Regímenes del ocio y el agobio

|


Las dos grandes mundivisiones pujantes en la Grecia Helenística y a finales de la República Romana fueron, sin duda, el epicureísmo y el estoicismo. Incluso se puede decir que se mantuvieron como los dos grandes contextos o ámbitos del pensamiento occidental hasta casi el siglo VII. El epicureísmo propicia una vida de completo retiro de los ajetreos políticos, única manera de encontrar la felicidad, una “beatitudo” fundamentada en el “otium”. Por el contrario, el estoicismo nos señala la obligación que tenemos del compromiso político y de los deberes cívicos.


Lucrecio, en su poema De Rerum natura afirmaba que aquel que desea alcanzar el bien supremo debe renunciar a la vida pública. Para asegurar la supervivencia del Estado bastaría un “guía” que asegurara el “otium”, esa paz exterior e interior a la que aspiraban los pastores virgilianos. Al poner su De rerum natura bajo la advocación de Venus, ancestro de los julios, Lucrecio parecía sugerir que César, quien ya desde hacía años reclamaba esta filiación divina, podría llevar a cabo la revolución de los espíritus. Pero también a finales de la República Romana el estoico Atenodoro enseñaba que el “sabio” no tenía el derecho de vivir en retiro, en el “otium”, sino que tenía el deber de trabajar por el bien común y ser útil. El epicureísmo, por el contrario, huye de la política dejándola en manos de un gobernante benéfico, ése que el tímido epicúreo Virgilio llamaba en una de sus Eclogae “bonus Daphnis”, trasunto de Octaviano, claro. Antes, Cicerón, había llegado a un compromiso entre el epicureísmo y el estoicismo con su “consensus omnium bonorum”, dejando la política a los selectos y reducido número de los “boni”. Sin embargo, el estoicismo ( Catón ) exige sin ambages y contumazmente el sacrificio diario entregándose a la actividad política. Es así que el epicureísmo es la primera gran filosofía sostenedora de la monarquía, y de los inicios del Imperium Romanum: el epicúreo Filodemo de Gádara, con su obra titulada “El buen rey según Homero”, se convierte en el gran ideólogo del partido cesariano, y Mecenas habló a favor de una monarquía fundándose en la teoría epicúrea de la realeza. Y el estoicismo fue la gran filosofía de la República como forma de gobierno que exige la actividad política de todos los ciudadanos permanentemente, y que sin duda hizo la puñeta a los primeros emperadores hasta el historiador Tácito ( el último republicano estoico de verdad ). Unos consideran que el otium y la paz interior son los mayores bienes que puede encontrar el hombre en el mundo, y otros estiman que es una deserción inmoral que el hombre abdique de su condición de “animal político” en aras de la paz y deleite individuales. Hasta que un estoico como el emperador Marco Aurelio llegó al poder, y entonces el estoicismo cayó en un pensamiento político “débil”.


En realidad, la dialéctica entre estas dos cosmovisiones ha continuado, y, en general, se ha resuelto o superado su enfrentamiento a través de ese sistema político que llamamos “democracia representativa”, acuñación creada por Jeremy Bentham y Alexander Hamilton, el más grande padre fundador de los EEUU, en el que se pide la participación política voluntaria del ciudadano entre períodos más o menos largos para que delegue su poder político en sus representantes políticos, a fin de que es estos se ocupen del bien común, en tanto que los ciudadanos corrientes pueden vivir sus vidas como quieran sin los agobios propios de la constante participación política, que tan a menudo suscita desagradables enfrentamientos con los otros conciudadanos y llega hasta “ensuciar” a las personas. Es así que la democracia representativa supondría la prevalencia de los "idiôtai”, o reino en que los ciudadanos pueden vivir sus vidas propias y particulares, con las manos limpias si quieren, resuelta la cuestión del ejercicio del poder político, que queda en manos de aquellos que voluntariamente lo quieren ejercer en nombre del bien común, y porque quizás también tengan eso que se llama “vocación”.


Por otro lado, los sistemas democráticos se reparten los grandes principios ( y retóricas ya milenarias ) entre los dos grandes bloques de participantes que componen el juego democrático: Aquellos que constituyen el gobierno ( bien sea local, autonómico, nacional o continental ) y aquellos que constituyen la Oposición. Toda retórica de Oposición es estoica ( “el pueblo con su participación no puede permitir que…” ) y toda retórica del poder es epicúrea (“el gobierno garantiza al ciudadano un futuro de paz, tranquilidad y muchas hazañas tecnológicas”). De este modo, se es estoico o epicúreo por situación y no por credo personal. El Alcalde es epicúreo por ser poder, del mismo modo que uno es estoico por carecer de poder. Pueden cambiar los actores, los personajes nunca. Entonces, ¿los mismos perros con distintos collares? Muy al contrario; es el perfil o la índole moral del actor lo que marca la diferencia. Y ello impide el automatismo.

Sin comentarios

Escribe tu comentario




No está permitido verter comentarios contrarios a la ley o injuriantes. Nos reservamos el derecho a eliminar los comentarios que consideremos fuera de tema.