Argentina, Granero del Orbe

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Cuando Rubén Darío, en mayo de 1910, publica “Canto a la Argentina”, un largo poema de 1001 versos, en el diario bonaerense de La Nación, para conmemorar el Primer Centenario de la Independencia del país del Río La Plata, Argentina se había ya convertido en una especie de remedo de Paraíso Terrenal para todos los desheredados del mundo. Judíos, polacos, rusos, españoles, italianos, franceses, suizos, alemanes, ingleses, y gentes de otros pueblos han encontrado en la Argentina su tierra de salvación, cósmico portento políglota. Incluso se atreve a decir el vate nicaragüense que se ha conjurado el hambre en el mundo para siempre con la existencia misma de Argentina, enorme ubre de toda raza acongojada. Los dueños de La Nación de Buenos Aires recompensaron al poeta por este canto magnífico, con sistemas métricos muy diversos, y en donde Rubén nos aparece como el mayor maestro de la versificación en español, con diez mil francos, cifra muy superior a lo que cobró Rubén por derechos de autor por todos sus libros. El canto lo escribió en París, cuando el poeta ejercía de cónsul de Nicaragua. No sólo expresa en él su admiración por Argentina – a la que consideraba su segunda patria -, sino que su canto se convierte en el mayor texto épico del siglo XX, incluso quizás en la mejor épica española desde la Araucana, de Alonso de Ercilla. Toda la gran poesía latina late en sus versos inmortales: Virgilio, Horacio, Ovidio, “cisne de Sulmona”, etc. Y también la helénica, claro (Píndaro). Verdadera proeza rítmica es este canto épico. ( Por cierto, a propósito del maravilloso oído rubendariano: ¿Pudo Rubén Darío cortar detrás de una puerta las uñas a la sevillana Niña de Los Peines en alguno de sus viajes a España?).


Se inicia su poema con los ocho primeros versos del Himno Nacional de Argentina, y con ellos termina su canto. Innumerables poetas de lengua española han bebido en él. El propio poeta Miguel Hernández, es deudor de este cantar épico en su romance “Vientos del pueblo me llevan”, cuando hace un catálogo de las distintas regiones que integran España, catálogo que ya aparece en el Canto a la Argentina. Hasta se repiten en el vate alicantino los epítetos sobre andaluces, astures, vascos, castellanos, gallegos, catalanes o levantinos. Argentina se nos aparece aquí como la salvación material del mundo, “granero del orbe”, y centón vivificante de todos los países y razas. Políglota policolonia. Nueva Cólquide del Vellocino de Oro. Nueva Canaán la preñada. Atlántida resucitada. Gazofilacio del gran Dios Desconocido. Y como Gran Madre de todos los ilotas y hambrientos del mundo, el Canto a la Argentina, sirve de modelo, molde o mostrenco a Pablo Neruda y a tantos otros poetas comunistas para hacer sus grandes Odas a la futura Unión Soviética. “La Argentina de fuertes pechos/ confía en su seno fecundo/ y ofrece hogares y derechos/ a los ciudadanos del mundo.” Y también: “¡Salud, Patria, que eres también mía,/ puesto que eres de la Humanidad:/ salud, en nombre de la Poesía;/ salud, en nombre de la Libertad!”. “La fraternidad de los brazos”.


Todas las religiones son amparadas por la libertad argentina: “Y se verán construidos los / muros de las iglesias todas,/ todas igualmente benditas,/ las sinagogas, las mezquitas,/ las capillas y las pagodas./ Y en la floración eclesiástica,/ los que buscan luz en la sombra,/ por la media luna o la svástica,/ o por la tora, o por la cruz,/ irán al Dios que no se nombra/ y hallarán en la sombra luz”.


Desgraciadamente, desafortunadamente, las profecías de geniales vates y bardos como Rubén Darío o Pablo Neruda no se cumplirán ni en el caso de Argentina ni mucho menos en el de la Unión Soviética ( recuérdese la “Oda a Lenin” del egregio poeta chileno ). No sólo no fueron ni la salvación ni la panacea de la Humanidad, sino que más bien la propia Humanidad las ha salvado de sí mismas. Los paraísos terrenales no existen entre los hombres. No siempre los vaticinios de los vates aciertan como vaticinios históricos, quizás sean vaticinios para los intermundia. Aunque sí acertó Virgilio en la Eneida que él mismo encomendó a sus amigos Varo y Tucca quemar.


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