Valdepeñas, una gesta española

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Aunque uno jamás podrá dejar de amar la ciudad en la que nació, acompañada por su murmurante río, mi amor por Valdepeñas ha ido creciendo paulatinamente desde hace ya veintinueve años. Porque esta ciudad y estos paisajes no te atrapan de repente, sino que te van conquistando poco a poco, hasta que un día, de forma intempestiva, sientes que te han configurado el alma y que ya son tu patria definitiva. El amor puede ser múltiple, y sólo es exclusivo en contados casos, como la patria o la madre. Si no soy un valdepeñero “de raza” o con el marbete de “denominación de origen”, sí lo soy ya, espiritualmente hablando, que quizás sea la forma más humana de entender un gentilicio, con la voluntad.


Valdepeñas forma parte de esas “viejas” ciudades de España cuya historia milenaria de culturas y convivencia civilizada ha transcendido al modo de ser de sus habitantes. En el modo de ser de los vecinos, en sus modales perfilados por el buen gusto, en su refinamiento natural, se revela la antigüedad cultural de esta ciudad querida. Aunque la actual Valdepeñas nace en el siglo XIII de la mano de la reina Berenguela, cerca de sus pagos la cultura romana era patente: se había levantado un templo a Diana, y ya el arqueólogo del siglo XIX, Juan Cuveiro Piñol, había situado la mansio “Ad Turres” a seis kms. al sur de la Ciudad, que se llamaría así por estar junto a las impresionantes ruinas, aún cercanas a lo ciclópeo, del ya abandonado y destuido oppidum que se enmarca en el actual Cerro de Las Cabezas.


A diferencia de otros pueblos españoles, cuyo apartamiento de las grandes rutas de comunicación les ha mantenido una personalidad tan densa que suelen ser poco dúctiles y con un sabor local un tanto rancio – ya decía el lingüista genial Saussure que lo más intrínsecamente nacional se encontraba en las orillas o márgenes de la Nación –, Valdepeñas ha sabido compaginar su milenaria apertura a lo forastero con sus inveteradas tradiciones y su muy insoslayable carácter local. Su españolidad es profunda, y tiene su epifanía en la gesta heroica del 6 de Junio, cuando Valdepeñas contaba con 13.500 habitantes – toda una gran ciudad en aquella época – y se enfrentó, encendida de amor patriótico, como “tapón de sangre”, que diría Clausewitz, al hasta entonces invicto ejército napoleónico, de suerte que dio tiempo al general Castaños a concentrar más efectivos en la zona de Bailén y a organizar con más detalle sus tropas. Por ello, resulta sorprendente que el Ejército actual hable a este pueblo, de ancestros heroicos, verdadero turíbulo de patriotismo, de un patriotismo vinculado con la lucha contra la violencia de género, con el combate contra la xenofobia o vinculado contra todos aquellos males y brutalidades que los hombres honestos o simplemente no malvados deben impedir y eliminar. Existe tal complejo con nuestras emociones patrióticas que hasta la columna vertebral del patriotismo, que son nuestros gloriosos ejércitos, la necesitan justificar con causas, estandartes y metas morales que siendo buenas y magníficas no pertenecen al mismo campo semántico de la emoción patriótica y del patriotismo ni a su mismo supuesto moral. Es como si a los socios del Real Madrid se les dijera que es conveniente leer a Cervantes, cosa enriquecedora y magnífica en sí, que naturalmente es compatible con la afición, pero que es parte de otro supuesto cultural. Y no fue por ese patriotismo del que habló el Sr. Teniente Coronel por el que la villa de Valdepeñas recibió el nobilísimo título de “muy heroica ciudad” el 29 de enero de 1895, sino por el patriotismo clásico, sensu stricto, de amor total a España, hasta dar por ella la vida en la gesta inmarcesible del 6 de Junio de 1808.


Todo un espíritu liberal sostiene la sociedad abierta de Valdepeñas en los últimos ciento cincuenta años. Incluso durante la dictadura franquista y su chata y ramplona estética, supo componérselas para soslayarla lo que pudo con la cultura y el buen gusto. Ahí están los carteles de obras de teatro que se estrenaban en ese emblemático Teatro Heras, en forma de herradura, que hizo las delicias de nuestro admirado Nieva durante su infancia burguesa. Amar a Valdepeñas, en fin, es amar a España, por lo de excelso paradigma de lo español que es esta ciudad.

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