El triunfo de una España catalana

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Aunque en política los sentimientos irracionales, como el nacionalismo, suelen tener la virtud de integrar fuerzas muy diversas – de la extrema izquierda a la extrema derecha, pasando por meamisas y comecuras, proxenetas y obispos mamporreros, untuosos siempre con el último que obtiene el poder, banqueros y paniaguados -, crear aglutinaciones de diversas procedencias incluso opuestas, construir imposibles convergencias desde la sola razón, en estas últimas elecciones catalanas, sin embargo, la razón constitucional e histórica, así como el interés social – quién lo iba a decir – ha superado el 50% de los votos emitidos. El camino a la independencia ha quedado cortado por lo menos para los próximos ochenta años. El 52% de los catalanes ha dicho NO a la Independencia, emanación natural y reflejo espontáneo de un modo de ser, cuya función ha sido el mantenimiento de la integridad de la nación española, y si Cataluña fuese una circunscripción única jamás tendrían en el Parlamento los independentistas la mayoría. Las nupcias entre el Estado Catalán y la Nación catalana se han roto como aquélla que investigó el curioso Don Quijote. Estas elecciones nos confirman que el Estado español no se apoya en lo que divide a los habitantes, sino en lo que los une. De estas elecciones es egresado de nuevo el Estado Español como el lugar de reconciliación del individuo con la Historia (Hegel).

Otro hecho que nos llama mucho la atención es que el ciudadano catalán de centro-derecha que se siente español – y de hecho lo será siempre – no vote al referente de centro-derecha que gobierna precisamente al país en su conjunto, es decir, al Partido que sostiene el actual gobierno de España, y que debería haber representado mayoritariamente a los ciudadanos constitucionalistas; esto es, los españoles de pata negra ( porque la verdad es que España no se merece ese valor de españolidad que tienen los catalanes que se sienten españoles). Y aunque como afiliado de ese Partido me duele especialmente esta situación de debilidad del PP en Cataluña, no es óbice precisamente para analizar el hecho en busca de una solución. Como un español dijo una vez: “Amamos España porque no nos gusta”. Sin duda, ante el órdago pantagruélico de Mas, con su cínica sonrisa proverbial y su tonalidad mística de un catalanismo, propia de una Iglesia civil, al PP le ha faltado pergeñar un proyecto ilusionante para Cataluña, atenazado por el problema acuciante de la unidad nacional. Creo que ensimismados en el radical problema de España y en despejar su misma existencia en el futuro, han perdido el vínculo con los problemas cotidianos, que no por no tener la transcendencia de la existencia misma de España, son también importantes para los catalanes. Por otro lado, los catalanes de centro-derecha que se sienten españoles han castigado al PP por su aparente falta de firmeza y de gestos duros, cosas que podía hacer el oportunista partido de Ciudadanos sin responsabilidad gubernativa. Pero los Partidos, aunque no gobiernen, están al servicio de España y no al revés. Los modales educados y la capacidad de autocontrol del propio poder político, que está obligado a la prudencia o eso que los clásicos llamaban “sofrôsýne”, aunque son virtudes innegables, el pueblo las puede confundir con la tibieza, e incluso con la debilidad y el miedo de un Estado claudicante, ante un pluralismo territorial y una policracia regional desaforada y cleptómana contra las que no ha querido dar un puñetazo en la mesa. El PP debió dar a la realidad catalana la forma política que exigen los tiempos actuales, la superación de una sociedad narcotizada por el nacionalismo y atomizada, vinculándola al destino común del concepto constitucional de patria y de Unión Europea, fundada en los principios cristianos, solidarios y universales de Robert Schumann; sobre todo ahora, en que el ímpetu y estilo de esta España solidaria la convierten en asilo del mundo.


Tenemos que reconocer que gracias a algunas medidas impopulares del Partido Popular – permítaseme la paranomasia – hoy España cuenta con una de las previsiones de crecimiento más altas del mundo: un 3´3% durante este año. Pensar que el Partido Popular puede ser sustituido por Ciudadanos es una apuesta altamente peligrosa para España. Ciudadanos hoy se escora mucho más hacia el PSOE que hacia el PP, cosa que prueba su oportunismo político, horro de cualquier límite ético. Y ello es erizantemente peligroso, porque hoy el PSOE alimenta las aspiraciones separatistas de Mas, cuando apoya a alcaldes independentistas con el único objeto de que no pueda ser alcalde un candidato del Partido Popular.

Rajoy, finalmente, tras las últimas elecciones catalanas, no puede permitir ya la “dictadura comisoria” de Mas, al que quieren convertir los nacionalistas en en un caudillo “absolutus legibus”; esto es, libre siempre de estar bajo el poder de toda ley, como un borbón francés sin el consejo de un Bossuet. 

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