El libro, creación cristiana

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La actual forma de lo que se llama “libro” es un invento de la civilización cristiana. El primer libro fue un libro cristiano. Fue a los primeros cristianos a los que se les ocurrió sustituir los rollos de papiros o de pieles por hojas cortadas en forma de cuadernos o códices. Tanto el verbo hebreo “escribir” (kâtab) como el griego “grapheîn” – emparentado con el latín “scribere” – significan originariamente “grabar, hacer incisiones”, lo que demuestra que la forma más antigua de escribir consistía en grabar o insculpir los signos de escritura en material duro. En Egipto los jeroglíficos eran cincelados en piedra y grabados en pizarra. A partir del siglo VIII a.C. el papiro ( Egipto ) y el pergamino ( Persia ) comienzan a sustituir de modo sistemático la piedra, la pizarra, el barro, la madera, el cuero y el lino. Por ejemplo, los manuscritos bíblicos hallados en el Qumrán son, en su mayor parte, pieles y sólo una mínima parte son papiros ( “biblía” ), pero hay que tener en cuenta que la piel se conserva mejor que el papiro. Los manuscritos en piel de Qumrán están escritos únicamente por el lado del pelo. Al comienzo del siglo II a. C. se descubrió en Pérgamo un modo especial de tratar las pieles; el cuero así conseguido se llamó pergamino, en razón de la ciudad de origen ( Eumenes II, rey de Pérgamo, aspiraba a fundar una biblioteca que pudiera competir en importancia con la biblioteca de Alejandría, con sus obras de papiro ). Pero sólo a mediados del siglo IV d. C. fue desplazado el papiro por el pergamino ( salvo en Egipto ). El rollo de papiro más largo llegado hasta nosotros mide 46,5 metros. Y el rollo de piel más largo que nos ha llegado es precisamente la obra de Isaías que tiene casi ocho metros.

Dado que el rollo no se manejaba con comodidad, los cristianos prefirieron muy pronto la forma de códice, en el que las hojas no estaban colocadas una junto a otra, sino una sobre otra, y se pegaban por el medio ( hoja doble ) o por el borde. El códice, primer libro, es una expresa invención cristiana. Mientras los rollos de papiro siguieron siendo el soporte de la literatura clásica hasta finales del siglo IV, el libro será el soporte de los escritos cristianos a partir del siglo II, y sistemáticamente a partir del III. Es así que el libro, en su forma tradicional, es un producto de la civilización cristiana que ha conquistado el mundo, potenciado sobre todo por la invención de Gutenberg, y que sin duda aún tendrá un largo futuro, a pesar de los soportes digitales.

En relación con la conmemoración o efemérides del Día del Libro se ha vinculado ésta con la UNESCO y una resolución de la misma de 1995, olvidándose de que nuestro país ya conmemoraba el Día del Libro el 23 de abril desde 1930. En efecto, el Ministerio de Trabajo, secundado por otros departamentos ministeriales, al crear en 1926 la Fiesta del Libro, obligando a Bibliotecas, Academias, Cámaras del Libro, Universidades, Institutos y otros Centros de enseñanza y de beneficencia, cuarteles, buques y otras entidades o corporaciones que percibían auxilios del Estado, de las Diputaciones Provinciales o de los Municipios, a reunirse una vez al año, el 7 de octubre, fecha supuesta del inmortal Cervantes, para dedicar una fiesta dedicada al Libro Español, despertó entre nosotros un amor solemne e institucional al libro, sin necesitar que este amor fuera levantado por ninguna institución exterior, por loable que sea. Y esta fiesta, por otro decreto del 7 de septiembre al año 1930 se trasladó, definitivamente, al 23 de abril, fecha cierta del aniversario de la muerte de Cervantes y de Shakespeare. Esto es, España lleva celebrando el Día del Libro desde hace 92 años sin necesidad de ninguna iniciativa internacional. El formato actual del libro es cristiano y España lleva 92 años festejando la Fiesta Nacional del Libro. Y da cierta pena que la mayor parte de nuestros políticos actuales se refieran sólo a la UNESCO como iniciadora de este día, y no a nuestra historia nacional, tan comprometida públicamente con el Libro desde 1926.

No ha habido arma espiritual más revolucionaria que el libro. Isaac Disraeli dice en sus “Curiosities of Literature” que los grandes hombres de la antigua Roma tuvieron conocimiento de la imprenta, pero que por una profunda concepción política, calculando los grandes peligros que este descubrimiento entrañaría, decidieron ocultarlo al pueblo. Los libros son la gran bomba que abre el progreso y la libertad, y expresan en toda su variegada riqueza tanto las más nobles grandezas humanas como las más viles bajezas y las múltiples debilidades del hombre. El hombre es un dios débil y mortal, y ningún otro instrumento como el libro lo refleja de modo tan exacto.

Yo no sé si en esta loca carrera tan competitiva e hirsuta que está sufriendo España de honestidad, santidad y virtud en la esfera del poder político el libro pueda sobrevivir. ¡Cómo exultan de gozo los corazones puros de la izquierda! ¡Qué inmaculado viento arranca el corrupto follaje ( “perenne follaje”, decía Rosalía ) de la corrupción de la derecha malvada! Pero estas cruzadas de moralidad farisea y fanatismo puritano siempre han matado libros y, a veces, escritores: El califa Omar destruyó en 640 la Biblioteca de Alejandría porque existía en sus libros perversas inmoralidades. Cromwell no se contentó con privar de su cabeza al rey Carlos I, sino que también privó a Inglaterra de la Biblioteca de Oxford, la más importante de su época en lo que toca a estudios clásicos. Guillermo, el último Káiser alemán, destruyó la famosa Biblioteca de la Universidad de Lovaina por razones de moralidad. Y ya todo el mundo conoce el amor al libro que tenía Hitler. Falsos puritanos que imponen fardos pesados a los demás.

Martín-Miguel Rubio Esteban