El 'Tirante El Blanco' de Nieva

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Encantadora y muy perturbadora es la versión que Francisco Nieva hizo de Tirante el Blanco, con el título más abierto y dramático de Las Aventuras de Tirante el Blanco, y que se estrenó en el Teatro Romano de Mérida, todavía conservando la “Valva Regia” y las “Valvae Hospitalium”, el día 8 de julio de 1987. La novela caballeresca de la que parte, del genio valenciano Joanot Martorell, es uno de los textos más singulares de la literatura española. El subtítulo de la versión nievana es el de “Farsa Épica”, en cuanto que aquí el héroe arrostra sus múltiples peripecias bajo la displicente mirada de un Dios que le encomienda a Tirante que viva como si soñase, tirado por esas cuerdas invisibles que se llaman ideales, que aparentemente ayudan a caminar en la vida con menos esfuerzo, pero con cierta dosis de desconfianza del presunto idealista por si también fuese él mismo marioneta de esas cuerdas invisibles. En todo caso, Dios aquí es el Dios de un existencialista. Ya lo dice el personaje del Ermitaño: “Sólo existe el silencio de Dios sobre el desierto”. La relación de Francisco Nieva con la épica era inevitable. En un espíritu barroco y proteico como el de Nieva en el género de la épica él puede encontrar la literatura límite; la imaginación del artista épico llega hasta donde él puede, y no hasta se lo demanda otro género. Literatura en estado puro. Quizás por ello Nieva buscó una historia épica “realista”, valga la paradoja irresoluble, de suerte que el propio referente del que parte controle las dotes formidables del artista valdepeñero para el género épico. Del realismo de Martorell – en donde el héroe puede un momento retirarse a orinar – se pasa a un surrealismo épico que choca por completo con la ordinariez de un mundo que, siendo puro juego literario, el malvado artista Martorell lo trata con desparpajo realista y ridiculizante, casi mordaz, casi esperpéntico. Por eso Nieva en esta obra nos sugiere pensar que su estro es verdaderamente épico, por ser hiperliterario, mucho más épico que el del valenciano. Y si Nieva no ha escrito épica es porque la barbarie de la modernidad, reforzada mucho más por la tecnocracia y garantizada por la política educativa, ha desterrado la épica de la literatura. Pero Nieva, toda la obra de Nieva, sería imposible sin Homero, Apolonio de Rodas, la novela griega y la novela bizantina, Lucano, y hasta Alonso de Ercilla o Lermontof. Nieva es un alma épica en un mundo de incultos y televidentes. A Nieva le es imposible ridiculizar la épica, porque si lo hace también hace épica, como Homero con su Batracomiomaquia.


Tirante es un héroe con dos corazones – una irregularidad que se esconde en su pecho… en palabras de su Creador -, lo que le hace no sólo doblemente poderoso, sino también ambiguo. Guapo hasta el punto de que se emociona la primavera ante él. Aprende en las propias carnes que la lealtad inquebrantable a los reyes siempre supone una frustración moral y una desilusión sentimental. Por ello el caballero que se empeña en seguir esa lealtad ( fidelidad no, porque es una virtud religiosa ), sufre algún tipo de masoquismo, como el de la Reposada, cuyo único placer se fundamenta en el dolor físico que le produce el mefítico y nauseabundo El Gran Podrido, más morbosamente apetitoso cuanto más la muerte hace su trabajo de descomposición y disolución.


El Gran Podrido.- ¡Tentadora, peliforra, te voy a devorar las tripas!


La Reposada.- ¡Cómetelas, tuyas son, chulazo, rufián putesco! Siempre soñé con la gloria de que me matases a palos. ¡Oh, qué feliz soy ahora, pasando por esta vergüenza!


Lo que pasa es que el masoquismo que padece la malvada maga La Reposada no es políticamente correcto, y el masoquismo político que supone la lealtad a los príncipes está integrado con afán ronrroneante en nuestra cultura política. Por eso Dios tiene razón: “Los caballeros andantes nunca deben ser realistas, sino albergar muchos ideales.” Dios mismo nombra a Tirante Caballero Andante, y le ofrece una patria heráldica como ideal, con una corte hiperbólica y espléndida, bizantinamente pasmosa. Como su antecesor Arturo, Tirante obtiene su espada, Maldonada, de una peña, con un placer frío en su hoja que sólo se mitiga con sangre, y recurre a un apóstrofe con un vago eco de la comedia plautina: “Ven aquí, Maldonada, luz de estrella, espada mía. Si ahora no cumples como buena, hago que te fundan de nuevo y te conviertan en cucharón de convento!” ¡Todo un Pirgopolinices valenciano!


Al principio de la obra, Tirante ve en La Reposada, aya del Delfín de Francia a quien ha enseñado a hablar en estilo lapidario, un mero adefesio femenino, pero a medida que avanza la obra La Reposada crece. La Reposada es heredera profesional de Jenofonte, aquél que con su Ciropedia creó el infame género literatio, subgénero político también, de la educación a los príncipes. Desde la Ciropeda a las Empresas Morales de Saavedra Fajardo, pasando por El Libro de los Estados, del infante don Juan Manuel, se han escrito miles de manuales políticos con los que los preceptores de los príncipes pervertían el corazón de sus pupilos. Educadora de príncipes también, La Reposada intenta corromper hasta el alma de Carmesina, el ángel femenino, sirena rodeada de libertinas, que nació para amar a su Tirante, como Magdalena a su Jesucristo ( de hecho Carmesina lava los pies aventureros y necesariamente exhaustos de Tirante y los enjuga; el cual acaba de llegar a Constantinopla sumergido en un sueño reparador que le concede Dios, arribando de pie dormido hasta la capital dorada del Imperio Bizantino).


Pilotada por La Reposada la hermosísima Carmesina le llega a decir a su amor-destino: “No hay nada tan gustoso como hacer estas cosas fuera de la leyes comunes. ¿No comprendes? Somos guapos y tenemos malicia. ¿Por qué no vamos a vivir como dioses que se ríen del mundo?” Tirante se asusta no por la desvergüenza que la inmaculada Carmesina manifiesta, sino por su intelecto agudo, impropio de una mujer, a lo que Nieva responde con la boca de Carmesina de modo surrealista: “Pues las mujeres muy latinas son morenas y ardientes a fuerza de hablar el latín. Eso tuesta.” Pero ni Tirante ni Carmesina pueden resistir su amor desaforado y funéreo. Ya lo dice el sensato Hipólito: “El amor es una gangrena”.


A menudo en este drama las acciones se apelotonan, se confunden de forma patética, desde distintas perspectivas, hecho que recuerda, una vez más, las grandes epopeyas, como la Farsalia, de Lucano, que mediante series de infinitivos históricos logra expresar el ritmo frenético de estos apelotonamientos trepidantes. Pocos momentos de “parábasis” existen en esta preciosa obra de teatro.


Al final, la farsa épica se transforma entre el Auto Sacramental y la novela bizantina de amor. Tirante y Carmesina descubren el mal enredo que preparó La Reposada, y Tirante, al fin, fallándole también su segundo corazón muere en los brazos de su amada, la mujer de su vida, aunque sólo gozasen el uno del otro unos momentos, porque ser el hombre de o la mujer de no presupone duración, sino quintaesencia. La farsa nos conmueve ya convertida en novela de amor. La farsa nos perturba ya convertida en Auto Sacramental. Y Dios cierra el Auto Sacramental como inició la epopeya, y se lleva por un camino de luciérnagas al Caballero Tirante, ideal él mismo, antonomasia eterna del Caballero Andante. “Prólogos” y “éxodos” encierran y estructuran así el drama. Genial, una vez más, ha salido este texto hiperliterario de Francisco Nieva, uno de los escritores más grandes del siglo XX español.

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