La casa maldita

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Es tradición en toda la novelería europea y colonial el argumento de la casa maldita o maldecida de Dios, en la que desde determinado aciago momento todos sus moradores sufren muertes o desgracias espantosas, y que después sirve de mansión a demonios y brujas, que celebran en ella lúgubres ritos y danzas macabras, y que, finalmente, ello hace que el personaje del escéptico, ajeno a toda superstición ( que nos representa a los lectores ) compre la casa que el terror desmedido de los lugareños ha convertido en una ganga. Este negociante incrédulo suele reírse de trasgos y duendes, de aparecidos y “jettaturas”, y piensa que la leyenda sobre la formidable ganga que ha adquirido es producto tan sólo de alucinaciones de pusilánimes, histéricos y supersticiosos…, los eternos fabricantes de religiones y profetas. Este personaje escéptico y con sentido común estaría convencido de que la sola Ciencia había suprimido el demonio, convertido los milagros en alucinaciones, descubierto la neurosis de la santidad y del misticismo, e incluso de que estaba a punto, cuando se acabe de roturar las ignotas tierras cerebrales, de fijar todas las condiciones físico-químicas de la emoción y del pensamiento, del ensueño y del error, del sentimiento antropomórfico y del incurable espejismo de lo absoluto.


Pero la lógica puede llegar a ser un audaz desafío a la Providencia, y la mente científica y codiciosa puede tentar al destino y penetrar en maléficos dominios. En estas novelas, si salen curas suelen estar consternados ante el atrevimiento del nuevo señor de la casa, y los más pavorosos vaticinios, terribles augurios y sobrecogedores horóscopos salen de los labios de los más beatos y Calcantes de sacristía. Los supersticiosos creyentes en brujas y diablos no se dan por vencidos ante los primeros días de paz que parece vivirse en la casa maldita ni ponen en duda la proximidad e inexorabilidad de la catástrofe. Y un buen día, por un accidente aparentemente ordinario, los moradores de la casa comienzan a sentir en sus espaldas el soplo de lo sobrenatural. Una noche una llamarada terrible inunda de fuego las habitaciones de la casa maldita e ilumina con siniestros reflejos el mar y las colinas. Simultáneamente, retumba pavoroso trueno y parece esparcirse por la atmósfera punzante olor de azufre, el favorito aroma de los diablos, incansables tentadores de la raza humana e inventores de toda suerte de cultos supersticiosos. Entonces el escéptico comienza a inquietarse y pregunta a un espiritista amateur, vecino, y éste le responde con todas esas estrafalarias concepciones de la metempsícosis y de la pluralidad de los mundos.


El señor cura empieza a sostener que en aquella funesta casa reina el ángel de las tinieblas, y que todo el que la habite o tenga trato con sus habitantes acabará de mala muerte. Que las señales fatídicas anuncian, sin duda, la próxima catástrofe, el truculento castigo que la Providencia reserva al escéptico audaz y codicioso que osó desafiar la justa cólera celeste…El escéptico empieza a mosquearse y pregunta a la bruja del lugar, quien le habla de los muertos. Los muertos, no por haber abandonado su vestidura material dejan de ser hombres con sus vicios y pasiones, sus excelencias y frivolidades, y así hay espíritus buenos que nos consuelan en las tribulaciones, nos alientan en el áspero camino del deber, nos prestan inspiración y energía para triunfar en el palenque del trabajo o de la obra científica y literaria, y hay espíritus malos – como los que habitan en la casa maldita del escéptico -, aviesos, frívolos, que se complacen mortificándonos o sugestionándonos sensuales apetitos y pecaminosos y bajos pensamientos. Ni debe extrañar que los muertos deseen comunicarse con los vivos, pues el acto de la desencarnación no rompió, antes bien, estrechó, sublimándolos y espiritualizándolos, esos lazos de amor e interés que ligan la humanidad pasada a la presente.


El mosqueo del escéptico se hace ya un pinchazo agudo en el corazón. Aunque el hálito helador de la ciencia y de la libre especulación filosófica había enfriado su fe de niño y sostenía que sólo la imperfección y la fragilidad del cerebro humano, dócil a toda clase de sugestiones, explicaba la creencia en los encantamientos, los eventos que pasaban en su casa comprada a precio de ganga, le bajaron sus humos de creyente en la sola ciencia. Y empezó a pensar que el universo, a pesar de las grandiosas conquistas de la astronomía, de la geología, de la química y de la biología continuaba siendo un enigma impenetrable. Se entregó al miedo, y después a la religión y el espiritismo. Se exorcizó su casa, los espiritistas tranquilizaron las almas de los muertos. Y cuando ya todos los males parecían concluidos, el mercader agnóstico, y antiguo apóstol abnegado de la ciencia, murió de un infarto al corazón. Las casas malditas existen. Sólo hay que pensar en la nación española, si algunos espíritus tan viejos que huelen a muerto penetran en ella el 20 de diciembre…Y es que la obra política actual debe ser labor de ilustración y tolerancia, que es lo que está representando hasta ahora el Partido Popular.

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