Sociedad decente

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Últimamente a los socialistas se les ha ocurrido el ornitorrinco conceptual, que diría el inolvidable Roland Barhes, de “sociedad decente”, con el que introducen en el inconsciente colectivo la idea peregrina de que es decente aquella sociedad que elige a los socialistas para que la gobiernen, e “indecente” si la sociedad tiene la desfachatez de elegir a los liberales. El constructo es simpático porque en él medio percibimos los ecos del genial Gorgias de la Grecia Clásica y sus teorías sobre las acciones seductrices con las que el político se lleva al huerto al pueblo en una Democracia, que se desarrollan en sus obras La Defensa de Helena y Palamedes. La sociedad que es una chica decente debe casarse con un chico decente y guapo, como sin duda es don Pedro Sánchez, que la va a proteger y cuidar siempre, y no la va a corromper jamás como esos pretendientes malvados y feos que son los chicos del PP.


En primer lugar, si la decencia en todos los órdenes es una aspiración pública y social, el calificativo, sin embargo, “decente” ( del lat. “decet”, esto es, “que conviene” ) sólo puede asignarse al individuo que realiza lo moralmente conveniente. Precisamente, a menudo las conveniencias sociales suelen ser un factor coadyuvante a las indecencias personales. Aristóteles dirá que es decente quien no secunda el deseo vicioso, pero que es mejor aún el que ni siquiera experimenta tal deseo. Pero lo socialistas nos prometen una “sociedad decente” si acatamos su evangelio, que es la muerte de toda acción moral suprimida la voluntad individual, sobre la que sólo se puede erigir la libertad que hace posible la moralidad y la decencia. Nos traen paradójicamente una sociedad decente de miembros amorales sin libertad. No es misión tampoco de la filosofía moral descubrirle al hombre corriente sus deberes, que él conoce muy bien, sino procurar solidez y seguridad a ese conocimiento. De hecho esta supeditación de la ética política al conocimiento moral espontáneo hace de ella un saber redundante. Creemos en el hombre porque creemos en su natural espontaneidad hacia el bien. De hecho, sólo se programa el mal.


También han tenido siempre la pretensión y audacia intelectual de hacernos felices, porque ellos saben el secreto en donde radica la felicidad. No es, por tanto, raro que quieran expulsar de los centros educativos a los profesores de religión, católica, desde luego, porque quieren llenar su hueco con su catecismo sectario, más moderno que el de la Iglesia, pero mucho más vetusto. El socialismo como doctrina moral y nueva religión laica.


Si el liberalismo entrega el Estado a una función de estorbar lo menos posible la realización de las satisfacciones individuales, en coherencia con la preservación de una esfera privada inexpugnable, en donde vive la felicidad de acuerdo a los deseos de cada uno, el socialismo siempre exige la reducción del individuo, su inmersión en la comunidad y la absorción de la misma por el Estado que la realiza políticamente. Ya decía Ortega hace más de noventa años que “la socialización del hombre es una faena pavorosa. La divinidad abstracta de lo colectivo ejerce su tiranía. El Poder público nos fuerza a dar cada día mayor cantidad de nuestra existencia a la sociedad. No se deja al hombre un rincón de retiro, de soledad consigo mismo. Las masas protestan airadas contra cualquier reserva de nosotros que hagamos. Quieren marchar por la vida bien juntos, en ruta colectiva, lana contra lana y la cabeza caída”. Frente a los socialistas y su decente sociedad promisoria y mesiánica, los liberales siempre hemos creído que cada ser humano debe quedar franco para henchir su individual e intransferible destino. Frente al mensaje socialista que programa nuestra vida en correspondencia con lo “políticamente correcto” y nos enseña el camino de la salvación social, como rebaño humano de seres ignorantes sin luces en la cabeza, el liberalismo cree en el hombre, en su responsabilidad, y en su capacidad e inteligencia para saber lo que le conviene y no le conviene.


Desde esta idea se entiende que Pedro Sánchez utilice el mismo discurso del ministro soviético Anatoli Lunacharski para proponer la expulsión de la religión de los centros educativos. Está en la propia lógica del socialismo: no quiere competir con mundivisiones que en el fondo proponen lo mismo, aunque con caminos de direcciones distintas: la salvación. De todas formas, la estrategia electoral de Pedro Sánchez en este asunto es de miopía absoluta: diríase que Pedro Sánchez aún no sabe que la Iglesia española de este siglo se ha puesto tan palmariamente genuflexa ante los intereses del poder político, sea cual sea su ideología, que escandalizaría al propio San Pablo. Sólo puede perder votos sin tener necesidad…

En todo caso, preferimos la decencia que responde a una sana espontaneidad moral que a un catecismo político que trata a los hombres como infrahumanos. El pueblo ya detesta, fundándose en terrible experiencias demasiado reales, las grandes ideologías redentoras. El pueblo ya no quiere guías que le lleven a la Tierra Prometida. El pueblo ya sólo valora el sentido común de los políticos. Y su decencia, claro.

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