A propósito del libro “IDO EL FAUNO… a don francisco de quevedo” de Juan José Guardia Polaino

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EL SIGLO DE ORO DE CADA DÍA, DÁNOSLO HOY


por Alfonso Manzanares Garvín, poeta y escritor.


He leído y releído varias veces este breve, evocador y bellísimo libro de Juan José Guardia Polaino. Todos los años Guardia Polaino invoca con inteligencia aguzada a D. Francisco de Quevedo, caballero de la Orden de Santiago y gran patrón de nuestra cultura. Nos lo hace imaginar en cuerpo y alma, presente en su velatorio, dentro de un ataúd de tablas revestidas con cuero claveteado, y como en una ensoñación irracional de sumo sacerdote, lo resucita y abre y hojea las entretelas de su corazón y de su obra, para exponer su hondura clásica a la elevada altura del mundo. La belleza arde en este diálogo de reminiscencias áureas y versos que actualizan al genial difunto con la moderna poesía de nuestra época.

Para mi gusto lo único desafortunado es el título “Ido el fauno …” que no acierta a dejar entrever el aroma a clásico que atesoran sus páginas….Tampoco lo identifico con la figura menguada de atributos, la mirada cargada de miopías y la actitud mucho más irreverente y jocosa que altiva, del genial escritor.

“Año tras año, -escribe el autor en el Initium - a los ocho días del mes de setiembre yo anuncio vuestra muerte reparadora. Y digo de la Alta Voluntad que os acudió en socorro de las graves cicatrices de la vida”. Y para ello rebusca en el zurrón manchego, zurrón de esparto, las migas y el aroma del lenguaje clásico, y lo trasviste con nuevos modos logrando esa cosecha de palabras y expresiones iluminadas para gozo y provecho de sus lectores. “Aquí avanzan candiles en rayo… Aquí podemos entender el fuego de las palabras…Por las alcobas del aire, dando tumbos alocados y perdidos, búscome estos versos para vos, don Francisco… fuegos que incendiaron las rotas palabras viejas…”

Entramos en la obra de la mano y por el pórtico del entrañable quevedista José María Lozano Cabezuelo. Escritor secreto de humildad tremenda y corazón de pan blanco cuarteado en su corteza para mejor repartirse. José María está hermanado desde tiempos inmemoriales con Juan José, y se dedica apasionadamente a conservar el recuerdo de Quevedo como director de su Casa Museo en la Torre de Juan Abad. Basta el Prólogo, que no es el primero ni será el último con que nos sorprende, para demostrar su erudición, igual que bastan estos versos entresacados de las cuartillas pautadas de su obra, para dar cuenta de su sensibilidad: “Poeta de la llama y la ceniza, ¿definitivamente

buscabas un paisaje de corazón y luz y sed y lejanía, para morirte

en estas tierras desnudas, místicas, silenciosas …?

Leemos en el Umbral de justificación: “Es esto como un leve destello que fijan los candiles de mi corazón: la luz agónica que transita por mis estancias con olor a noche entre paredes de honradez… donde flamean los claustros del Convento que apadrina el Santo Domingo…”

Después del Prólogo y el Umbral, el autor se dirige a cada uno de sus posibles lectores, nobles lectores, a los que convoca y augura parabienes una vez iniciada la aventura del libro. Todo cuanto antecede nos ha preparado ya para su lectura y podemos empezar a degustar en breves sorbos su dorado sabor añejo, un sabor a Siglo de Oro quizá demasiado fuerte para el gusto adocenado y tan políticamente correcto de nuestra época. Nuestra mente puede resbalar por la superficie brillante y huera de cien páginas de un best-seller sin percibir nada a cambio, o escudriñar cualquiera de estas epístolas con sabor de antaño, para sentir como nos ilumina el temblor de su gozo creativo.

Como notario de un antiguo Señorío, con palabras impregnadas por una bella y sugestiva prosa lírica, Guardia Polaino levanta acta de la ausencia del Genio de la Pluma a través de los siglos. En monólogos evocadores desdobla su personalidad hundiendo la mirada en la mirada imponente del retrato de Quevedo, también reproducido en el libro, y reconociéndose en el personaje al que invoca, clama al pie de los muros de una patria maltratada por la ignorancia y los malos gobiernos. A pesar de ser plenamente consciente de que “donde hay poca justicia es un peligro tener razón”, Quevedo mantuvo contra Olivares: “No he de callar por más que con el dedo/ ya tocando la boca o ya la frente; / silencio avises o amenaces miedo”. Sus palabras, agudas y afiladas en portentosa lucidez contra la inoperante retórica palaciega, abrían la Patria en canal, como bisturí de cirujano, para hacer ver a reyes y poderosos las vísceras de su decadencia. Por ellas fue admirado y temido hasta que al fin, derrotado por intrigas propias y ajenas, imponen castigo a su rebeldía. Nadie se atrevió a matarle, pero si a dejarle morir.

“Vuelvo triste y enlutado, como misa de difuntos” escribió a su regreso a la Torre. Agonizante, postrero, póstumo… contempla los desengaños de la vida y busca la paz en la soledad de estos retirados y solitarios paisajes. En estas llanuras desnudas de horizonte, territorios de luz, de soledad cegadora, hermanado con los justos, enemistado con los poderosos….“ensimismado en este Campo de Montiel alzó, en no pocas ocasiones, el vuelo gozoso de la palabra, y lo hizo desde la soledad de su corazón, con las manos anchas de palomas, el pulso angosto de sombras y la verdadera voluntad del fuego salido de sus labios”. Su obra es al mismo tiempo, deleite popular y envidia de eruditos. En nadie como en Quevedo, se puede paladear mejor cada palabra de nuestra lengua. Junto a su agudísima percepción barroco conceptista, añade a su obra una parte grotesca y jocosa, como fermento de puchero, alimento humilde pero sustancioso, que le ha hecho inmortal en la memoria del pueblo. Un pueblo que en muchos casos, sin llegar a ver los relámpagos luminosos de sus tormentas creativas, su libertad creadora única levantada sobre grandes saberes clásicos, se ha limitado a escuchar el socarrón y estremecedor ruido de sus truenos.

Relámpagos y truenos aúna Guardia Polaino en estas páginas en las que desemboca a día de hoy su madurez humana y lírica. Ha escrito el libro invocando y percibiendo el espíritu del mayor forjador de nuestro idioma, del gran obrador de nuestra lengua, de su mayor orfebre. Sea nuestra lectura, como el mismo Juan José espera “breve pero justo pago” a tan emotiva obra. Y de igual manera que existe la Farmacia de Guardia y el Juzgado de Guardia; tengamos a Juan José por nuestro Poeta de Guardia y acudamos a él para rogarle: el Siglo de Oro de cada día, dánosle hoy.