Del Euphuismo a Rubén Darío

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El concepto “euphuismo” nace del estudio de la obra del gran poeta inglés John Lyly, y concretamente de su libro Euphues, the Anatomy of Wit, en pleno renacimiento inglés. Este concepto se convirtió en seguida en un movimiento literario que impregna toda la gran literatura inglesa, de tal modo que se podría decir que la Alta Literatura inglesa es eufuista, y lo ha sido siempre desde Lyly. Muy probablemente este movimiento llegó precisamente de España en el siglo XVI, con la traducción al inglés del Marco Aurelio, del obispo franciscano Fray Antonio de Guevara ( The golden booke of M. Aurelius, emperour and eloquent oratour ), y, sobre todo, su otra gran obra, El Reloj de los Príncipes (Dial of Princess). Consiste el mayor movimiento literario inglés en concebir sensu stricto la obra literaria como una perfecta obra de arte, como una joya preciosa perfectamente organizada, maravillosamente enjaezada de vocabulario culto, Cultura Clásica, refinamiento sintáctico, elaborados ritmos y cadencia, huída sistemática de la cacofonía, y cierta referencia a un universo exquisito y algo exótico que enaltece la realidad del mundo. El mayor eufuista de la Literatura Inglesa fue John Milton, el más grande poeta inglés, y su Paradise Lost la obra suprema del eufuismo. Milton mete en El Paraíso Perdido toda la mitología clásica sin que suponga ninguna contradicción con la cultura cristiana. Al contrario, Pan, las Gracias, las Horas, los faunos, las ninfas, las náyades confieren al Paraíso Terrenal una alegría bienaventurada y fuerte que nadie puede romper. Nos acercamos a la Geografía de ese Paraíso a través de geógrafos griegos y romanos como forma de divinizarla más. Pues bien, la poesía de Rubén Darío, del que estamos en estas páginas conmemorando el primer centenario de su muerte, hunde sus raíces en este eufuismo inglés ya desde su primera juventud. Y, lo que son las cosas, lo revierte en la madre del eufuismo, que es la Literatura Española, que lo tenía enterrado de puro realismo burdo, abrasador e implacable. Pero fuimos nosotros los inventores del paisaje ameno y eufuista ( Fray Luis de Granada, Garcilaso, etc. ) , y no la Literatura Inglesa. Otra cosa es que, una vez más, España gusta de arañarse a sí misma con el crudo realismo, masoquismo típicamente español que sigue sin resolverse, y que debe ocultar un enfermizo sentido de culpa.


El eufuismo vive en el Mundo Clásico de forma incesante, omnipresente y ubicua, pero no en la Grecia y Roma originales, sino en la sensibilidad de los grandes países de Occidente que aman Grecia y Roma y han metabolizado su cultura suprema. Prefiere la vida del clasicismo, con toda su literatura, artes, música y mitología en los grandes salones literarios de los países europeos más civilizados que la Cultura Clásica de primera mano. Por eso Rubén Darío nos dirá en “Divagación”: “Amó más que la Grecia de los griegos/ la Grecia de la Francia, porque en Francia,/ el eco de las Risas y los Juegos,/ su más dulce licor Venus escancia.” El eufuismo, supremo aristocratismo de la literatura, es, sin embargo, una estética acrática, a la que es imposible imponer un modelo. Por ello mismo, no existe manifiesto del eufuismo. Como diría eufuísticamente Rubén en las “Palabras Liminares” a sus Prosas Profanas, sería una contradicción que haya pajes en el eufuismo de un manifiesto personal. Ningún aristócrata es paje de otro.

Todos los poemas se esmaltan con palabras de jaspe, ladrillos con los que se levantan los palacios: faunalia, péctide, forminge, gavota, pavana, oaristys, caolín, ananké, blasón, ágata, ánfora, la fuente Castalia, toisón, armiño, lises albos en campo de azur, durazno, silfos, walpurgis, cítara, hopalanda, Mikado, faisán, gobelinos, tapices, panoplias, saturnales, tirso, lauro, centauro, malaquita, alerce, almez, parasol, fragancia, crisálida, sonámbula crepuscular, vestal, faunesa, argonauta, tritón, piafantes bríos, crinados cuadrúpedos divinos, los viejos lampadarios, miel hiblea, biforme ixiónida, torcaz benigna, cuervo protervo, curvos hipocampos, lémures, himeneo, manes, ícor, falerno, ebúrneo, triclinio, alcatifas, aljaba, hiperbóreo, dríada, sistros, amatista, verdor eclógico, joven homérida, olifante, odalisca, etc.


Una vez seleccionado un vocabulario lujoso, exótico y amable, el eufuismo lo coloca en versos con soberbia cadencia acentual. El poeta eufuista funda el ritmo, como no podía ser de otra manera, en la sucesión de acentos de cada verso, considerándolo como el ictus del verso clásico. La poesía inglesa y la de Rubén Darío es una poesía más de pies que de sílabas. Después de Rubén Darío en la poesía española sólo Agustín García Calvo se le acerca a su gentil maestría en el uso de los esquemas rítmicos del Mundo Clásico. Sus endecasílabos suelen ser sáficos, enfáticos, melódicos, dactílicos y heroicos. Y sus alejandrinos a la francesa se articulan en una cadencia de miel hiblea.


Y cuando ya el poeta eufuista tiene las palabras y los esquemas rítmicos de la melodía viene la creación de un universo galante, gentil, suave, en donde la libertad nunca es estridente, y se afirma y defiende un mundo bueno, señalándose empero los muchos puntos en que debe ser corregido. Humanismo, amabilidad, compasión, epieikeía, fraternidad, dulce alegría del sexo, belleza y bien son los objetivos que nimban todas las grandes obras literarias del eufuismo. Y uno ha llegado a pensar que estas primorosas obras de arte “han contaminado” a la sociedad inglesa de buenas maneras, de gentileza, de sutileza argumentativa, de finura intelectual, de saber, en fin, reformar y mejorar la sociedad sin romper ninguna vajilla tradicional de suprema porcelana. Por eso los ingleses saben hacer revoluciones sin romper cristales, creyendo que la argumentación amable es el único camino a la verdadera reforma política en una sociedad de seres civilizados y libres. Hubiese sido bueno que en España Rubén Darío hubiera tenido más continuadores, epígonos o diádocos, a fin de haber imbuido la paz gentil de sus poemas, su humanismo clásico no gazmoño, en la sociedad española, a menudo torva y garbancera, con políticos propensos al uso de las navajas albaceteñas.


Nuestro Cervantes sufre un proceso que va del realismo al eufuismo. La Galatea es la novela menos eufuista de toda la novela pastoril, su realismo llega a ser bárbaro si lo comparamos con la obra amable de Jacopo Sannazaro. Pero con su Persiles lleva a la literatura a su ámbito más puro y des-referenciado, una literatura casi límite. Y es una pena que su última gran novela no haya influido más en la literatura española, pues nos hubiera civilizado un poco más después de su inefable Quijote.


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