Julián Creis In Memoriam

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Hoy toda la ciudad de Valdepeñas está triste y soturna, con su alma soñadora desmazalada y esplenética. Cuando un Mecenas de la poesía y poeta sensitivo él mismo muere, la vida siente menos las rosas, la luz del amanecer, la atmósfera profunda de la estepa y las alas multicolores de la más humilde mariposa. Julián y su hermano Francisco eran gente extraña, de inusitadas bondades. Eran extraños como extraño debía parecer Don Quijote a las buenas gentes de la España inventada por Cervantes. Pero formaban parte de esa extrañeza que a la gente sencilla y sensible la conquista, y a la vulgar – que también en Valdepeñas hay almas ápteras y envidiosas, como en cualquier lugar habitado en el mundo – la indigna. Invirtieron buena parte de su patrimonio en la promoción de la poesía, y buscaron subvenciones públicas por la causa de los poetas con mayor ahínco que si fuera para interés propio. Julián y Francisco amaron la poesía como pocos la han amado, y las Bellas Artes les recompensó con un alma de muchachos inmarcesibles, eternamente adolescentes.

Julián Creis escribió magníficos sonetos, cuyos endecasílabos de ritmo melódico y sáfico aún repiquetean en nuestra memoria. Era un poeta de retórica clásica, y ese gusto por el conocimiento de los trebejos del oficio me lo hizo siempre entrañable.


También queremos recordar aquí a su mujer, Maruja, que también militó bajo las mismas eutrapélicas banderas artísticas que su marido, y que ello le hizo mantener una sonrisa juvenil perenne indesmayable. Las conferencias y presentaciones de libros de toda índole, pero sobre todo de poesía y novela, que se llevaron a cabo en su preciosa casa de la Cárcel Vieja, influyeron sin duda en la vida cultural valdepeñera, y fueron semillero de nuevos poetas y artistas. Porque el amor a la poesía tiene siempre una dimensión pública y gozosamente contaminante, que impregna los entornos humanos de los que sale y a los que se entrega como el milagro de vino, del que también fue eximio catador. En ese sentido Julián Creis, con su hermano inolvidado, ha coadyuvado a la construcción espiritual de Valdepeñas, conjunto de edificios de palabras y artefactos artísticos que detrás del urbanismo visible late como el alma de la ciudad, objetivo municipal también, a pesar de su intangibilidad.


Amar la poesía y los libros, y compartir la belleza que uno siente con los demás vecinos es un tipo de amor activo a la Ciudad en la que uno vive y a sus ciudadanos. Julián Creis amaba fervorosamente a Valdepeñas – Valdepeñas como misión en La Mancha y en España pilotada por su linda Patrona, la Virgen de Consolación -, y ese amor inmenso y desinteresado es el que quiero reconocer aquí, en esta pocas líneas, brindando con un buen valdepeñas por la memoria inmarcesible del siempre optimista valdepeñero don Julián Creis.

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