Cervantes, Rubén, Ramiro

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Tras haber superado el Bachillerato con exámenes por libre, y provisto de un sueldo semanal de 34 pesetas como funcionario de Correos, Ramiro Ledesma Ramos se matricula en la Universidad Central de Madrid en la Facultad de Filosofía y Letras, a la que acude diariamente después de agotadoras jornadas de 20 kilómetros repartiendo el correo. Es el año 1924. Le da clase Ortega, y en la primera clase de Ortega se enamora perdidamente de Cervantes y El Quijote, y comienza así a escribir con pasión su segunda obra, más noble y profunda que la primera. Se trata de El Quijote y nuestro tiempo. Ramiro quiere requijotizar España, llenarla de la brisa ortal de Don Quijote, que cabalgando sobre Rocinante nos trae la alegría de la vida y el bien, como en una cruzada por la vida y la luz en un mundo en donde reinan las sombras, la mulatez intelectual y la chatura estética, como había dicho Rubén Darío, siempre entre rijosos egipanes y mimosas coccinelas.


También conoce en la Universidad Central a una chica interesantísima, que es ya toda una leyenda por su capacidad intelectual. Se trata de la malagueña María Zambrano, un año mayor que él, de la que se encandila en seguida Ramiro, pero que, desgraciadamente para él, ya tiene un hombre en su corazón, Gregorio del Campo. Como Ramiro, es hija de una familia de maestros con larga prosapia y vocación, y como Ramiro, ve el mundo injusto, radicalmente injusto. Pronto compartirán páginas en la Revista de Occidente.



Para Ramiro, Alonso Quijano no enloqueció en Quijote, sino que sufrió una metamorfosis individual que lo llevó al Quijote para hacer cosas grandes en el mundo. El quijotismo no es una locura, sino un anhelo infinito de transformar el mundo hacia el bien y la nobleza, de desplebeyar el mundo. Ledesma con frecuencia veía como verdadera locura ver lo monstruoso con normalidad y parsimonia. “Quien ve molinos en donde hay gigantes debe estar loco”, escribe en su libro sobre el Quijote. ¿Qué diría ahora cuando vemos en la televisión las mayores inhumanidades y masacres mientras comemos un chuletón de ternera alistana sin tener problemas digestivos?


El Don Quijote de Ledesma es actividad incesante, perpetua, frenética, y esa actividad perpetua y frenética constituyen su ser eterno, su vida hasta las heces bebida. Incluso un aristócrata del intelecto, como el Divino Manchego, sabe que se viven muchas vidas que ni aún con telescopio podrían percibirse desde un alto sitial. Y no son las múltiples vidas de los creadores literarios, sino de la fuerza juvenil desplegada. Todo en Don Quijote es la acción que despliega la fuerza de su brazo amparando su discurso justiciero, y por eso como nadie simboliza la fuerza de la juventud activa. El Quijote de Ledesma es un guerrero justiciero de actualidades sucesivas y frenéticas, un campeón que prefigura el soldado-monje fascista. A diferencia de Rubén Darío, que en su “Cyrano en España” identifica al personaje con su creador, “Al gran Gascón saluda y abraza el gran Manchego(…), el divino lunático de don Miguel de Cervantes”, Ramiro, por el contrario se esfuerza denodadamente en separar, en romper el tándem Cervantes-Quijote. En lo que sí coincide con Rubén es que ningún gran escritor puede serlo para las muchedumbres ( véase el aristocrático PREFACIO a Cantos de Vida y Esperanza, Los Cisnes y Otros Poemas, Madrid, 1905 ), así como el Soneto escrito en alejandrinos, “Soneto Autumnal al Marqués de Bradomín”, en el que ex profeso Rubén se opone a escribir para “un vulgo errante, municipal y espeso”.


Don Quijote va mucho más lejos que Cervantes. Eso le pasa siempre a las grandes obras, a las obras maestras: que adquieren vida propia y escapan de sus autores, y llegan a entrar en reinos que jamás lo podrían hacer sus creadores. La verdadera locura de Don Quijote, su locura auténtica, es la de no creerse único en nuestros mundo mezquino y zafio, la de obrar creyendo que trata con semejantes, cuando con lo que trata realmente es con la chusma y la gentuza, de lo que básicamente está compuesto el mundo. Don Quijote, por ser pura candidez y bondad, sin ninguna gota de maldad, es un anormal en este mundo, y achaca todas las trampas que le tienden “los normales” a encantamientos que rompen el orden natural de las cosas. Y, al fin de cuentas, su candidez y bondad tienen razón. Son pura hechicería de la mediocridad o de la mezquindad. En ese sentido, Ramiro Ledesma Ramos ve cierto parecido antropológico entre Cristo y Don Quijote, decididamente valientes y generosos, pero también decididamente buenos y cándidos.


Convertir la “cordura” del Hidalgo manchego en la cordura de las buenas gentes de La Mancha, como el cura o el barbero, significaría llevar a Don Quijote al juicio de las gentes mediocres. Pero Don Quijote prefiere mantener su cordura “casi” hasta el final, aún a costa de no ser reconocido ni aplaudido por sus paisanos, sino, al contrario, llegando a ser objeto de ludibrio feroz, como es propio que hagan con el genio la barbarie asesina de la mediocridad. Al fin y al cabo, la multitud que aplaude se aplaude a sí misma, pues las ideas celebradas no son otras que sus mismas ideas. Y Don Quijote fracasó – según el joven pensador zamorano – porque se propuso vivir en los demás sin renunciar a un solo atributo de su quijotismo esencial, tal y como precisamente era en su mundo íntimo. Don Quijote, finalmente, será vencido por el malévolo bachiller Sansón Carrasco, quien fuese derrotado en su primer encuentro, y con ello Cervantes nos demuestra que Don Quijote, “nuestro” Don Quijote, era un extranjero en su patria. Aparentemente tanto Cristo como Don Quijote fracasaron si su derrota la calibramos desde el juicio de la mediocridad, de la mundivisión dominante, necesariamente chata para abarcar a todos.


Como Cristo bajó al Reino de los Muertos, Lémures o Manes, tres días romanos, Don Quijote vive también tres días admirables en la Cueva de Montesinos. Esta Cueva significa en el ánimo de Don Quijote el hallazgo de una senda que puede conducir a maravillosas posibilidades. Y Sancho, obviamente, su gran complementario, estando de acuerdo en esto con Rubén Darío, quien ve en Quijote/Sancho al hombre en su doble dimensión: “Que del alma-Quijote y el cuerpo-Sancho Panza/ vuele una psique cierta a la verdad del sueño”.


Brillantes y penetrantes comentarios a la obra inmarcesible de Cervantes, elaborados por un joven de diecinueve años, en los que básicamente introduce la idea nietzcheana del “superhombre”, resbaladiza y harto peligrosa, para explicar el alma “e-gregia”, es decir, fuera del rebaño, de Don Quijote de La Mancha. 

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