De la bodega al espacio cultural: un reto para la participación

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Decía Vázquez Montalbán: “Cualquier posible programa de política cultural de la izquierda, de las fuerzas de progreso, tendría que pasar, en primer lugar, por la asimilación sin reservas de la cultura patrimonial. Por una facilitación de la lectura sin reservas y de todo lo que ha sido cultural.


En segundo lugar, por el fomento del papel modificador de la conciencia crítica. Es decir, la obligación de las fuerzas de progreso no es parar, controlar o encauzar desde un sector privilegiado de conciencia política lo que es la dinámica cultural, sino favorecer todo lo que es el papel modificador de la conciencia y de la cultura crítica”.


Nos viene la cita a la memoria ante la posibilidad de transformar la antigua bodega valdepeñera de Morenito y con posterioridad A7 en un espacio sociocultural. No es una brusca transustanciación.


Durante no pocos años ese espacio ya ha albergado dentro de su estructura industrial eventos culturales de alto rango y actividades socioculturales que se producían con toda naturalidad y sin encontronazos estéticos y espaciales con la actividad empresarial para la que, inicialmente, el espacio había sido diseñado y equipado.


Se nos ofrece, igualmente, la posibilidad de recuperar un espacio abierto para la socialización, para la recreación, para el juego y en definitiva para la vida en la calle que, durante los años del boom y la especulación urbanística hubiera sido igual de deseable pero prácticamente imposible de conseguir. Algo que era debido a la correlación de fuerzas y los intereses que en aquellos años primaban. Nada nos es ajeno.


Creemos, en este sentido, un nuevo espacio o plaza al aire libre en una zona de gran condensación urbanística y pocos espacios de socialización y participación libre.


Dice John Tusa (1): “Gestionar las artes y la cultura en general hoy en día es, mucho más que antes, algo más parecido a dirigir un negocio. En algunos sentidos, es incluso más complejo. Además de la disciplina financiera rutinaria que por supuesto se exige, las organizaciones culturales trabajan en campos donde pronosticar la respuesta del público acerca del programa cultural es notablemente difícil. Los gustos cambian; el gusto puede ser modelado; el gusto necesita una guía. El predecir la respuesta del público a la oferta artística es arriesgado. Y eliminar el riesgo es imposible. A menudo, en materia de cultura, la línea segura y conservadora es la más peligrosa. El centro de la calzada –bien sea en cultura, o bien cuando caminas– es el lugar donde más fácilmente te pueden atropellar. Nada hay más pasado de moda en cultura que los galardonados la temporada pasada”.


Pues bien, una forma de evitar el atropello es consultar a los viandantes y de eso, que suele llamarse participación pero que utiliza técnicas que también son usadas hasta por las Grandes Superficies, se trata si queremos pasar de lo que fue negocio del vino a un espacio donde satisfacer necesidades socio culturales. Preguntemos a los artistas, preguntemos a los ciudadanos que ya están agrupados en entidades con vocación cultural, preguntemos a los músicos, a los del teatro, a los de las Plásticas y elaboremos un mapa de necesidades y expectativas, con los recursos más adecuados. Y, para cuando se trate de programar, siempre habrá posibilidades de soñar con Tusa “Con un público formado por gente a la que le atrae simplemente el entusiasmo hacia el espectáculo, y no el hecho que vengan para ver algo parecido a lo que ya vieron el año anterior. Quiero públicos libres, atraídos magnéticamente por la idea de calidad, movidos por una voluntad propia y no un público encorsetado por quiénes son, dónde viven y por lo que normalmente ven”.


(1) John Tusa es el Director General del Barbican Centre en Londres, desde 1995.

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