Bagatelas del poniente

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Las lagartijas de los cementerios visitan por las tardes las tumbas y junto a los esqueletos dormitan siestas con sombra. Parecen sólo asustarse de los pies de los vivos aunque miran con respeto los cráneos venerables. La pluscuamperfecta imperturbabilidad de los muertos hacen de los cementerios museos “vacíos”, y aquí un sartenazo nada toreril y antiacadémico se perdona con la sonrisa sardónica de las calaveras. Deberían aprobarse normativas municipales para que las lagartijas no profanasen el descanso blanco de los muertos. Flores secas y mampostería desmoronándose con elegante vetustez. Oscuridad azul, caída suave de la noche, profunda noche azul que va llegando. No debería dormir aquí cuando llegue la noche con su frescor grato y siento vergüenza del miedo que tengo de no saber si podré abrir los portones dantescos del cementerio. Si se abre tan mal la puerta para entrar, será quizás más difícil abrirla para salir. Salir, ¿para qué? Terribilia mediatans. La sota de la fortuna sonreía de mi miedo. ¿Saltar las tapias de piedra musgosa? Hermosas rosas rojas. Hermosas margaritas blancas bienolientes. Cama de parto, cama de muerte. Omnis caro ad te veniet. Tierras de poniente. El poniente se encontrará a sí mismo un día. Las hermosas vacas mirandesas y charolesas, con esos ojos de diosas bellísimas, vuelven al valle despacio, pacíficas, con sencillez solemne. Las que más deprisa se dan en llegar a los establos son las lecheras, con sus ubres cargadas de icor nutritivo, del néctar de Ganimedes. Los mosquitos de los robles forman agobiantes enjambres asediantes que te siguen por miríadas, te circundan enérgicos alimentados por la melaza de las bujacas otoñales o bellotas de los robledales. Lastimosamente te impiden la visión paradisíaca de los montes esas nubes de diminutos puntitos danzantes que petimetres e insolentes, asendereadores, se te meten en los propios ojos, y te abortan el paseo fúnebre, y te hacen volver a las casas, cuando el campo vespertino parecía abrirse triunfal, tan prometedoramente hermoso. De repente, te encuentras con la muda de una serpiente escalar. Enorme. Larguísima. Como dos buenos pasos míos. Tendrá la cabeza como un carnero. La Administración la protege, y no a los gatos de los vecinos que come. En la noche violeta camino bajo un reino de insólitas estrellas. La vaca muge de placer. La serpiente escalar lame sus ricos pezones.


Te hundes en el sueño fresco y acogedor de la vieja casa familiar. La noche convierte en un dédalo ciego laberíntico las escaleras, los pasillos, las habitaciones. Cada puerta que palpamos en la oscuridad te tiñe con el presentimiento de que cada estancia te lleva a un mundo exterior quizás perturbador. El color de la oscuridad desfigura las líneas de los viejos muebles y la cama se convierte en cama de camarote de un barco que surca aguas desconocidas bajo un cielo sin estrellas. Por estos pasillos y escaleras transitaron, subieron y bajaron familiares que ya no se les vuelve a ver transitar, bajarlas y subirlas, pero que se las presiente cercanas, y forman una comunidad de moradores invisibles que protegen la casa. Ciertos ruidos sutiles nos lo corroboran. Animales gritan en los cercanos montes junto a las fuentes frías. Por fin canta el gallo.


Tiene su dulzura gratificante tomar medio dormido el fuerte café portugués africano, junto a una rebanada de pan tostado con mantequilla. Siempre espera uno no haberse levantado de la cama por el lado malo. La tibieza de nuestro cuerpo se queda en la cama con los sueños olvidados. Sale uno a la calle a comprar el periódico, y caes en la cuenta de los buenos modales que tienen las personas mayores. Un viejo hace una reverencia a una señora a la hora de salir a la calzada para dejar expedita la estrecha acera a la dama, y que así no se embarre los zapatos. Estos gestos te reconcilian con el mundo. El mundo está llenos de malvados y de gentuza irredenta, pero la buena educación nos abre el camino de la esperanza. Todavía hay hombres que hacen que las mujeres se sientan agasajadas un instante, como personas que merecen delicadeza y respeto.


Paseaba por la carretera cuando, salido del bosque como una exhalación, un hombre de mediana edad se me incorporó a mi altura, y se puso a caminar conmigo. Llevaba un pequeño saco de tela blanca con trigo y algún otro cereal sobre su espalda que dadas las veces que lo cambiaba de hombro no pesaría menos de trece o quince kilos. Sus zapatos e indumentaria parecían, no obstante, las de una extraña persona con posibles.


-Hola, ¿camina hacia el oeste?


-Pues sí, hola, hacia el oeste. Unos tres o cuatro kilómetros como paseo.


-Yo voy hacia San Martín del Pedroso. Con unos pocos cereales diversos para mis gallinas.


-Ah! ¿y va andando?


-No tengo coche. Detesto la modernidad. Ni coche. Ni móvil ni ordenador ni electricidad. Intento vivir en la Naturaleza, alimentado por lo que mi esfuerzo directamente me consigue. Así me saben muy ricos los huevos fritos de mis gallinas.


-¿Entonces será usted rico para atreverse a vivir así? Hay que tener muchos posibles para vivir de esa manera.


El caminante – que barruntaba ya estar un poco orate – sonrió con inteligencia.


-La verdad es que unos pocos posibles sí. Pero no quiero ser esclavo de la tecnología. Ni quiero tolerar que sepan dónde estoy o qué leo y qué me gusta. No me importa que lo sepan. Pero no quiero que chismorreen con mis cosas. Quiero guardar mi intimidad. Sencillamente es una cuestión de principio.


-No le entiendo. ¿Se refiere a que con el móvil se puede saber dónde estamos, y que usando el internet averiguar cuáles son nuestras aficiones?


-Exacto. Y yo no quiero que ellos sepan nada de mí, no quiero que ellos sepan qué sueño.


-¿Y quiénes son ellos?


-La cúspide de la pirámide. Los que mandan en el mundo. Los que sirven al ojo de la pirámide del dólar americano.


-No sé…Los padres fundadores de los EEUU, Washington, Hamilton, Adams, Madison, Jefferson, Franklin o Morris, amaban la libertad individual, diseñaron la representación del pueblo de los EEUU, y entendieron que la búsqueda de la felicidad personal era un derecho. Si lo que tú dices fuera cierto, aquellos hombres serían los primeros enemigos de este presunto estado policial.


-Tienes demasiada buena opinión de aquellos…masones.


-Al menos yo me siento hijo de la Revolución Americana. Lo cual no es óbice para elogiar tu vida libre, exenta de la tecnología, y muy cercana a la naturaleza. Lo que dicho sea de paso sólo le está permitido a un aristócrata.


El hombre con el pequeño saco de cereales volvió a sonreír. Hablaba como si todas las cosas de este mundo estuvieran movidas por hilos en manos de siniestros conspiradores: el trazado de las carreteras, la alimentación, la educación, la simiente que siembran los agricultores, el ocio, etc.


-Otorgas demasiada inteligencia al poder. El poder puede ser malévolo pero no posee la inteligencia infinita que exige ese control.


El día declinaba. Nos despedimos amablemente. El volvió a penetrar en el bosque para llegar antes a su destino, siguiendo la línea recta. Había sido un placer liberador hablar con aquel loco vagabundo sensato. La floresta mostraba sus más bellos colores y sus más estremecedoras fragancias.

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