas dominicas de clausura. Alguno se preguntó si aparecerían por allí, pero no, sor Inmaculada Serrano, la priora del monasterio de San José, comenzó a hablar y después a orar vía telefónica, con la amplificación de la megafonía.

Tras el rosario llegó la misa de campaña, concelebrada por los párrocos de Santa Catalina, Benjamín Rey, y de San Juan Bautista de la Concepción, Jesús Navarro, recién aterrizado en el convento trinitario. Durante la homilía, Benjamín Rey habló de los límites de la vida y el significado cristiano de la muerte. Al término de la celebración, pronunció un responso de frente al camposanto. Después, el público pudo pasar por delante de la imagen y de la cruz antes de arrancar la procesión de regreso.  

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